Lyon. Europa. Hamburgo - Opinión - A la Contra
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Lyon. Europa. Hamburgo

Asisto a una nueva final europea del Atlético y, mientras trato de contener la adrenalina, me acuerdo de mis colchoneros de referencia.

El 1 de mayo de 1986 era jueves y festivo en Madrid. Aprovechando la circunstancia, mi familia decidió pasar el puente en la casa de un pueblo de Ávila donde solíamos ir de vacaciones. Uno de mis mejores amigos veraneaba en ese mismo lugar así que, nada más llegar, fui a ver si estaba. Estaba, sí, pero su padre y él andaban metiendo maletas en el coche para salir de viaje. ¿Por qué? No tardé mucho en entenderlo. Se marchaban a Lyon. A ver la final de la Recopa de Europa que jugaba el Atlético de Madrid frente a los ucranianos (entonces “rusos”) del Dinamo de Kiev. Morí de envidia. Volví corriendo a casa para ver si podíamos engancharnos a esa caravana improvisada pero había un pequeño problema con el que no había contado. Nosotros no teníamos coche.

Vi el partido en la televisión de blanco y negro que teníamos en aquella casa. Vi como los “rusos” de Kiev nos pasaban por encima y aunque era un crío, no pude evitar sufrir por ello. “No te preocupes”, me dijo mi padre al verme la cara. “La siguiente la ganamos”. Tenía razón. Veinticuatro años después, en la siguiente final europea que disputó el equipo colchonero, el Atleti ganó su primera Europa League en Hamburgo.

Es difícil explicar las sensaciones que recorren mi cuerpo horas antes de una nueva final europea. Es raro porque han pasado muchas cosas desde entonces, especialmente en los últimos seis años, y no todas han decantado igual de bien. Estamos demasiado cerca todavía como para tener perspectiva y saber dónde nos hemos quedado. La velocidad a la que últimamente sucede todo, la cantidad de contrariedades con las que tenemos que bailar y esa inabarcable legión de nuevos protagonistas ansiosos por dejarse notar, hacen que mi espíritu esté ahora mismo empapado con una mezcla de alegría, cansancio y rabia. Muy feliz de volver a disputar una final. Exhausto de tener que pelear cada día frente a un enemigo omnipresente que es mucho más fuerte que yo. Furioso por tener que notar el desdén petulante de una parte de la grada que repite lo mismo que el enemigo y con la que no logro identificarme.

Pero no puedo hacerme eso. No. Lyon. Europa. Hamburgo. Están ahí. Lo estarán siempre. Me resulta imposible pensar en esta nueva final frente al Olympique y no acordarme de ello. Echar la vista atrás. No al deslumbrante terciopelo plastificado de la Champions, sino a esa riada de colchoneros que hace 34 años tiñeron de rojiblanco la ciudad del Ródano. No al dulce olor a título sino a los ásperos años de sequía. A esa otra riada de aficionados ansiosos de gloria que hace ocho años, sin miedo, buscábamos cerrar el círculo en Hamburgo. A esos colchoneros que estuvimos remando con el aire en contra durante todos esos años. Que lo hicimos con una sonrisa en la cara y sin cuestionarnos la fidelidad. Tampoco la esencia o la razón de ser. A todos esos rojiblancos que sujetamos el escudo cuando lo fácil era no hacerlo. Cuando hacía demasiado frío. Cuando los focos del éxito apuntaban a otros barrios y a otras latitudes. Cuando el día a día era un desierto tan hostil que sólo podías sobrevivir mediante la coraza impermeable del que cree sin ver.

Y me vengo arriba, claro.

Veo una nueva final europea y, mientras trato de contener la adrenalina, me acuerdo de mis colchoneros de referencia. Del dulce sufrimiento en el campo del Arsenal. De las noches eufóricas en el Vicente Calderón. De lo difícil que ha sido adaptarse al nuevo Metropolitano. De los amigos de verdad. De los palos gratuitos. De todo lo que he hecho por el Atleti sin recibir nada a cambio. De los que hacen lo mismo que yo. De los abrazos en la grada. De los que ya estaban aquí cuando esto no resultaba tan divertido. De los que ya no están. De los que estarán después. De partidos infinitos. De mi primera camiseta rojiblanca. De la televisión en blanco y negro. De Fernando Torres. De Luis Aragonés.

Sí, joder. Me vengo arriba.

Y sé que hay cenizos, engreídos e histéricos muy cerca. Dentro y fuera de casa. Lo sé, pero me da igual. Sé que hay Hombres Grises afinando el objetivo por si acaso resbalamos. Sé que hay iluminados que intentarán hacernos ver que todo es mentira en caso de no ser así. Que no es para tanto. Que nada es suficiente. Que siempre existe un pero. Me da igual. No hablan para mí. No van a conseguir doblar unas raíces que se extienden más allá de lo que ellos son capaces de entender. Ya no. Demasiado tarde.

Saquemos las banderas. Afinemos las gargantas. Estiremos las bufandas. Apuremos las sonrisas. Saquemos el vino. Apretémonos bien juntos para conservar el calor. Alcemos la voz. No perdamos el tiempo con estupideces ni con estúpidos. Nosotros no. El Atlético de Madrid juega otra final y eso es mucho más importante.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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