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Pepe, protagonista de esos Clásicos. / Foto: Cordon Press

Fútbol

Madrid–Barça: cuando el Clásico fue un tormento

Será difícil repetir aquello porque la escala de tensión física y verbal fue prácticamente inaceptable. Repasar las imágenes de aquellos Clásicos es rehacer una lista de actitudes censurables. Entonces todo se entendió como parte de una rivalidad, pero hoy sabemos que en aquellos 18 días de 2011 se traspasaron demasiadas líneas rojas

Hubo truenos y rayos, chaparrones y algún que otro aguacero verbal. Nunca ha llovido con tanta intensidad durante tanto tiempo. Lógico que todos terminaran mojados. Durante 18 días en este país no se habló de otra cosa que no fuera la serie de partidos que iban a enfrentar casi de manera consecutiva al Madrid y al Barça. De la Liga a la Champions, con un título en juego, el de Copa de por medio, con los dos mejores entrenadores del momento representando a cada uno de los bandos y sobre el césped una retahíla de estrellas lideradas por dos bestias: Messi y Ronaldo. Aquellos Clásicos comenzaron en el césped pero casi terminaron en los juzgados. 8 años después, blancos y azulgranas cruzan sus caminos en diferentes competiciones, aunque a una escala menos trascendente y con la tensión algo más rebajada. Esta vez la tormenta no trae aparejada carga eléctrica y no parecen los protagonistas dispuestos a revivir unas imágenes que repasadas tiempo después siguen pareciendo igual de dantescas. Aunque con el Clásico, como con las borrascas, nunca se sabe bien cuándo escampa.

Para entender la magnitud de aquellos cuatro partidos hay que saber de dónde veníamos y sobre todo, cómo se había llegado a esa situación de no retorno. La 2010/2011 es la tercera temporada de Pep Guardiola al frente del banquillo del FC Barcelona, y a su vez la primera que Jose Mourinho dirige al Real Madrid. El portugués ya había amargado una semifinal de Champions al catalán, cuando el Inter de Milan se interpuso en su camino hacia la final del Santiago Bernabéu. La venganza de Pep se sirvió en plato frío un 29 de noviembre de 2010. Los dos transatlánticos del fútbol español se enfrentan con los viejos amigos sentados en cada uno de los banquillos. La amistad, que ya se había enfriado bastante, se congeló tras ese 5-0 a favor de los azulgranas. La sombra de aquella derrota planeará en el resto de envites. Desde entonces la partida se volvió aún más táctica, se reforzó la estrategia, y el físico y los encontronazos se convirtieron en actores principales. La película va adquiriendo tintes de thriller psicológico. La tensión tarda poco en desbordarse. Lo nunca visto fue el título de todo aquello.


Los primeros nubarrones


El Real Madrid había prácticamente enterrado sus opciones en el campeonato doméstico dos jornadas antes tras perder en el mismísimo Santiago Bernabéu por 0-1 ante el Sporting de Gijón de Manolo Preciado. El conjunto blanco se había recompuesto de aquella derrota con dos triunfos contundentes frente al Tottenham (4-0) y ante el Athletic (0-3). En la vuelta contra los Spurs certificarían su pase a semifinales con una nueva victoria (0-1). Los informativos, las radios y la prensa en general se frotaban los ojos y aporreaban los teclados ante lo que se avecinaba. Maratón o Rosario de Clásicos fueron algunas de las primeras denominaciones que tuvieron esa sucesión de partidos. Finalmente hizo fortuna el de Tormenta de Clásicos. Al fin y al cabo representaba mejor el clima de tensión que se iba a respirar en los próximos 18 días.

En los días previos se vivió de recuerdos, de los enfrentamientos Mou-Pep que apenas contaban entonces con dos capítulos anteriores y de los espíritus de vivos y muertos. Se creía en la fuerza del Bernabéu como elemento diferenciador a favor del Madrid (2 de los 4 partidos se jugarían allí) y se azuzaba el sentimiento de revancha tras lo ocurrido cuatro meses antes. Eran los días en que se criticaba que Cristiano Ronaldo no marcaba en los días importantes (todavía no había anotado frente a los azulgranas) y La Masía copaba el pódium del Balón de Oro. Entre los aficionados la sensación es que las diferencias se habían acortado con el mejor Barça de la historia y que el equipo de Mourinho había subido varios escalones en carácter y cohesión. Desde la Ciudad Condal la sensación era de calma tensa. Se sentían superiores tras varios años de dominio en el Clásico y confiaban en el ‘Gurú’ Guardiola y en su particular Messias para seguir alargando los mejores años de su vida.

