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Barcelona

Puerta grande para Messi

Una vaselina estratosférica de Leo Messi da la vuelta al mundo. El argentino pone así el colofón a una actuación genial en Sevilla. La Liga, más azulgrana.

Alguien que ha aplaudido a Curro Romero, que ha vitoreado a Joaquín o que se ha levantado del asiento con una arrancada de Gordillo tiene un paladar exquisito. No se regalan las ovaciones en el albero de La Maestranza. Tampoco sobre el césped del Villamarín, donde hay noches que para abrir la puerta grande no se necesitan pañuelos. Bastan tres buenas estocadas en la suerte suprema del gol, aquello por lo que en la niñez todos comenzamos a patear un balón, para poner patas arriba un estadio. Para alterar el ritmo cardíaco de una ciudad que late fútbol, para pasar, en definitiva, de la decepción a la admiración, en lo que Messi tarde en dibujar una parábola.

Fue un revés a una mano de Roger Federer o el Last Shot de Jordan en Salt Lake City ejecutado con el pie. Arte en movimiento para los algo más de 50.000 testigos presenciales (algunos insensatos se habían marchado decepcionados con el espectáculo), dichosos ellos, que rompieron en aplausos y cambiaron la melodía habitual del estadio. Otras veces, tras un gol del rival, lo que se escucha en un intento por insuflar ánimo a los suyos es un escueto y contundente «¡Betis! ¡Betis!». Pero anoche esos mismos prefirieron rendir pleitesía a Messi, coreando su nombre, en un grito que al unísono recorrió todo el estadio. A la coreografía no le faltó ningún paso y la reverencia verbal se acompañó de la gestual. Es lo que tiene el arte, todos caemos rendidos ante él sin saber muy bien por qué.

«Nunca una afición rival me había ovacionado así», acertó a declarar Leo tras contemplar su última obra. En realidad, estamos ante el penúltimo retazo de una obra inacabada y por momentos inabarcable, que se pinta cada domingo al más puro estilo hiperrealista, con pinceladas geniales y eclécticas. Tan magistral fue su ejecución, tan adecuado el momento, que ese gol dejó en un simple boceto lo que para muchos de nosotros sería la obra de nuestras vidas. Hay carreras que se han construido únicamente con el brochazo de Messi en forma de libre directo a la escuadra de Pau o con el trazo ligero y eléctrico del segundo gol azulgrana. Esos también llevan la firma del argentino, pero carecen del misticismo del último. Un golpeo sutil capaz de forrar carpetas, si es que eso se sigue haciendo.

Casi tan icónico como el vuelo de la pelota es la cara posterior de Pau, testigo y víctima a partes iguales. «Es un lujo haber podido coincidir con él. Ningún jugador ha tenido la continuidad que ha tenido Messi en su carrera», dijo otro de los que le han sufrido, Quique Setién, técnico verdiblanco, quizá con la aspiración de algún día poder entrenarle. Ese lujo le corresponde ahora a Ernesto Valverde que acaricia su segunda liga consecutiva como entrenador culé coleccionando instantáneas únicas del argentino: «Es significativo que le ovacionen, es un reconocimiento. El púbico rival le sufre y le reconoce, por el jugador que es y por disfrutar de él».

Dolor y Gloria que lo llamaría Almodóvar. En una nueva exhibición de película del argentino que abrió la puerta grande de Heliópolis para encargar su décima Liga. Un hat-trick (suma 32 en Liga) coronado por un salto de pértiga de Sergei Bubka, capaz de tocar el listón sin derribarlo. Ese fogonazo de genialidad deslumbró  Sevilla y amenaza con cegar a los rivales que están por llegar. Nadie brilla como Leo, una consecuencia más de esta primavera adelantada que habita en el botín izquierdo del argentino. El mismo que anoche hizo presumir orgullosa a La Giralda de ver a Messi en su ciudad.

 

 

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