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Mágico González

Fútbol

Mágico González: feliz cumpleaños, amigo

Hoy cumple 61 años uno de los futbolistas más importantes de la década de los ochenta: bohemio, genial, imposible de imitar.

Los años estropearon su cuerpo, su cara, su pelo. Las fotografías, las cintas de video, las imprentas. Pero hay algo que no estropean los años: los recuerdos. Quizás porque hoy un futbolista como lo fue Mágico González sería imposible. Habría algún nutricionista que le cambiaría la alimentación. Habría algún entrenador, de esos inmensos cuerpos técnicos de hoy en día, que se encargaría de meterlo en el gimnasio para potenciar sus cuádriceps o para mejorar su velocidad en los últimos 20 metros. Y hasta habría algún tipo, que se atrevería a dejarlo en el banquillo con esa cosa de la táctica o de las rotaciones. Palabras que no existían en los ochenta y que nunca echamos en falta. Y el que menos él, Mágico González, un elemento extraño que quizá nunca fue el ejemplo. Sin embargo, con la pelota era una cosa excitante como una película de tres rombos. Un bohemio, esa clase de futbolista que es tan maravilloso que resulta imposible de pronosticar. Incluso en aquellos años en los que aún se recitaban las alineaciones de memoria, del 1 al 11, qué tiempos aquellos.

Y entonces Mágico González jugaba siempre. De lo contrario, sólo quedaba imaginar que él se había quedado dormido o que el entrenador estuviese bebido. Pero yo creo que eso no llegó a ocurrir. Al menos, no me alcanza la memoria en aquel Cádiz plagado de estupendos futbolistas con la pelota como Dieguito, Choquet, Mane o los hermanos Mejías. Sin embargo, Mágico González era otra cosa. Mágico era el futbolista que podía jugar en cualquier parte del mundo. El futbolista que sacaba los pañuelos blancos de los bolsillos.  En sus pies el balón era un rey mago. Un episodio de ‘Verano azul’ o una cerveza bien fría en verano. Una exageración en la que resulta difícil explicar que nunca jugase en Real Madrid, en el Barcelona o en el París Saint Germain. A cambio, le quedó el amor supremo de la ciudad Cádiz que cada vez que vuelve, las pocas veces que vuelve, lo recibe como si fuese Nelson Mandela: cuánto cariño deja el fútbol, eso nunca lo podrá cambiar nadie.

En realidad, yo era muy chaval en aquella época. Vivía básicamente de lo que le veía en los resúmenes de ‘Estudio Estadio’, de lo que leía en los periódicos o de lo que le veía en el Bernabéu, donde Mágico siempre se las hacía pasar moradas a los defensas del Real Madrid. De ahí que hoy cualquier recuerdo suyo compense en el último fútbol que uno memoriza pegado a la tierra: los años ochenta. No importaba que Mágico González saliese despeinado al césped o con cara de haber dormido poco. Esas cosas importaban poco en aquella época. No había, como ahora, cámaras detrás de los futbolistas especializadas en captar detalles intrascendentes. Porque entonces se hablaba de fútbol. Y en ese territorio Mágico hacía la diferencia. No era fácil encontrar gente que jugase como él, que arrancase y terminase la jugada, que empezase a correr y no perdiese la pelota. Tenía las piernas largas. Tenía muy buenas facultades físicas. Quizá solo fuese un prodigio al que en un mundo como el de hoy toda esta legión de representantes de ahora le hubiese sacado más jugo, le hubiese entregado las llaves de un palacio, le hubiese ofrecido unos palos de golf.

Pero entonces no sería Mágico González. Ni su historia sería así. La historia de un hombre que nunca luchó frente a sus fantasmas, que no le obsesionaba el dinero y que no dejó enemigos por parte alguna. Ni siquiera esos defensas a los que se los hizo pasar tan mal, porque, en realidad, Mágico González era un tipo sin malicia. Un niño metido en un cuerpo de hombre, capaz de regatear con los ojos cerrados o de colocar una mandarina en la escuadra. Un tipo que, por encima de todo, alimentaba la paz. Hasta Alba, el portero del Racing que era un bombero en excedencia, fue a darle la mano cuando Mágico le hizo posiblemente el gol más bonito que le marcaron en su vida. A pie de área, en un espacio, en el que no entraba en cabeza humana, regateó a tres defensas, Sañudo, Chiri y Roncal, que no se dejaban regatear fácilmente.

Luego, tiró a portería y el balón no dejó ni un centímetro de la escuadra libre. Pudo ser el mejor gol del mundo. Pero es que aquel futbolista era Mágico González, nacido para lograr lo imposible. Por eso hoy sólo el mero hecho de ver su fotografía nos abre los ojos. Nos explica lo que es un genio y no renunciamos la próxima vez que vuelva a Cádiz, acompañado por ese pelo canoso y esas arrugas de ahora, a darle la mano. Sería un honor. Todo un honor como sigue contando Alba, aquel portero del Racing que fue a darle la mano. A pesar del enfado, intuyó que aquel momento era parte de la historia de nuestro fútbol. Tardarían muchos años en volver a verse un gol mejor que ése si es que alguna vez ha vuelto a verse. Todo propiedad de Mágico: los derechos de autor de un tipo completamente diferente que hoy cumple 61 años y que seguimos recordando como si volviese a ser ayer.

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