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Baloncesto

Pau, Marc y la ruta de la seda

13 años después de colgarse el oro en Japón’06, España puede conquistar el mundo de nuevo. Argentina es el último escollo.

Aquella mañana de primeros de septiembre de hace ya 13 años Marc no jugó ni un minuto. En el otro extremo se situó su hermano, Pau, líder y máxima figura ya de un equipo que empezaba a explorar territorios desconocidos. Ninguno como el horizonte que se le presentaba en Saitama, en la nuca del mundo, tras derrotar a Argentina en un agónico partido. A la primera final del Mundial de su historia llegaba España sin su mejor hombre, sin el faro que les había guiado hasta allí con una exhibición portentosa (la primera de tantas) de Pau Gasol. Sus 19 puntos en 31 minutos fueron oxígeno en esa escalada al monte Fuji que realizó España ante una albiceleste en plena erupción. Marc apenas pudo consolar a su hermano en el banquillo, lo impedía la tensión y los nervios, pero el mediano de los Gasol descubría una lección vital: el equipo por encima de las individualidades.

Aquella selección que aterrizó en el concierto internacional de la canasta en 2006 representaba el soplo de aire fresco que se asocia a la juventud, pero estaba lejos de ser candidata al oro. Si acaso aspirante, con todo por demostrar. Y vaya si lo hizo. Es cierto que ya entonces habíamos convertido el océano que nos separaba de la NBA en apenas un estrecho, por donde además de Pau, se habían colado los Calderón, Garbajosa o Sergio Rodríguez. Rudy, uno de los supervivientes de entonces, estaba próximo a ese salto, pero las similitudes de aquella selección con la actual van más allá del número de jugadores NBA con los que contamos. Hoy como entonces nadie nos ponía el cartel de favoritos y hasta nosotros mismos habíamos perdido la fe. Si Japón 2006 representaba el amanecer de lo que estaba por llegar, China 2019 se aproxima a las últimas tardes de cualquier verano, donde la nostalgia y los recuerdos se afanan por taponar la vuelta a la rutina.

Pero la rutina de este equipo es ganar y nosotros, insensatos, habíamos bajado los brazos antes que ellos.

Poco nos importó que en este trayecto nos hubiéramos convertido en el segundo mejor equipo del mundo, solo superado por la Vía Láctea de la NBA. Aquellas platas (Pekín 2008 y Londres 2012) son hoy oro puro para el deporte español. Pero el rosario de preseas no ha cesado como si de un riego por goteo se tratara durante todos estos años. Cojan aire: tres veces campeones de Europa (2009, 2011 y 2015), una vez campeones (2007), dos veces bronce (2013 y 2017), más otro bronce olímpico en Río 2016. En las últimas dos décadas, las transcurridas desde el alumbramiento de los Juniors de Oro, son ya 14 las medallas colgadas al cuello (contabilizando la de hoy).

Lo arriesgado era dudar, y a nosotros, que nos va el mambo, nos dio por hacerlo.

Quizá por ello, Sergi Llull, un jugador visagra entre el antiguo y el nuevo régimen, criado al abrigo de los Pau, Navarro, Reyes o Calderón hasta convertirse en líder del mejor Madrid de la última década y uno de los mejores jugadores del baloncesto europeo reflexionaba en las primeras jornadas de este Mundobasket: «La confianza solo se reconstruye con trabajo constante». Y quizá nadie haya ayudado más a reconstruir ese edificio que Sergio Scariolo. El entrenador italiano, que es entrenador ayudante del actual campeón de la NBA (Toronto Raptors) ha dado varias lecciones tácticas a lo largo del campeonato (Italia, Serbia y Polonia) y ha edificado desde la defensa y posiblemente con menos recursos que en anteriores citas un equipo inabarcable para los rivales. Capaz de asfixiar y minimizar los talentos individuales del enemigo, e incluso ampliar los miembros importantes de una familia que echaba demasiado de menos a algunos seres queridos.

Uno de los que (casi) nunca falló fue Marc Gasol. Ausente en aquel Europeo de Francia que coronó a Pau en 2015, tampoco llegó a tiempo a Río de Janeiro, cuando una lesión en su pie le impidió colgarse su tercera medalla olímpica. Pero salvo estas dos citas, los veranos de Marc desde 2006 se escriben con el rojo de la Selección. Posiblemente a ninguno llegó tan exigido como este. Después de un curso con altibajos que incluyó un traspaso a Toronto y culminó con el sueño cumplido del anillo. Marc sería el referente en China de nuestra Selección, el faro, tanto en ataque como en defensa para imponerse al resto de colosos. A sus 34 años y 114 partidos después, Marc está donde deseaba: luchando por el oro.

Pero eso no había sido suficiente para un país enrocado en la titulitis, siempre demasiado centrado en las anotaciones. Poco importaba que Marc sea el jugador que más minutos juega de esta selección (27,4 minutos por partido) en este Mundial de las 32 que comenzaron la competición o que su juego lejos de la pintura esté beneficiando a otros compañeros y complicando la vida a los rivales. Hasta el partido de semifinales a Marc le seguíamos poniendo peros, porque sus números nos decían que no era tan diferencial como nos habíamos imaginado. Parecían poca cosa sus 11,3 puntos por partido, sus 13,3 de valoración y sus 5,2 rebotes. A Marc le seguía faltando una actuación colosal por mucho que ante Serbia hubiera subido varios peldaños su nivel y hubiera desarbolado a jugadores como Milutinov, Jokic o Raduljica

Nuestras ansias solo se saciaron tras esos 33 puntos y +33 de valoración frente Australia. Un recital aliñado además con 6 rebotes y 4 asistencias que vino a emparentar a Marc con su hermano mayor, para guiar a la Selección a una nueva final de un Mundial. De pronto Marc fue Pau, el Pau de Saitama 2006, intimidatorio y resolutivo, líder y guía. Héroe de nuestra dicha y de nuestra satisfacción, porque esta vez, por fin, podíamos explicar su partidazo a través de los números, como si el baloncesto fuera tan sencillo. Habrá que hacer mucho más que anotar frente a Argentina para ganar esa carrera que emprendimos hace tanto tiempo. Trece años después, toda una vida deportiva, la cancha nos devolverá nuestro reflejo cuando saltemos al parqué. Los argentinos son navegantes curtidos en los mismos mares, con tantas cicatrices como hundimientos superados. La eternidad aguarda al final de la ruta de la seda donde además del negocio textil se comercializaba con materiales preciosos, ninguno tan anhelado como el oro mundial. Un oro que nuevamente podría apellidarse Gasol.

 

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