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Jovic, uno de los fichajes que ilusionan. CORDON PRESS

Fútbol

Los fichajes del Real Madrid y el burro Televisor

Hay que confeccionar la nueva plantilla acudiendo al mercado, sin prisa, pero sin pausa, apuntalando lo poco o mucho que se pueda salvar tras el derribo que ha supuesto la última campaña.

Tanto los que ya hemos dado 50 vueltas al sol, como los que están a punto de darlas o los que ya las dieron hace tiempo, por muy urbanitas que seamos, no somos pocos los que tenemos ancestros ligados al mundo rural. Si no son los padres, son los abuelos o los bisabuelos; el caso es que muchos de nosotros hemos tenido familiares directos o indirectos cuya forma de sustento estaba basada en la agricultura o la ganadería, cuando no en ambas.

Era típico de los agricultores tener algún tipo de acémila: burro, mula o equino que, además de ser de gran utilidad en las tareas del campo, sobre todo para el arado, la trilla o el acarreo, eran empleados como medio de transporte. Lo mismo que hoy nos hemos acostumbrado a ver gente desplazándose por nuestras ciudades en modernos patinetes eléctricos, así de común era antaño encontrarse con un labriego a lomos de un burro por el campo. Mi abuelo, como no podía ser de otra forma, también tuvo burros. En aquel tiempo no miento si digo que un burro, en el ámbito rural, era un artículo de primera necesidad.

Hablando de animales (y sus nombres), siempre me ha fascinado el ingenio de la gente de campo a la hora de bautizar al ganado: Cariñosa, Calzada, Careta o Revoltosa eran típicos nombres de vaca que cuando no hacían referencia a alguna peculiaridad de su aspecto físico, lo hacían al carácter del animal. Hoy en día es más común personificar en nuestras mascotas algunos de nuestros anhelos o deseos, algo que quisiéramos ser o poseer. Así, es común ver a la gente paseando su can llamándole al grito de: Rihanna, Thor, Cristiano o Messi. Mi abuelo, en ese sentido, fue un adelantado a su tiempo ya que su nombre favorito de burro era: Televisor, quién sabe si para así resarcirse de la amargura de no poder disponer de uno en casa.

Fue así como mi abuelo tuvo una saga de Televisores que ríase usted del catálogo de Sony. Cada vez que un burro pasaba a mejor vida el nuevo burro heredaba el nombre del anterior: Televisor. Tal era la fijación con el dichoso nombre que en el pueblo, cada vez que mi abuelo cambiaba de burro, los amigos me decían con sorna: “Tu abuelo cambia de burro, como el que cambia de televisor”; y nos echábamos unas risas.

Aconteció una vez la muerte repentina de un televisor y, casualidades de la vida, días después aparecieron por el pueblo unos tratantes de ganado ambulantes con los que mi abuelo corrió raudo a negociar la compra del nuevo Televisor. Craso error: las prisas son siempre malas consejeras. Mi abuelo, experto en acémilas y équidos (como cualquier hombre de campo), repasó minuciosamente el aspecto del animal: orejas, ojos, dentadura, pezuñas, espinazo, pecho, grupa… Ni un signo de flaqueza tenía el asno. Mientras mi abuelo estaba inspeccionando el que sería su nuevo Televisor, el tratante (que debía de llamarse Felipe), iba repitiéndole como un mantra: “No va a encontrar mejor animal en el valle. Acuérdese de lo que le está diciendo Felipe y Felipe se acordará de usted”.

