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Calle Mauro Silva.
La rúa Mauro Silva, en A Coruña. ALFREDO VARONA

Fútbol

La Rúa Mauro Silva: el listón está muy alto

Una calle no es más importante que un recuerdo, pero hay calles como ésta que comparten magníficos recuerdos

Una calle no es más importante que un recuerdo. Pero hay calles como ésta que comparten recuerdos. Quizá hasta sea la calle más merecida del mundo: la rúa Mauro Silva en A Coruña. El futbolista que llegó al Deportivo con 23 años y no se marchó hasta los 36. Pudo hacerlo antes. Incluso hasta al Real Madrid, pero no lo hizo porque: “Irme era como mandar un mensaje a la sociedad de que el dinero podía con todo”. Una declaración que se echa de menos en el fútbol de hoy, que le invita a uno a fijar la mirada en el nombre de esa calle y a entender que esa calle va más allá de un futbolista inolvidable. Retrata a un tipo que se puede resumir en esa pancarta que colgó Riazor el día que Mauro volvió a A Coruña para recibir el homenaje imprescindible: “Grazas por facernos eternos”.

Habían pasado doce años desde la última vez, demasiados inviernos y demasiadas lluvias. Pero ni siquiera los que nunca le vieron jugar se habían olvidado de él, porque Mauro Silva, por encima de todo, fue un legado. Un tipo que despierta nuestro lado más inteligente. Una clase magistral de saber ganar y de saber perder. Un futbolista que, sin hacer nada especial con la pelota, resultó especial en los mejores y en los peores tiempos de aquel Súper Dépor en los que casi siempre estaba él. Un futbolista que rara vez perdió un balón en medio campo, donde era como un seguro a todo riesgo. “Un maestro de lo invisible”, según escribió el periodista Santiago Segurola, que en aquel artículo aceptó: “Mauro Silva figura entre mis grandes ídolos futbolísticos, que son más bien pocos”. “Muy pocas veces en mi vida me he adherido a un jugador de cualidades estrictamente defensivas, salvo que su autoridad haya sido majestuosa. Mauro Silva ha sido mi predilecto de un pequeño grupo donde también figuran Busquets y Baresi”, añadió.

En realidad, el listón está muy alto cuando uno escribe de Mauro. El capataz de todos esos años del Súper Dépor, entre los que yo siempre elegiré al primero de todos. El que formaba con Liaño en portería; López Rekarte, Albistegui, Rivera, Djukic y Nando en defensa; Aldana, Mauro y Fran en medio campo; Claudio y Bebeto en ataque. El once con el que Arsenio demostró que la humildad también podía ganar la Liga. Un descubrimiento interesantísimo que nadie hubiese imaginado sin Mauro Silva en el medio campo. Y no era lo que hacía, sino lo que imponía. Todo eso, que hoy está registrado en fotografías y en vídeos antiguos, nos traslada a una época que echamos de menos. Si pudiésemos retroceder en el tiempo, volveríamos siempre a ella. Pero es entonces cuando nos damos cuenta de que Mauro hoy tiene 51 años, de que es un directivo que trabaja para la Federación paulista de fútbol; de que vive en Sao Paulo, a 12.000 kilómetros de A Coruña y de esa calle que lleva su nombre en la que un día del último verano yo realicé esta fotografía.

Liaño; Djukic, Aldana, Mauro Silva, Rivera, Albístegui; López Rekarte, Fran, Bebeto, Nando y Claudio.

También me vi repasando tantos recuerdos de los años noventa cuando uno quería más al fútbol. Y lo valoraba todo más. Y entonces me di cuenta de que todos esos recuerdos aterrizaban en el mismo sitio: en un futbolista que no se cansaba de jugar con inteligencia; en un jugador que dominaba la situación; en un tipo que fue campeón del mundo con Brasil o en una parte más del escudo del Dépor. Por eso nuestros ojos, como los de Segurola, brillan al recordar a Mauro Silva. El mismo hombre que hoy pone nombre a esa calle. Una calle ubicada en el sitio exacto, al lado de una parada de taxis, en un barrio en el que no se conducen grandes coches. El barrio de Labañou, habitado por gente ya mayor de la clase media trabajadora, a la que no hace falta ver un póster del viejo Súper Dépor en los bares para tirar de recuerdos. Porque los recuerdos están en nombres como el de Mauro Silva, imposible olvidarse de él ni de todo lo que decía esa pancarta (“Grazas por facernos eternos”) que hoy está instalada en el nombre de esa calle: la rúa Mauro Silva.

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