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Historia

Viaje a la luna: la gran carrera para ganarse el cielo

Si la carrera espacial hubiera sido una competición deportiva, podríamos afirmar que Estados Unidos remontó aquella noche un marcador claramente adverso. La luna era el premio gordo.

El domingo 20 de julio de 1969, Eddy Merckx ganó su primer Tour de Francia y todas las clasificaciones secundarias, puntos, montaña y combinada. Lo bautizaron como El Caníbal, aunque bien pudieron llamarle El Marciano. Cincuenta mil belgas acudieron a París para aclamar a su héroe. No hubo noticia más relevante en el mundo del deporte, si exceptuamos una carrera que culminó en la luna.

En España, aquella fue una noche muy larga. Neil Armstrong pisó la luna a las 3:56 de la madrugada. Algún medio de comunicación se atrevió a afirmar al día siguiente que todos los adultos del país permanecieron despiertos hasta ese momento. Es posible que la exageración no lo fuera tanto. La demanda de televisores alquilados aumentó un 90%, muy por encima de la fiebre generada por el Festival de Eurovisión, el que ganó Salomé ese mismo año.

En la primera cadena de Televisión Española se ofreció esa noche el resumen del Tour y a continuación, a las 22:15, la película Melocotón en almíbar (Antonio del Amo, 1960). La programación de cine continuó con Confidencias a Medianoche (1959), que fue interrumpida muy poco antes del final para conectar con Houston. Allí se encontraba Jesús Hermida, de 32 años, corresponsal de TVE y uno de los 3.497 periodistas presentes en el Centro de Prensa.

La primera imagen emitida desde el módulo lunar Eagle y enviada por satélite al mundo entero resultó confusa. Al poco se distinguió a Armstrong en la escalerilla del módulo. Hermida lo describió así: “Se está viendo cómo tantea, como un niño recién nacido que levanta los brazos para tocar a la madre… es el pie del astronauta, ahí está, las imágenes hablan por sí solas… el hombre deposita por primera vez su pie en la luna”.

Si la carrera espacial hubiera sido una competición deportiva, podríamos afirmar que Estados Unidos remontó aquella noche un marcador claramente adverso. El partido dio comienzo el 4 de octubre de 1957, cuando los soviéticos lanzaron al espacio el Sputnik (“compañero de viaje”, en ruso), el primer satélite artificial que orbitó la Tierra. Desde ese instante, la URSS se puso en cabeza en la conquista del espacio. En plena Guerra Fría, el efecto propagandístico resultaba demoledor. Ganar significaba tener razón. Además, era una demostración de poder militar en un tiempo en que la política entre bloques se basaba en la amenaza nuclear.

El 3 de noviembre, y para celebrar el 40 aniversario de la Revolución, los soviéticos enviaron al espacio al primer ser vivo, una perra callejera de nombre Laika (“ladradora”) que orbitó alrededor de la Tierra y que no vivió para ladrarlo. A la hora de celebrar el éxito de la misión, los soviéticos pasaron por alto que la perrita había muerto calcinada por un fallo en el sistema térmico.

Los estadounidenses intentaron responder a la exhibición soviética; penosamente. El 6 de diciembre el cohete Vanguard de la marina explotó durante el proceso de ignición. Kruchev, burlón, envió una nota a Washington con sus condolencias. La reacción de Eisenhower fue crear la NASA y ponerla en manos de civiles.

Uno de esos civiles era un tipo de mente brillante y pasado turbio. Wernher Von Bräun había sido uno de los ingenieros de confianza de Hitler, responsable de la creación de los gigantescos misiles V2 que se dispararon sobre Londres. Terminada la Segunda Guerra Mundial fue reclutado por los Estados Unidos dentro de la Operación Paperclip, que captó para el mundo libre a 1.600 científicos e ingenieros alemanes.

El espacio se había convertido en una afición casi deportiva. La “euforia cósmica” como se definió entonces, involucró a todos los ciudadanos, especialmente a los estadounidenses. Walt Disney, tan receptivo a las sensibilidades infantiles como al negocio, contrató a Von Braun para conducir un programa divulgativo sobre el espacio. Su intención era incluir la exploración del universo en los parques temáticos.

A esas alturas, el objetivo ya era alcanzar la luna con una misión tripulada. Con esa intención se creó el Proyecto Mercury, para el que fueron seleccionados siete astronautas, entre ellos John Glenn, Alan Shepard y Gus Grissom, tres personajes esenciales, como veremos más adelante. Por cierto. La concentración del equipo en Cabo Cañaveral fue todo menos monástica. Solo Glenn, que era evangelista, resistía las tentaciones de la carne. Los demás, tan populares y admirados como estrellas de cine, gustaban de intimar en sus permisos con la población en bikini de Cocoa Beach.