Así llegamos al 16 de abril y al partido correspondiente a la jornada 32 de Liga. El Barça era líder destacado con ocho puntos de ventaja frente a los blancos y tenían el goal average ganado. Quedaban 21 puntos por disputarse y el duelo no solo se planteó como la última ocasión para que el Madrid se reenganchara a la Liga. También era una nueva entrega del Mou-Pep, y por extensión de una de las mayores rivalidades del fútbol mundial ejemplificado en sus máximas figuras: Messi contra Cristiano, ambos empatados en la lista de goleadores (29 cada uno). El partido tuvo más emoción que juego y la tensión fue creciendo a medida que avanzaban los minutos y el marcador permanecía impasible. Todo estalló en el minuto 52 cuando Albiol frenaba con un agarrón en el área a David Villa. Muñiz Fernández no se lo pensaba. Penalti y expulsión del central. Messi pondría el 0-1 y los culés pudieron sentenciar en los minutos posteriores. Los de Pep se enredaron en aquellas posesiones defensivas con las que parecían congelar el tiempo y el Madrid, contagiado por un Bernabéu caldeado tras la expulsión, tiró de orgullo y corazón para empatar el partido. Fue en los minutos finales y desde los once metros. Así se estrenaba Cristiano en un Clásico.

El partido terminó con 34 faltas, 7 amarillas y una roja. La tensión tras el pitido final se trasladó a la sala de prensa. Mourinho comenzó allí a jugar los siguientes envites y se quejó, a su manera, de la expulsión: “Estoy cansado de jugar con diez ante el Barcelona. Espero un día tener la oportunidad de jugar con once y el rival con diez”. Guardiola ese día no quiso entrar al trapo y se limitó a decir que todavía no eran campeones, aunque tras ese resultado el campeonato estaba en el bolsillo. “Sin Liga… pero con mucha moral” tituló su crónica Marca, en la que se destacaba que la apuesta por Pepe en el centro del campo había dificultado la circulación azulgrana. Gracias a ese movimiento táctico y al arreón final del Madrid, los blancos terminaron como ganador psicológico de aquel partido. Con ese halo de esperanza acudieron a por todas a Valencia cuatro días después.


Gota fría en Valencia


21 años después de su última final copera, Barça y Madrid volvían a verse las caras en Mestalla con un título en juego. Un todo o nada a 90 minutos que tenía un valor especial para los blancos, ya que su último título copero databa de 1993. Tras 18 años de sequía y con la Liga prácticamente perdida, aquel título era el camino más recto para Mourinho y los suyos por evitar otra temporada en blanco. La tensión fue la propia de cualquier final y ambos contendientes se emplearon a fondo. Hubo entradas duras, algunas de ellas bordeando la agresión (con o sin balón) y cualquier decisión arbitral se protestaba como si fuera la vida en ello. En los 120 minutos que duró la final se pitaron 50 faltas (26 blancas y 24 azulgranas), hubo 8 tarjetas amarillas y una roja (a Di María en el minuto 118 de la prórroga).

Mourinho repite con Pepe en la medular, el central portugués adelanta su posición para cerrar los caminos transitados por Messi. La apuesta resulta efectiva en los primeros 45 minutos en los que la presión adelantada de los blancos se le atraganta al Barça. Los de Pep son incapaces de tirar a puerta. El gen competitivo del Madrid reluce como nunca en la final copera. Pero el aguacero se invierte y la segunda mitad es azulgrana. La lluvia fina a base de pases y combinaciones empieza a calar en las filas blancas que ya no acuden a la presión de manera tan acertada. El Madrid se repliega y espera su oportunidad a la contra. Con el Barça adueñado del balón llega una de las jugadas que marcarán la final. Pedro remata a portería y consigue batir por bajo a Casillas pero el gol es anulado por fuera de juego previo.

Los 90 minutos concluyeron en tablas y la prórroga igualó las fuerzas, también el miedo a perder. Y ahí volvió a sobresalir el carácter blanco con una cabalgada de Di María que sirvió un centro preciso para Cristiano Ronaldo. El testarazo del portugués entró por toda la escuadra de la historia del Real Madrid. Mourinho ya tenía su primer título de blanco y de repente Cristiano se había convertido en la kriptonita del mejor Barça de todos los tiempos. Florentino Pérez también conseguía su anhelada Copa. Aquel trofeo se celebró hasta altas horas de la madrugada y la Copa terminó atropellada por el autobús del Madrid a los pies de la Diosa Cibeles. Hay resacas que no se calman solo con ibuprofenos.