Tantas veces repitió la sentencia que ésta quedó grabada a fuego tanto en mi memoria, como en la de mis hermanos, y rara es la vez que no revivimos este pasaje de nuestras vidas en las reuniones de familiares: “Acuérdese de Felipe y Felipe se acordará de usted”. Mi abuelo cerró el trato pensando que tenía burro para toda la vida pero lo cierto es que el nuevo Televisor tuvo un recorrido bastante breve en la saga de Televisores. Pese a que su aspecto externo era inmejorable algo no debía de funcionar correctamente dentro de su cabeza y, de vez en cuando, le daba una especie de vahído y, si no andaba uno presto, burro y burrero daban de bruces en el suelo. No fueron poca las veces que un apacible paseo en Televisor acabó en revolcón hasta que aprendimos a interpretar el comportamiento del animal. Poco a poco le fuimos pillando el tranquillo y éramos capaces de intuir cuando el burro estaba a punto de entrar en trance (o lo que fuese) y corríamos raudos a saltar del animal. Raro era el día que el pobre asno no iba dos o tres veces al suelo hasta que un día cayó y ya no se levantó más. Os puedo asegurar que, tal como había predicho el tratante, mi abuelo se acordó muchas veces de Felipe (más bien de sus ancestros), aunque dudo que Felipe se acordase de mi abuelo porque los tratantes no volvieron a pisar el pueblo nunca jamás.

La moraleja de la historia, como intento reflejar en el título de este relato, es que, como muy bien ya sabrán ustedes, por muy experto que uno sea en una materia, por mucho conocimiento que se tenga, siempre se han de tomar decisiones con la máxima cautela y, sobre todo, desconfiando de las gangas que nos seducen a primera vista. Nadie está libre de ser engañado. A menudo nuestra soberbia nos hace sobreestimar nuestra capacidad de análisis y conocimiento convirtiéndonos en blanco fácil del engaño.

Todo esto viene a cuento porque ya está empezando a despertar el mercado estival de fichajes de fútbol y, como todo el mundo intuye, el Real Madrid está acometiendo un sustancial cambio en su plantilla. No sería conveniente que el club quedara rezagado en las negociaciones de aquellos jugadores que considere interesantes (como supuestamente ocurrió la temporada pasada) mientras se hacen castillos en el aire con la ansiada llegada de imposibles –un acierto haber cerrado ya a Hazard y Jovic— porque el club se expone a tener que contentarse con saldos de última hora y el patio no está como para repetir otra temporada como la que acaba de finalizar. Ahora bien, tampoco es necesario correr más de lo debido, no nos vaya a pasar como en la época Sanz-Calderoniana y poblemos nuestra plantilla de Fauberts, Diarras, Canabales o Huntelaars de la vida, o que nos engañen pensando que hemos comprado un Kaká, con su fútbol punzante y agudo acento, y luego nos demos cuenta que lo que tenemos es un futbolista plano y, desgraciadamente, con el acento mudado a la primera sílaba.

Hay que confeccionar la nueva plantilla acudiendo al mercado, sin prisa, pero sin pausa, apuntalando lo poco o mucho que se pueda salvar tras el derribo que ha supuesto la última campaña. Yo sigo confiando en el buen hacer de Florentino Pérez quien, salvo contadas excepciones, ha demostrado cierta solvencia en el asunto de los fichajes. No seré yo el que le afee su desempeño hasta la fecha, considero que tiene más aciertos que errores, aunque no por ello haya que negar la nefasta gestión en materia de fichajes de la temporada que recién finaliza.

Ustedes me dirán, no sin razón, que para este camino no hacían falta tantas alforjas (hablando de asnos, nunca mejor tirado el refrán). Y están en lo cierto. Que Florentino Pérez va a hacer exactamente lo que le venga en gana, sin contar con nadie (quién sabe si solo con Zidane), es algo que usted y yo sabemos. Así que, ¿por qué darle más vueltas al molino?

En realidad el asunto del mercado de fichajes de verano y el Real Madrid era simplemente una excusa, un pretexto, porque lo que en el fondo yo quería contarles es que mi abuelo tenía un burro llamado Televisor y que a mí, de muchacho, me apasionaba cabalgar a su lomo en las lánguidas tardes de agosto con ese deambular parsimonioso y cansino que tienen los asnos al caminar. De la era a la majada, de la majada a la era, sin prisa pero sin pausa, iba contemplando el sol fenecer tras la Serrota al fondo del valle Amblés, en ese momento de quietud, de rumor de brisa apacible, en que el tiempo parece detenerse durante el ocaso, justo a la hora en que despiertan las musas, cuando los poetas empiezan a soñar.

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