Con John Fitzgerald Kennedy como presidente la carrera especial adquirió un nuevo desarrollo, incluso un nuevo enfoque. JFK se puso el reto de llegar a la luna antes del final de la década y lo anunció públicamente. “Llevar un hombre a la luna y devolverlo a salvo a la Tierra”. Nadie pasó por alto la sutil aclaración. Había que volver.

Kennedy, sin embargo, fue más allá. Planteó una alianza con la Unión Soviética para convertir la Misión a la Luna en un desafío que se podía abrir también a otros países, de manera que la humanidad entera se sintiera representada. Kruchev, que en un principio despreciaba a JFK, rechazó la idea. Entre sus bromas de peculiar gusto estuvo regalar a Jackie una cachorrita, Pushinka, descendiente del perro que tripuló el Sputnik 5. Sin embargo, según Kennedy se fue ganando su respeto, Kruchev consideró la propuesta. Ya era demasiado tarde. El presidente fue asesinado poco después.

El 31 de enero de 1961, un chimpancé de Camerún fue el primer astronauta de los Estados Unidos. El mono fue recuperado con vida de la cápsula espacial, pero en estado de máxima agresividad (muy lógico, por otra parte). El 12 de abril, la URSS golpeó de nuevo. Yuri Gagarin, de 27 años, se convirtió en el primer cosmonauta en el espacio. Su vuelo duró 108 minutos y al regresar a la Tierra declaró: “No he visto a Dios”.

Se pidió a los astronautas del Mercury que votaran quién debía ser el primero en viajar al espacio y ninguno dio el nombre de John Glenn; la envidia también puede ser cósmica. Finalmente, Alan Shepard resultó elegido y su incidente con una prostituta mexicana fue convenientemente traspapelado. Su vuelo por el espacio duró 15 minutos antes de ser rescatado en el Atlántico.

Los rusos volvieron a contraatacar y consiguieron que el astronauta Guerman Titov diera 17 vueltas a la Tierra en 25 horas a bordo del Vostok 2. Los americanos mandaron al espacio primero a Gus Grissom y luego a John Glenn. Los rusos pusieron en órbita a la primera mujer astronauta, Valentina Tereskova. La paliza era descomunal.

El primer hombre en flotar por el espacio fue otro soviético, Alexei Leonov, y los estadounidenses anunciaron entonces el programa Gemini, del que formaban parte Neil Armsgtrong y Buzz Aldrin.
Las distancias parecieron acortarse a partir de entonces hasta que la cápsula de la nave Apolo 1 se vio envuelta en llamas y calcinó a sus tres tripulantes; entre ellos estaba Gus Grissom, que ya había designado para ser el primero en pisar la luna.

El resto es más conocido. El empeño de Kennedy terminó por llegar a buen puerto, a pesar del desencanto de la sociedad americana con la exploración espacial. Un 60% de los estadounidenses ya no eran partidarios de seguir gastando dinero para llegar a la luna. La sociedad tenía problemas más importantes como los conflictos raciales o la pobreza.

La noche de autos paralizó al mundo. En TVE se vivió con absoluta emoción: “Creo que en ese segundo en que Armstrong pisó la luna no hubo un solo ruido en todo Prado del Rey. Hasta creo que nuestros corazones se detuvieron. Fue algo imposible de describir ahora, todos respiramos profundamente”. En Trafalgar Square, en Londres, miles de personas siguieron la transmisión televisiva en una pantalla gigante. Los reportes periodísticos señalan que fue una noche de mínima criminalidad en Nueva York.

Tampoco faltaron los que ningunearon la conquista, como Pablo Picasso: “Para mí no significa nada, no tengo opinión y no me importa”.

No es tan conocido que mientras Armstrong y Aldrin estaban en la luna, una nave soviética no tripulada, la Luna 15, se estrelló a cientos de kilómetros de distancia. Su misión era recoger rocas y traerlas de vuelta a la Tierra para su posterior análisis. Fue el último intento soviético de maquillar su derrota.

Sólo doce astronautas han pisado la luna; el último de ellos fue Eugene Cernan, en 1972. Si no se ha regresado es porque en la carrera con la URSS la motivación principal nunca fue científica, sino astropolítica. En cuanto dejó de existir el competidor político, se detuvo la carrera. Y por eso se reanudará ahora. Si el próximo objetivo es marte (así lo ha anunciado Trump, un marciano en muchos sentidos), la luna tendrá que servir de base de lanzamiento para un viaje que durará medio año. Los problemas a resolver son considerables, desde el permanente bombardeo de meteoritos a los drásticos cambios de temperatura. Sin embargo, la curiosidad ha dado paso a la necesidad. Las especies que habitan un solo planeta no sobreviven. La prueba es que el 99% de las que habitaban la tierra ya se han extinguido. Toca volver a correr. Y sería mejor juntos, como propuso Kennedy.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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