Tal y como había ocurrido cuatro días antes, el partido no se acabó con el pitido final. En esta ocasión, fue Pep quien azuzado por la derrota se refirió a la “privilegiada vista” del linier en el gol anulado a Pedro. El entrenador azulgrana cambió de estrategia en la sala de prensa en los días previos a la eliminatoria de Champions, dejando a un lado su, hasta entonces, habitual equidistancia en el tema arbitral, con mensajes cargados de ironía y cierto victimismo. Aquello fue música para los oídos de Mou, una veta por explotar, que terminaría de incendiar el último de los duelos, esta vez en la máxima competición continental, en busca de un puesto en la finalísima de Wembley.


Lluvia de por qués


El Real Madrid había cortado la hemorragia en los Clásicos. Con la victoria en la Copa puso fin a una racha de seis partidos y tres años sin vencer a su eterno rival. Todo ello a las puertas de unas semifinales de Champions League, cuyo partido de ida, además se disputaba en su estadio. El estado de ánimo y el miedo escénico que siempre insufló el Bernabéu soplaban a favor de los blancos. A esas alturas ambos contendientes se habían ido dejando jirones de piel por el camino. “Ya critican hasta las decisiones correctas del árbitro”, Sergio Ramos. “Nuestro juego dependerá del árbitro”, Víctor Valdés. Por citar solo dos ejemplos. Nadie salió indemne en las declaraciones que se hicieron esos días a ambos lados del puente aéreo, tampoco la prensa deportiva que en un alarde de originalidad puso de moda el término canguelo. Los Madrid – Barça estaban a punto de conocer un nuevo escenario.

Todo se precipitó, nuevamente, desde la sala de prensa. En aquella época las comparecencias de los entrenadores habían comenzado a emitirse en directo por las webs de los medios digitales. Ante la magnitud que siempre desprende un Clásico amplificado además por la rivalidad Mou-Pep, las televisiones con derechos también se habían lanzado a emitir esas comparecencias en directo. Mourinho siempre fue muy consciente del poder de sus mensajes, que aquellos días además eran retransmitidos instantáneamente para todo el planeta. Por eso, el técnico luso no dejó pasar el dardo lanzado por Pep. “Hay entrenadores que se quejan de los árbitros cuando fallan y otros que no lo hacen. Pep se ha inventado una nueva figura de entrenador: El que que critica los aciertos del árbitro”, soltó el luso en las horas previas al tercer clásico de la serie.

La respuesta de Guardiola, tuteando a su homólogo madridista, no se hizo esperar: “No sé cuál es la cámara de Jose, supongo que son todas estas, Jose es el puto amo, el puto jefe. Aquí, en la sala de prensa ya ha ganado. Le regalo su Champions particular fuera del campo. Mañana nos vemos en el campo”. Los jugadores del Barça reconocieron posteriormente que estaban viendo la intervención de su míster en directo, cuando Pep llegó al hotel de concentración, la plantilla le recibió con una sonora ovación. Guardiola había entrado definitivamente en el juego de Mourinho y lo que a ojos de todo el mundo parecía una victoria del luso, fue interpretada desde el vestuario culé como el golpe encima de la mesa que necesitaban, el mensaje que ellos tendrían que ratificar sobre el césped.

Cuando el miércoles 27 de mayo de 2011 arranca el choque hay tantas cuentas pendientes como protagonistas sobre el césped. El peaje es extensible a los banquillos. Pese a jugar como local, el planteamiento del Madrid prima la seguridad defensiva y el orden táctico por encima de todo. Es el más rocoso de esta serie de partidos con un centro del campo formado por Xabi Alonso, Lass Diarra y Pepe (nuevamente encargado de ser la sombra de Messi). Ese fue el trivote con el que Mourinho pretendía no encajar ningún gol, posteriormente llegó a asegurar que su idea era empatar a cero y jugársela en el Camp Nou donde los goles blancos valdrían doble. Hasta el descanso todo iba según lo previsto para el técnico portugués, aunque los roces y la tensión se desataban a cada encontronazo. En uno de ellos, Busquets se tapa la boca para llamar a Marcelo reiteradamente “mono”. Al otro lado del puente aéreo la lectura de labios dio como resultado “mucho morro”. Cuestión de idiomas.

