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Mundial Rusia 2018

Me quedo con la cara de Mascherano chorreando sangre

Fue su manera de poner de acuerdo a toda Argentina, de convencer a los demás de que este partido se podía ganar por encima de las limitaciones que hoy invaden a la albiceleste.

Nunca seremos lo suficientemente viejos para dejar de recordar esta noche ni para dejar de recordar a la M de Mascherano. A ese tipo que llegó un segundo tarde en la jugada del penalti: está mayor. A ese tipo al que, minutos después, Musa le rompió la cintura nada más entrar en el área: las cosas que hay que aguantar. O a ese mismo tipo al que ya le cuesta una fortuna imponer sus intereses con la pelota. Pero aun así tiene un orgullo en el que no vive el fracaso. El mismo orgullo que le impide darse por vencido, porque sólo así se puede llorar de emoción en el minuto 90. De ahí esa cara suya en la que la sangre no dejaba de caer en la segunda parte. Sólo verla dolía. A todos menos a él, que no admitía preguntas. No había tiempo que perder. Al menos, en su imaginación, en la que todavía existe un espacio reservado para la vuelta olímpica el 15 de julio. Por eso Mascherano volvimos a ser todos, argentinos y no argentinos, capaces de recordar que este hombre siempre fue así. En sus mejores años decía, “estoy aquí para hacer de bombero” y no le importaba reconocer que le faltaba talento. Todo se radiografiaba en su cuenta de Twitter donde durante tanto tiempo nos recibió diciendo, “si prometí correr cuatro kilómetros, corro ocho. Si prometí entrenar a la mañana, hago doble turno”.

Por eso hoy a los 34 está más delgado que a los 18. Pero así es la gente que se cuida y que no protesta por comer verdura cada día. No importa que perdiese el pelo, que se afeitase el cráneo ni que los más radicales le acusen de estar acabado en los días de rabia. Tampoco importa si llevan o no llevan razón, porque Mascherano ha descubierto la manera de compensar la decadencia: la motivación. Por encima de futbolista, se ha convertido en un ejemplo, en un grito de guerra capaz de poner de acuerdo a toda Argentina.

El portavoz anoche fue el color de su sangre, que transmitió que no teníamos que morir de pena antes de que Rojo atizase esa volea. La misma sangre que recordó que Mascherano siempre fue así, incluso en sus mejores años en los que no se avergonzaba de sus limitaciones. Quizá por eso ha logrado detener el tiempo y, aunque los partidos de Argentina ya no se jueguen con la M de Mascherano, como decía Valdano en el Mundial de Brasil, todavía nos quedan escenas que valen campeonatos. No sé qué se le hubiese ocurrido escribir o pintar al negro Fontanarrosa si esta noche hubiese estado entre nosotros. Pero probablemente hubiese vuelto a decir que “la sangre es terapéutica” y hubiese vuelto a recordar que necesitamos a Mascherano para ganar el próximo partido o la próxima guerra. Porque en noches así, gobernados por la agonía, ya no se sabe qué importa más: si el pie izquierdo de Messi o la cara manchada de sangre de Mascherano.

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