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Un clásico de los de antes

El Clásico del baloncesto europeo volvió a escribir otro emocionante capítulo de su añeja historia. El Madrid y el Maccabi se enfrentaban en el Wizink Center en la segunda jornada de la Euroliga, y el morbo en los días previos residía en la posibilidad de que el tunecino Salah Mejri, flamante incorporación del equipo merengue, pudiera re-debutar contra el conjunto israelí. Finalmente esta circunstancia no se produjo: los aficionados más veteranos no recordaban un detalle similar del Madrid con los macabeos desde los tiempos de Santiago Bernabéu y Moshé Dayán.

El Maccabi se hallaba en la capital de España desde el lunes, ya que el Yom Kipur iba a trastocar su calendario de entrenamientos previos al choque. Las prohibiciones en el Día de la Expiación comprenden la comida, la bebida, el baño, el cepillado de dientes o el untamiento de bálsamos o cremas, y en vista de cómo iniciaron los jugadores el partido, algunos llegamos a pensar que también la actitud defensiva. Bien es cierto que de inmediato se descartó, pues la indolencia en ese ámbito del juego también afectó desde el principio al Real Madrid.

Ambos equipos demostraron una excesiva facilidad anotadora, más producto de una relajación inesperada en un enfrentamiento de estas características que de una brillantez táctica o un brote de inspiración. El Maccabi basaba sus puntos en el arte de los bloqueos, que le permitían unos tiros relativamente liberados. Tavares, otros días el centinela del aro blanco, esta vez no acertaba a intimidar los lanzamientos de media distancia, y a Campazzo se le notaba incómodo. Mientras tanto, Wilbekin lideraba a su equipo con arrojo, y marcaba el paso haciendo una goma que no se estiró por encima de los nueve de diferencia antes de llegar al descanso. Para entonces los hinchas madridistas solo tenían ojos para Jordan Mickey, nuevo acierto de la dupla directiva Herreros-Sánchez, que con su envergadura de 2’18 propicia un ingente caudal de rebotes y de segundas oportunidades, que siempre constituyen lo más valioso en el baloncesto y, sobre todo, en la vida.

Tras la reanudación, sin embargo, el decorado cambió por completo. Como si Golda Meir o Ben-Gurión hubiesen arengado a la plantilla en la caseta, la intensidad de los macabeos subió varios escalones, y un 0-12 de parcial apenas pudo ser atajado por un par de penetraciones medio alocadas de un aguerrido Randolph. La agresiva constancia de los macabeos no se vio afectada por la contrariedad de las cuatro faltas personales de Di Bartolomeo y Black, y a lomos de un estelar Wilbekin fue generando el runrún de una grada poco acostumbrada a sufrir en casa. El Madrid pasó de anotar con una soltura que rozaba la displicencia a convertir cada canasta en un parto por cesárea. Laso sentó a Tavares y jugó con una pareja de interiores algo heterodoxa, conformada por Mickey y Deck, lo que permitió equilibrar el balance defensivo.

Los últimos minutos se preveían épicos, y el equipo de Israel hacía tiempo que había elegido a su paladín. Wilbekin ganaba los uno contra uno sin que le quemase el balón, y consiguió varias ventajas, cada una de las cuales amenazaba con ser la definitiva. Pero el Madrid posee en esos momentos decisivos un ramillete de jugadores con la sangre de hielo, y con 83-85 en el electrónico a falta de una posesión, Laso pidió tiempo muerto para preparar la jugada para Jaycee Carroll. El triple del de Wyoming a escasos segundos del sonido de la bocina evocó el guion tantas veces repetido por el Real desde que el técnico vitoriano se sienta en el banquillo. Partido igualado, rival dignísimo y final feliz. Un Clásico como los de antes.

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