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Marcos Llorente, en una de sus últimas tardes de blanco. CORDON PRESS

Opinión

Marcos Llorente: cuando no estamos seguros de ser indecisos

«Me fatiga esa querencia que tiene la afición madridista por no contentarse nunca con las decisiones que tome la directiva del club en asuntos de fichajes o ventas».

Si hay alguna cosa que me produce más fatiga que ir de compras con mi santa esposa, sobre todo cuando se trata de comprar ropa, es esa querencia que tiene la afición madridista por no contentarse nunca con las decisiones que tome la directiva del club en asuntos de fichajes o ventas. Uno, quién sabe si por virtud o defecto, tiene la mala costumbre de intentar ser pragmático y hacer las cosas con diligencia, no invirtiendo más tiempo del necesario, pues como bien dice el dicho, el tiempo es oro y no es menester malgastarlo. Mi mujer, en cambio, le da mil vueltas a las cosas y a menudo se desdice unas cuantas veces durante el tránsito hacia la toma de una decisión final.

Si de comprar ropa se trata, por ejemplo: una camisa, ésta debe ser lisa y de color discreto, talla 39/40 y, condición ésta fundamental, de manga larga —porque así me sirve tanto para invierno como para verano, remangando o estirando las mangas—. Mi compañera, en cambio, le da mil vueltas al asunto: el tejido, el color, la textura, las costuras, los acabados, las hechuras, el largo y el ancho, se lo prueba del derecho y del revés y piensa si le sentará bien con tal o cual pantalón o falda, si le va a juego con el cinturón, los zapatos y el bolso o si, inevitablemente, tendrá que comprar nuevos complementos que hagan “matching”.

Al final, como no se decide, se lleva tres o cuatro piezas para casa y, después de mucho cavilar, probar, requeteprobar y volver a probar, cuando se decide, hay que volver a la tienda de ropa a devolver aquello que finalmente no fue de su agrado. Y el proceso de selección es tan minucioso porque al final de lo que se trata no es de satisfacer la propia necesidad, si no de ir a la contra, nadar contracorriente para no ser una oveja más dentro del rebaño, resaltar entre la aburrida homogeneidad de la multitud. Total, que algo que no debiera de demorar más de una hora, por ser generoso, se acaba eternizando en el tiempo.

Algo parecida a la indecisión y cambio de opinión de mi mujer frente a un escaparate de moda es la respuesta del madridismo a las transacciones realizadas por el club en el asunto del mercado de fichajes, porque si por algo destaca nuestra querida afición es por su particular gataflorismo (perdonen el palabro) y los sesudos análisis que se hace de las situaciones para llegar a la conclusión de que cualquier decisión que se tome es mala. Si ficha (o vende) la directiva —el Presidente o José Ángel Sánchez en su defecto—, críticas porque quién debe fichar (vender) es el entrenador, que para eso es el que se tiene que batir el cobre con los jugadores en el campo. Y si ficha (o vende) el club atendiendo a las peticiones del entrenador, críticas porque así no se va a ningún lado. ¿Qué tipo de planificación deportiva es aquella que se basa en un sujeto, el entrenador, que puede estar de paso por el club? La planificación siempre tiene que ser a largo plazo y con una idea clara de hacia dónde se quiere ir independientemente de quién ocupe el banquillo de forma coyuntural. El caso es no estar nunca de acuerdo y, si es preciso, donde antes decíamos digo, ahora decir Diego.

Para ser fieles a la costumbre y no faltar a la cita con nuestra indecisión e inconformismo, este verano el club, en un afán por facilitarnos la tarea, nos ha servido en bandeja la salida de Marcos Llorente con destino al Atlético de Madrid. Y ya la tenemos liada, porque todo parece indicar que la salida del chaval obedece a una decisión de Zidane, quien (a los hechos podemos remitirnos) no parece que comulgue con el fútbol de Marcos (ni con el de Dani Ceballos, otro caso que dará que hablar). Si hace nada las quejas en el asunto de los traspasos de jugadores se basaban en que los llevara personalmente Florentino (o su alter ego en este asunto, José Ángel Sánchez) y que eso no se podía permitir, hoy las protestas van contra el hecho de que el club se deshaga de un activo de futuro solo porque así lo pida su entrenador. Si a este hecho le sumamos la particularidad de que su destino es el eterno rival de la ciudad, club que a menudo pone mil y una pegas para la realización de traspasos en sentido contrario aduciendo no sé qué pacto de caballeros y no agresión, pues apaga y vámonos; el zipizape ya está montado.

De nada sirve recalcar el hecho de que Zidane, que ha retornado al club por expresa petición de Florentino Pérez tras su salida el pasado verano por desavenencias en la confección de la plantilla, sea el que valide la salida de Marcos del Real Madrid. De nada sirve reseñar que el canterano haya expresado su deseo de seguir residiendo con su familia en Madrid. De nada sirve argumentar que para seguir creciendo, el club de destino debe de tratarse de un club top. De nada sirve explicar que el Atlético sea de los pocos clubes que, además de cumplir con todo lo anterior, pueda ofrecer a Marcos un sueldo de acuerdo al que tenía en el Real Madrid. De nada sirve recordar que, ante todo, nuestro club debe actuar con la grandeza que se le supone y buscar lo mejor para todas las partes, tanto en lo que concierne a la parte económica, como a la parte deportiva o desarrollo profesional y personal del jugador. Pues después de todas estas explicaciones hay una parte del madridismo que, haciendo gala de la más imbricada seña de identidad colchonera, no lo pueden entender. Y las quejas se fundamentan en que estamos potenciando a un adversario, cuando la realidad es que nuestro adversario se está reforzando con un descarte nuestro. ¿Qué pasará si nos enfrentamos a él y nos hace un Morata o un Morientes? Me preguntan ¿Qué pasará si hace un Juanfran y al palo? Les respondo.

Sería bueno que el madridismo decidiese de una vez lo que quiere que su club sea y abandone esta actitud de veleta que nos lleva siempre a querer lo contrario de lo que sea hace. En el asunto de fichajes: presidencialista o ceder voz y voto al cuerpo técnico, sea el que sea en cada momento. En el asunto del trato a sus empleados: actuar con condescendencia, como se le supone a un club de nuestro señorío, o de forma dictatorial, ordenando y mandando. No podemos estar todos los veranos llorando por la otra bicicleta. No podemos estar cuestionando eternamente el comportamiento del club en el tema de la confección de la plantilla, porque parece que nada nos vale. En resumidas cuentas, dejemos trabajar a los que saben, que hasta el momento no nos ha ido nada mal.

Ah, con esto de Marcos Llorente, casi se me olvidaba contarles lo importante, como acaba la historia de las compras de mi esposa, si es que pensaban que el asunto estaba finiquitado. Al final, cuando ya hemos devuelto toda la ropa y en casa está la camisa definitiva, rara es la vez que no tenemos que retornar una tercera vez a la tienda de ropa a cambiar el artículo adquirido, porque —¡oh, sorpresa!— la camisa con lo que se quedó no le acaba de hacer el peso —la realidad es que ya ha visto a más señoras por la calle luciendo la prenda— y resulta que la que verdaderamente le gustaba es la que devolvimos en primera instancia. Suerte tengo que en asuntos del amor mi esposa haya sido algo más decidida, aunque algunas veces no me explique por qué motivo tuve la suerte de que me escogiera a mí más allá de sospechar que, por esa manía de querer ir siempre a la contra, ella era consciente de que ninguna otra me hubiera elegido.

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