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Barcelona

Messi que un club

Hace 14 años Rijkaard ordenaba su segundo y último cambio. Salió Deco y entró Lionel Andrés Messi. Arrancaba una nueva era.

La siempre mágica montaña de Montjüic fue el lugar elegido. Allí, en un desangelado estadio Olímpico apellidado ya Lluis Companys, cambiaría el signo de la historia aunque nadie lo sospechara entonces. El Barça ganaba un anodino derbi barcelonés por 0-1 al que los culés llegaban con varias bajas. Desde la banda, con ese mirada huidiza tan suya, Miguel Ángel Lotina observaba la escena como el que presiente la tormenta. Quedaban ocho minutos para el final del encuentro y Rijkaard ordenaba así el que sería su segundo y último cambio. Del terreno de juego saldría Deco y su lugar lo ocuparía Lionel Andrés Messi. Acababa de arrancar una nueva era.

Aquella primera vez duró apenas diez minutos, tiempo suficiente para que aquel imberbe de 17 años y 114 días mostrara parte de su repertorio. Con el paso de los años descubriríamos que ese era solo el primer episodio de una trilogía de la que todavía hoy no se ha escrito el último capítulo. Apenas un teaser. Porque Leo sigue evolucionando, moldeando el fútbol alrededor de su pie izquierdo. Y aquel primer Messi, el debutante más joven de nuestra Liga hasta que Bojan lo adelantará en 2007, era un extremo velocísimo, con regate exquisito y una visión de juego aún por mejorar. Más individualista y menos completo de lo que nos mostraría luego. Su primera carrera la hizo por la banda derecha, para jugar esos minutos a pierna cambiada, como marcaba la tendencia de principios de siglo. La siguiente fue por los terrenos que más tarde dominaría, los del falso 9 para pelear por un balón colgado que terminaría en manos de Kameni. Quizá aquel día aprendió que a veces donde no llega la cabeza, puede llegar la mano. Lo habría visto antes en algún otro sitio.

Su tercera arrancada fue en realidad el trailer del primer Messi. En aquella carrera están concentrados sus siguientes cinco años, hasta la evolución en falso 9. Pegado a la cal, corre al espacio en busca de un balón que controla, levanta la cabeza y enfila hacia su presa. En el camino se interpone Ito, centrocampista que actúa en el minuto 92 como último hombre. Ante la acometida del argentino, recorte hacia el centro buscando el disparo con su pierna buena, el jugador espanyolista tira de experiencia para interponer su cuerpo y despejar el balón. Con los mayores no será tan sencillo. A continuación el pitido del árbitro pone fin a su debut.

Mucho se había hablado ya entonces de aquel melenudo argentino que ese día saltó enfundado con la casaca del Barça y el número 30 a la espalda. Los habituales del Mini y los conocedores de La Masía sabían perfectamente el diamante en bruto que se avecinaba, capaz de poner patas arriba las categorías inferiores y un modelo de juego donde Messi no dejaba de ser un extraño. Y no lo decimos exclusivamente por su origen argentino (a esas alturas ya llevaba cuatro años mamando la filosofía Barça), sino también por su estilo de juego. Nunca hubo desde el advenimiento de Cruyff y su implantación del juego de posición un jugador así en ninguno de sus equipos. Ni siquiera en el propio Ajax de Johan. Messi era la nota discordante, el verso libre, la piedra filosofal sobre la que cimentar la reinvención del 4-3-3. El efecto mariposa que dejaría atrás el Més que un club, para que este colgara de sus hombros.

Catorce años después todavía vivimos instalados en la Era Messi. En lo que sería la cuarta versión de una evolución que ha ido convirtiendo al extremo individualista a pierna cambiada en un futbolista total, que se ha acercado tanto a la gestación de la jugada sin menguar un ápice la voracidad en el área. Sus mapas de calor se han ido agrandando a lo largo de las temporadas y ese espíritu competitivo ha impregnado a un club más próximo al victimismo de lo que dice su sala de trofeos. De ahí que subrayemos ahora que con él sobre el campo, en estos 14 años, el Barça solo ha perdido 32 partidos. Con ese hambre que parece inagotable Messi ha alicatado de trofeos el Camp Nou: 9 Ligas, 4 Champions League, 6 Copas del Rey, 7 Supercopas de España, 3 Supercopas de Europa y 3 Mundiales de Clubes. Para un total de 32 títulos. Más que ningún culé.

Esos éxitos colectivos, rodeado de algunos de los mejores talentos del fútbol español, se han cimentado en gran parte en su definición. En un idilio con el gol que no solo se representa en primera persona, también en forma de asistencias, atrayendo atenciones, fijando miradas y desarmando tramas defensivas. En 14 años la suma asciende a 563 goles y 240 asistencias en 648 partidos con la camiseta azulgrana. Lo que le convierte en el máximo goleador de Liga de todos los tiempos (389 goles). En la Champions League, el torneo de clubes por excelencia, suma 105 goles, segundo máximo goleador tras Cristiano Ronaldo, aunque el argentino tiene en esta competición otros récords cuantitativos que explican igualmente su instinto asesino. Al Bayer Leverkusen le marcó una noche cinco goles. Eran unos octavos de final de Champions y el Barça ganó 7-1 en el Camp Nou. En unos cuartos le metió cuatro al Arsenal. Fue en 2012 y 2010, respectivamente, y en ninguna de las dos ediciones la Orejona recaló en Barcelona. Cosas del fútbol.

Con esos números y, sobre todo, con esa influencia, no es de extrañar que la lluvia de trofeos individuales calara la Ciudad Condal hasta agotar los elogios con el rosarino. El futbolista capaz de marcar 79 goles en un año natural (2012) vestido de azulgrana ha acumulado en este tiempo 5 Balones de oro, 1 FIFA World Player, 4 botas de oro y 5 pichichis de La Liga Española. En una sola temporada, la 2011/2012, fue capaz de alzarse con todos estos trofeos individuales. Para entonces el Messías ya se había convertido en D10S. Hoy, 14 años después de aquella primera vez, un club tan universal como el Barça, sigue pendiendo de su pierna izquierda. Con ella ha reescrito la historia del fútbol mundial hasta el punto de que no parece haber más modelo que el marcado por la genialidad del argentino.

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