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Regresar a Maratón, de Miguel Calvo.

Atletismo

Van ustedes a comprar este libro

Regresar a Maratón es un libro de 216 páginas en las que Miguel Calvo va a probar que el maratón es como la escritura: un reflejo de la vida. Y lo va a hacer desde el Hollywood del maratón: Atenas, la ciudad en la que un día empezó todo. 

Hoy voy a escribir de un tipo que se ha atrevido a viajar a Grecia para escribir un libro en el que aparecen nombres como Nikos Polias, Kostas Tsagkarakis, Ioannis Papadopoulos, Maria Polyzou, Stefano Baldini, Martín Fiz…  Nos ha invitado a viajar a la antigüedad, a inventar lugares que no teníamos pensado conocer y al que sólo le faltó hospedarse en ese hotel, junto a la playa, llamado Marathon, donde se imaginó un letrero que no existe, “aquí no se duerme, aquí se sueña”, las cosas de los escritores.

Pero es que es eso: escribir también es inventar, abandonar países, dejar a veces que la melancolía lo invada todo y explicar a los que desconfían de ello que, en realidad, el maratón es un reflejo de la vida. Y eso es lo que hace Miguel Calvo, un tipo de 40 años en el país que vio nacer al maratón: Grecia, la misma Grecia en la que no podemos dejar de sonreír imaginando a Ulises frente al mar, la misma Grecia, en definitiva, que hoy me invita a preguntarle a este hombre si todo el mundo tiene derecho a escribir un libro. “Sí, por supuesto”, contesta, “porque es una forma de soñar si crees que tienes algo que contar”. Y él tenía que contarlo. 

De hecho, hoy quiero ponerme en la piel del escritor, porque apuesto a que ustedes van a comprar el libro y lo leerán este verano y entonces querrán saber más acerca del autor que, desde la primera a la última página, se acuerda de Leonard Cohen: “Grecia es un buen lugar para mirar a la luna, ¿verdad?”.

Y ese tipo es Miguel Calvo, vestido de fin de fiesta, como cuando uno termina de escribir un libro, incapaz de olvidar todos esos días y todas esas madrugadas en la mesa del salón de su casa en la que comprobó que “escribir un libro es abrir y cerrar puertas. No haces más que ir y volver. De hecho, mis hijas cuando se ponían a mi lado, me decían: ‘Papá, no haces más que borrar’. Pero es que es tan difícil dar con lo que uno quiere…”. 

 ¿Puede ser una tortura escribir un libro?, le pregunto.

A veces parece que sí. Hay veces en las que lo quieres tirar todo por la ventana. Pero luego te das cuenta de que no sabes estar sin el libro, de que estás pensando en él las 24 horas del día: te acuestas, te levantas… Siempre recordaré ese fin de semana de julio del año pasado en el que me quedé solo en casa, encendí el aire acondicionado, me olvidé del reloj y podían ser las cuatro, las cinco de la mañana cuando me acostaba… Y, eso sí, a las ocho ya estaba otra vez despierto. Y volvía a ponerme a escribir, porque era lo mejor que me pedía el cuerpo…

“En realidad”, añade Miguel Calvo, “un libro es como un hijo al que lo ves crecer desde el principio. Luego, te da peleas, disgustos, satisfacciones… Hasta te ves discutiendo con él y, aunque parezca que no te contesta, claro que te contesta. Pero quizá de una forma más sutil. Su forma de transmitírtelo está en cada página, en cada hoja, en cada momento en el que te reúnes con él, en cada momento en el que enciendes en el portátil, en cada momento en el que aprovechas la soledad para escribir. Ves como los demás de la familia se acuestan y entonces te dices a ti mismo, ‘esta es la mía, ahora puedo ponerme a escribir’, y te da igual la hora que sea, porque necesitas escribir. Quieres escribir. Amas escribir”.

Hasta ahora sólo hemos hablado del escritor y apenas del libro. Pero insisto en que ese no es problema, porque tengo el convencimiento de que ustedes van a leer el libro: “El lugar ya estaba inventado, pero quería contarlo como lo he visto yo, desde que era un niño y soñaba con ir a Grecia y correr ese maratón… Veía entonces esa épica. La imaginaba. Tenía esa tentación hasta el día en el que me pregunté: ‘¿Por qué no culmino este viaje en un libro?’. Y volví a ir a Grecia para recopilar la información que me faltaba. Y hablar con la gente que todavía no había hablado. Y volví a ser feliz. Y en ese sentido creo que el título lo dice todo, Regresar a Maratón, regresar, en realidad, a un mundo que no se va a acabar nunca y que es una invitación a viajar por esas carreteras de Grecia en busca del espíritu que late detrás de las carreras de larga distancia”. 

Y esto es lo grande de tener una idea  y de que un tipo, en este caso Miguel Calvo, se atreva a ponerla en práctica. Y de que, antes de que yo haya hablado con él, Carlos Arribas ya haya escrito de su libro en el suplemento Babelia de El País; de que lo hayan llamado del programa Hoy por hoy de la SER… Y como en todos esos sitios ya han hablado del libro insisto en que yo prefiero hablar de algo más importante: el hombre que ha escrito ese libro. Y ese hombre, Miguel Calvo, es un tipo al que yo conocí porque es un educado apasionado del atletismo. Un hombre con las zapatillas en la maleta que persigue amaneceres, que adivina sonrisas, en el que “el alma anda revoloteando como un sueño”. Y eso es vida, demasiada vida que le permitió empezar a escribir este libro sin tener editorial y con la incertidumbre de si algún día la tendría.

“Pero no pasaba nada. No quería meterme presión. No quería que un no estropease mi camino. No quería renunciar por nada él”, explica. “Y luego es verdad que tuve un golpe de suerte. Que al día siguiente de presentarlo a Desnivel, la editorial, cuando ya casi estaba terminado, me pidió una copia. Y a la semana me dijeron que sí. Y entonces no sabes que más le puedes pedir a la vida”, añade Miguel Calvo, que tal vez algún día vuelva a escribir otro libro en el que volver a acordarse de los versos olvidados de Lord Byron o de los viejos relatos de Borges. Si es así, será maravilloso: volveremos a comprarle, a darle las gracias y a coincidir con esos centenares de gentes que ya le han escrito por redes sociales: ‘Me ha gustado tu libro’.

Hoy, yo sólo he sido uno más, uno más que me vi incapaz de detenerme cuando empecé a leer el libro. Uno más de los que quisiera imaginarse algún día en la meta del estadio Kalimármaro y de los que, hasta que llegue ese día, agradece que en la biblioteca la indiferencia se quede sin amigos: Regresar a Maratón.

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