Del “sacad a ese hijo de puta del campo” de Trump al “Tú, golfo” de LeBron | USA
¡Síguenos!
Donald Trump durante la visita de los Penguins a la Casa Blanca. / Foto: Olivier Douliery/Cordon Press

Deporte USA

Del “sacad a ese hijo de puta del campo” de Trump al “Tú, golfo” de LeBron James

Las midterms han llegado a Estados Unidos justo en el momento más tranquilo en la relación entre su presidente y el mundo del deporte tras dos años de áridas polémicas

Si bien el deporte y la política siempre han sido vasos comunicantes desde hace ya muchas décadas en Estados Unidos, el nivel de importancia del mundo del deporte en el clima de opinión estadounidense aumentó exponencialmente el martes 8 de noviembre de 2016. El motivo es de sobra conocido por todos: la elección como 45º presidente del país norteamericano de Donald Trump, candidato del Partido Republicano, empresario multimillonario oriundo de Queens y celebridad de los programas de telerrealidad y de la prensa sensacionalista. Desde su nominación por parte del Grand Old Party, su figura y su discurso (directo, populista, controvertido) han ido acompañados continuamente de una polémica presente en el debate diario de los ciudadanos norteamericanos, amplificado desde los medios de comunicación y las redes sociales (y, sobre todo, por los bots rusos en esta era de las fake news, la extraña época que nos ha tocado vivir), pero latente también en las conversaciones en el trabajo o en la barra de un bar. Desde un primer momento, en la cúspide de la pirámide de la eterna discusión y controversia de una nación partida totalmente por la mitad entre detractores y defensores de The Donald se situó el deporte, por lo menos a nivel de alcance mediático en la superficie que se ve del iceberg. Y es que el propio Trump ha sido habitualmente el primer encargado en alimentar sin reparos la crispación en su propio beneficio y de colocar al deporte y a los deportistas como potenciales y reconocibles enemigos de Estados Unidos.

De hecho, según algunos analistas políticos norteamericanos (aunque otros analistas dudan de que realmente fuera un factor tan determinante en las elecciones de noviembre de 2016), a día de hoy Donald Trump no sería presidente de Estados Unidos de no ser por el nombre propio de un exquarterback de la NFL: Colin Kaepernick. El ex QB de los San Francisco 49ers decidió, en el tercer encuentro de pretemporada del año 2016, arrodillarse cuando sonaba el himno estadounidense para protestar contra los abusos policiales y la desigualdad racial en USA y el por entonces candidato Trump, a pocos meses de que se celebraran las elecciones presidenciales, encontró un saco de boxeo perfecto en el que golpear y volver a golpear una y otra vez sus escupitajos verbales: los jugadores de football. Desde 2016 hasta la actualidad, las disputas entre el presidente estadounidense y las estrellas de la NFL han sido incesantes, aunque el punto álgido hay que situarlo en el famoso mitin de Donald Trump en Alabama en septiembre de 2017 en el que dijo, dirigiéndose a los propietarios de las franquicias de la NFL, aquella frase de “Get that son of a bitch off the field right now! He’s fired! He’s fired!” (“¡Sacad a ese hijo de puta del campo ahora mismo! ¡Está despedido! ¡Está despedido!”) y les instó a que echaran a todos los jugadores que protestaran durante el himno. La reacción del mundo de la NFL no se hizo esperar con protestas en masa en la que tanto jugadores y entrenadores como propietarios se unieron contra el presidente y se arrodillaron durante el himno estadounidense. Un acto que, en cualquier caso, no amilanó a Trump en su verborrea: “Marshawn Lynch de los Oakland Raiders de la NFL permanece de pie en el Himno Mexicano y se sienta para abuchear nuestro Himno Nacional. ¡Gran falta de respeto! La próxima vez la NFL debería suspenderle para todo lo que queda de temporada. La asistencia y los índices de audiencia están bajando”, puso en noviembre de 2017 en Twitter, su medio favorito para expresar sus sentencias y hacer llegar su filosofía vital, sobre una de las grandes estrellas de la competición en el siglo XXI. Hay más ejemplos: “Si los fans de la NFL se niegan a ir a los partidos hasta que los jugadores paren de faltar el respeto a nuestra Bandera y País, veréis que los cambios tendrán lugar rápidamente. ¡Despedidles o suspendedles!”, escribió también en Twitter meses después antes de que, ya en mayo de 2018, les dijera a los periodistas que los jugadores de la NFL que protestan durante el himno “no deberían estar en el país”.