Con los ánimos caldeados se llegó al descanso. Camino de los vestuarios volvieron a saltar chispas y Pinto acudió como actor (no) invitado con más ganas de revancha que de apaciguar los ánimos. Tras el intento de Chendo por sujetarle el guardameta suplente terminó agrediéndole por lo que fue expulsado. No obstante, la jugada capital de la eliminatoria se iba a producir en el minuto 61 de partido. Una entrada desmedida de Pepe sobre Dani Alves a la altura de la rodilla y con la plancha por delante provocó la expulsión del defensa madridista. La sobreactuación de Dani Alves hizo el resto.Tras protestar la sanción a su central, Mourinho también fue expulsado. Stark se convertía ipso facto en persona non grata para los madridistas, que achacaron la posterior derrota del Madrid a aquella sanción arbitral. Contra diez el Barça olió sangre y ajustició a su víctima. Messi con un doblete dejaba la eliminatoria prácticamente sentenciada.

Por si el espectáculo no había sido suficiente se alargó a la sala de prensa. Fue entonces cuando Mourinho pronunció su rosario de quejas mientras se preguntaba reiteradamente por qué : “¿Por qué Obrevo? ¿Por qué Bussaca? ¿Por qué De Bleckere? ¿Por qué Stark?, no entiendo ¿por qué?”. El técnico luso señaló a la publicidad de Unicef o al poder de Villar en UEFA como otras posibles respuestas a esos por qués. El juego, nuevamente, quedó en segundo plano tras la polémica arbitral, y los titulares se balancearon entre El Puto Amo en referencia a Messi y las palabras de Guardiola en el bando culé, mientras los madridistas se seguían preguntado ¿Por qué? Tan enrarecido y viciado estaba el ambiente esos días que se pudieron leer titulares como “Stark roba al Madrid y Messi le da el tiro de gracia” o calificando a Alves de Tramposo con una foto del lateral retorciéndose de dolor en el suelo. Aquellos duelos coincidieron precisamente con los últimos días de Eduardo Inda como director del Diario Marca.


Después de la tormenta no llegó la calma


El fútbol era casi lo de menos justo antes de la vuelta de semifinales. Palabras como conjura o desafío se repetían desde Madrid, mientras en Barcelona confiaban en la renta conseguida y en la fiabilidad que habían demostrado en su estadio, donde solo había perdido un partido en toda la temporada. De hecho no sufrieron en exceso los culés ante un Madrid que empezaba a sufrir los tics de su técnico, quien enfrentado ya a parte de la prensa mandaba a Karanka a dar las comparecencias públicas de vez en cuando. La polémica volvió a llevarse el poco fútbol por delante cuando tras chocar Cristiano con Piqué, el luso se fue al suelo, haciendo tropezar a Mascherano. El árbitro pitó falta pero la pelota cayó a Higuaín que marcó gol. La jugada estaba anulada pero fue un motivo de queja más en los blancos. El 1-1 final certificó el pase de los azulgranas a Wembley. La guerra abierta entre ambos clubes terminó con sanciones de la UEFA para los expulsados y tuvo como colofón varias amenazas mutuas de denuncias por la tensión tanto física como verbal de aquellos días que finalmente no fueron a ninguna parte.

“Nos han fusilado, nos han robado la final”, dijo tras el partido Casillas. Así concluyó la tormenta de clásicos, aunque el aparato eléctrico que trajo aparejado aquellos partidos se dejaría pronto sentir en la Selección Española. Las grietas que se abrieron entre compañeros de profesión resultaron difíciles de cerrar y dejaron imágenes muy poco edificantes para el recuerdo que con los standards de realización y buenismo que imperan hoy en la Liga harían explotar la cabeza a más de un realizador. Una película que fue un serial, convertida en una disputa de buenos y malos, en la que todos aceptaron su papel, y escasearon los héroes. Teatro del bueno, que diría Mourinho, con actitudes censurables en la mayoría de los protagonistas y con los responsables de cada uno de los equipos avivando una hoguera ya de por sí encendida. Un buen ejemplo en cualquier caso de las líneas rojas que no debe traspasar cualquier rivalidad deportiva. Un anticipo también de hacia donde conduce el odio y la confrontación. Aquella tormenta fue de fútbol, un reflejo de nuestros días.

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