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¿Quién mató a Mamatoco? Boxeo, nazis y violencia en Colombia

Mamatoco fue boxeador fugaz y, en general, poco exitoso. Con todo, la celebridad de aquella noche de cuento de hadas en el Teatro Olimpia lo convirtió en símbolo, en rostro de una Nación.

Por qué mataron a Mamatoco?, se pregunta, cada día, el periódico El Siglo desde su portada. ¿Por qué y quiénes mataron a Mamatoco?, se repiten, angustiados, millones de colombianos en esos años oscuros de la década de los cuarenta. ¿Por qué? ¿Quién?

Mamatoco.

Marzo del año 1934. El Teatro Olimpia de Bogotá está a rebosar de gente. Nadie se quiere perder el combate del año, ese que enfrenta a Francisco Pérez, llamado por todos Mamatoco, y a Trinity Bill Scott, David García por nombre verdadero, un cubano mulato que había empezado a pelear con cierto éxito en Florida y acabará sus días como instructor de defensa personal en la Policía Nacional Revolucionaria de Castro.

Colombia se ha detenido, expectante. La voz apasionada de Carlos Arturo, el legendario locutor, se cuela en toda la sociedad, llega a barrios enteros que se reúnen alrededor del único aparato de radio en cuadras, torna épica cuando Mamatoco, el héroe del pueblo, lanza un directo de izquierdas que tumba al Trinity. Todos los celebran. Es su hombre, su boxeador. Mamatoco sonríe.

A Mamatoco lo encuentran el 15 de julio de 1943 en el Parque Santos Chocano de Bogotá. Está muerto, claro. Asesinado. ¿Por qué mataron a Mamatoco? ¿Por qué se fue esa gloria deportiva de toda Colombia?

Mamatoco fue boxeador fugaz y, en general, poco exitoso. Con todo, la celebridad de aquella noche de cuento de hadas en el Teatro Olimpia lo convirtió en símbolo, en rostro de una Nación. Antiguo agente de policía, luchador aguerrido, todo corazón, de esos que nunca se rinden, perfecto para representar a las masas en el imaginario popular. Y, después, periodista. O casi menos que periodista. O algo más que periodista.

Porque Mamatoco se dedica a escribir cuando dejó el boxeo. Y lo hace sobre la institución que conoce desde dentro: la policía. Es en un semanario de nombre La Voz del Pueblo, con ayuda puntual del poeta Rafael Tamayo. Desde esas páginas Matamoco denuncia tratos abusivos por parte de los oficiales, demoras en los pagos, sueldos en dinero negro y, en general, una organización institucional que parece mafiosa. Su voz empieza a escucharse, primero entre sus antiguos compañeros y luego en sectores más amplios de la población. Un informe secreto del FBI a principios de los cuarenta alertaba de un inminente golpe de Estado contra el Gobierno colombiano. Los ideólogos serían altos prelados de la Iglesia Católica, militares y… sí, el antiguo boxeador Francisco Pérez.

Y es que Francisco Pérez, Mamatoco, era hombre conservador. Matamoco, Francisco Pérez, el que fue policía, y boxeador, y periodista, era, también, pelín cercano a los nazis. No defendía el aullar del pueblo, sino la voz de los suyos. Y su modesta columna se va convirtiendo en elemento subversivo para el gobierno liberal de Pumarejo. Decían que era fascista, que simpatizaba con Alemania, que estaba dentro de una conspiración que pensaba derrocar al ejecutivo. Eso decían. Y entonces, el 15 de julio de 1943, su cuerpo aparece inerte en el Parque José Santos Chocano de Bogotá. Cosido, literalmente, a puñaladas. Asesinado.

Las autoridades hablan de una pelea entre borrachos. Que al Mamatoco le vieron esa misma noche bebiendo y bebiendo en las tabernas del Barrio de La Magdalena. Que era agresivo, que siempre buscaba problemas. Que, seguramente, los acabó encontrando. Es la versión oficial. Pero hay más, claro.

El Siglo es el principal periódico conservador del país, el gran azote de López Pumarejo, el dolor de cabeza de los liberales cada mañana. Y su director, Laureano Gómez (quién será años después presidente del país y aparecerá frecuentemente en nuestro relato), lo tiene claro: las autoridades han suprimido a Mamatoco por considerarlo molesto, por ser la voz de los sin voz, por decir lo que nadie más (nadie más salvo El Siglo, claro) se atreve a decir. Gómez es admirador de Franco, de Hitler, es contrario a la Revolución en Marcha que está emprendiendo López Pumarejo. Y encuentra en Mamatoco a un mártir de la causa perfecto.

Desde aquella mañana y hasta 1945 la primera plana de El Siglo abrirá siempre, siempre, con la siguiente leyenda: “¿Por qué mataron a Mamatoco?”. Su caso es seguido ampliamente por el diario conservador, que, de manera oportuna, se encarga de silenciar el hecho de que en 1941 Francisco Pérez había estado implicado en un intento de golpe de estado. No importa, se había creado un símbolo. El periódico publica un editorial titulado “Asesinos, Asesinos, Asesinos”, en el que tacha al presidente López Pumarejo de líder de una banda criminal, y llega a publicar que la policía había arrestado a un joven que utilizó el verbo mamatoquear para hacer referencia a la violencia gubernamental. A Laureano Gómez lo detienen y los fascistas aprovechan para azuzar más el fuego. Se organizan manifestaciones en todo el país, algunas reprimidas mediante la violencia. Desde prisión (donde solamente está encerrado 72 horas) Gómez proclama: “Si los ladrones, los mentirosos y los asesinos están en el gobierno, el único lugar para mí en este país es la cárcel”. Lo que Mamatoco intentó en vida parece poder conseguirlo una vez muerto.

El caso se extiende hasta 1945, pero su importancia y presencia en los medios va decreciendo. Una vez que se inicia el juicio, y ante las pruebas cada vez mayores de que no existía conspiración que rodease la muerte de Mamatoco, hasta El Siglo irá dejándolo de lado en favor de otras crisis gubernativas más sabrosas (López Pumarejo renunciará en agosto de ese año). Al final acaban olvidando al Mamatoco, los suyos y los demás. Nunca se supo quién o quiénes lo asesinaron en julio de 1943. Nunca se sabrá. Y del hombre que hizo soñar a Colombia con sus puños en un lejano 1934 quedarán tan solo retazos en la memoria de quienes estuvieron, de quienes bebieron aquellas imágenes en las palabras de los mayores…

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