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Klopp y Guardiola en el Manchester City-Liverpool. Sportimage/PA Images / Cordon Press

Premier

Jóvenes y bellos

La Premier League es el mejor lugar para encontrar el fútbol en su máximo esplendor. Allí dominan los jóvenes y los guapos; los representantes más puros de la belleza en del deporte.

Suelen ser los jueves días más bien muertos: son los puentes para el fin de semana, el final de los días más pesados. Los jueves nadie se casa, no se llevan a cabo elecciones, ni se junta la familia a enfrentarse a sí misma. Pero los jueves pueden ser salvados, y qué mejor que el fútbol para darles color.

El pasado jueves el Manchester City recibía al Liverpool en una de esas jornadas de Premier League que quedarán, como tantas otras, en el recuerdo. Era jueves, pero parecía día de fiesta: fuimos testigos de una de las máximas expresiones de belleza que nos puede permitir un deporte. El fútbol, si algún día queremos explicarlo sin decir demasiadas palabras, se juega así. Todo lo demás son imitaciones, intentos a mitad de camino, garabatos.

La gacela en la que se convierte Leroy Sané cuando corre libre, el titán legendario que es Virgil Van Dijk cuando frunce el ceño, la delicadeza sérica de Bernardo Silva al recibir el balón. Es poesía en movimiento, a toda velocidad, vértigo puro. Al Manchester City solo le servía ganar para mantenerle el paso al voraz Liverpool, y el Etihad rugía como si fuera la última noche de la ciudad. No hubo casi respiro. Las pausas eran, en realidad, treguas tácitas entre los dos equipos, hipnotizados por la adrenalina.

Al frente de los intérpretes se encontraban los dos mejores entrenadores del mundo, tipos jóvenes, brillantes y tan apasionados como si fuera la primera vez. Perseguidores insaciables del éxito, Guardiola y Klopp muestran que el mejor camino para la victoria suele ser el más hermoso. No buscan la belleza por sí misma, ni el resultado por el resultado: pasa que en sus formas, la estética siempre prevalece. “La belleza es el esplendor de la verdad”, decía Platón, y puede que no haya fútbol más verdadero que el que practican estos dos equipos ingleses.

Ni siquiera los porteros tienen derecho a ser humanos: igual que los centrocampistas, deben medir cada toque con precisión quirúrgica y andar por la vida con la cabeza levantada, como si no fuera suficiente presión cuidar la portería. El mandato de hacer circular el balón y no rifarlo garantiza una fluidez del juego extraordinaria, lo que a su vez permite que el vértigo sea permanente.

Ambos equipos combinan con armonía elementos jóvenes con otros experimentados: James Milner, por un lado y Sergio Agüero, por el otro, son leyendas del fútbol inglés, y han sabido guiar a estrellas precoces como Raheem Sterling y Trent Alexander-Arnold por el camino ideal. No había un solo jugador en el campo que no tuviera el talento suficiente para garantizar un espectáculo hermoso. El Etihad fue un teatro dentro del cual 22 artistas y dos excelsos directores montaron una obra de arte.

No olvidemos que la Premier League es el mejor campeonato del mundo porque los tres mejores equipos están liderados por entrenadores brillantes y ambiciosos: Guardiola, Klopp y Pochettino son el futuro de este deporte, y su juventud nos garantiza unos años ricos en belleza y emoción. Puede que pequen de obsesivos o incluso de radicales, pero, como escribía el poeta James Russell, “si la juventud es un defecto, es un defecto del que nos curamos demasiado pronto”.

El City se volvió a meter en la pelea con un 2-1 tan luchado como hermoso, tan duro como merecido, tan extraordinario como efímero. Y todo sucedió un jueves.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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