No en vano, la polémica entre la NFL y el presidente de Estados Unidos ha llegado a alcanzar tal nivel de importancia que ha afectado hasta a una de las tradiciones más conocidas del deporte estadounidense, presente desde finales de la década de los sesenta esté en el poder un presidente del Partido Republicano u ocupe el cargo un mandatario del Partido Demócrata: la visita de los equipos campeones a la Casa Blanca. Los Philadelphia Eagles, actuales ganadores de la Superbowl, son uno de esos conjuntos que no han tenido recibimiento por parte del presidente norteamericano. El propio Trump se encargó de explicarlo, como siempre, en su querido (y tremendamente beneficioso para él) Twitter: “Los Philadelphia Eagles fueron invitados a la Casa Blanca. Desafortunadamente, sólo un pequeño número de jugadores decidieron venir y nosotros hemos cancelado el evento. Permanecer en el vestuario mientras suena nuestro Himno Nacional es tan irrespetuoso para nuestro país como arrodillarse. ¡Lo siento!”, escribió. Con anterioridad, varios jugadores de los Eagles, entre ellos Malcolm Jenkins, uno de los primeros, junto a Eric Reid, en secundar la protesta inicial de Kaepernick, ya habían anunciado que no irían a la tradicional visita de los campeones a la Casa Blanca. En cualquier, la anécdota más curiosa de la polémica entre los Eagles y Trump también sirve a su vez para explicar los límites de surrealismo que en ocasiones se ha alcanzado en la opinión pública de Estados Unidos a lo largo de estos dos últimos años: pese al veto presidencial en junio a los Eagles por la polémica del himno, lo cierto es que ningún jugador de la franquicia de Philadelphia se había arrodillado durante el himno nacional a lo largo de la temporada en la que los Eagles se proclamaron campeones de la Superbowl (para no faltar en ningún momento a la verdad, algunos de sus jugadores sí que se habían quedado en el vestuario durante el himno, pero ninguno de ellos se arrodilló sobre el césped en ninguna ocasión). Un año antes, el surrealismo también había estado presente en la visita a la Casa Blanca de los New England Patriots, antecesores de los Eagles en el palmarés de la Superbowl y el conjunto favorito del presidente Trump, un acto en el que varios jugadores de la franquicia de Boston decidieron ausentarse. La lista de los que hicieron novillos ese día contaba con algunos nombres esperados (Chris Long, LeGarrette Blount, Dont’a Hightower o Martellus Bennett, gran seguidor de Black Lives Matter, uno de los mayores colectivos contrarios a la política de Donald Trump) y con una sorprendente ausencia “por motivos familiares”, la de Tom Brady, amigo personal de Trump (al igual que Robert Kraft, propietario de los Patriots, y Bill Belichick, su entrenador) y poseedor, allá por 2015, en su taquilla en el vestuario de la franquicia bostoniana de una gorra roja con el lema “Make America Great Again” (“Hagamos de nuevo grande a América”), el lema de campaña de Donald Trump. “Estoy tan feliz y excitado porque nuestro equipo sea honrado hoy en la Casa Blanca (…). Quiero dar las gracias al Presidente por ser el anfitrión de esta celebración honorable y por apoyar a nuestro equipo desde siempre”, escribió ese día en un comunicado el QB de los Patriots para terminar por apuntalar la doble personalidad contradictoria de los ciudadanos de una nación acostumbrados a vivir al borde de la locura en los últimos dos años. Recuerden que Robert Louis Stevenson, el creador del Dr. Jekyll y de Mr. Hyde, nació en Edimburgo, pero se fue a Estados Unidos y se casó con una mujer nacida en Indiana.

La tradición de la visita de los equipos campeones a la Casa Blanca es, sin ninguna duda, uno de los mejores termómetros para medir el estado de crispación en la eterna disputa entre Donald Trump y los deportistas estadounidenses en los últimos veinticuatro meses. En la NHL, los Pittsburgh Penguins, pese a la oposición de buena parte de sus fans, sí que cumplieron con la tradición en octubre de 2017. Mike Sullivan, su entrenador, fue claro al respecto cuando los periodistas le preguntaron: “Nadie está eligiendo ningún bando. Nosotros estamos simplemente honrando nuestro campeonato y los logros de este grupo de jugadores”, mantuvo. Mientras, los Washington Capitals, actuales campeones de la Stanley Cup, todavía no han acudido a la Casa Blanca pese a la entusiasta felicitación de Trump cuando se proclamaron vencedores: “Felicidades a los Washington Capitals por su GRAN juego y ganar la Stanley Cup. Alex Ovechkin, el capitán del equipo, estuvo espectacular. ¡Una verdadera superestrella! Washington DC está estallando, de muchas maneras. ¡Qué época!”, escribió, una vez más, en su Twitter. Aunque la mayoría de los jugadores de los Capitals se han mostrado dispuestos a visitar el número 1600 de Pennsylvania Avenue, hay un par de jugadores que ya han dicho públicamente que no acudirán a ver al presidente. “Para mí, simplemente no creo que sea lo correcto. Todo el mundo tiene su opinión. Creo que hay varios compañeros que tampoco van a ir. Como te digo, no tiene nada que ver con la política, es algo sobre lo que es correcto y lo que es equivocado, solo eso”, explicó Brett Connolly en Sports Illustrated. Su compañero Devante Smith-Pelly, canadiense y uno de los dos afroamericanos del equipo, quiso ir todavía más allá en sus palabras durante los pasados playoffs: “Las cosas que él escupe son directamente racistas y sexistas. Algunas de las cosas que él dice son muy groseras. No estoy en política, así que no conozco sus otros puntos de vista, pero definitivamente no estoy de acuerdo con su retórica”, se sinceró.

Especialmente sincera fue también Cheryl Reeve, entrenadora y general manager de las Minnesota Lynx, después de que su equipo se proclamara en 2017 campeón de la WNBA por cuarta vez en su historia y no fuera invitado por Trump a la tradicional visita a la Casa Blanca. “Es complicado no pensar que la cuestión del género está jugando un rol aquí por el hecho de que los equipos de hombres están siendo invitados y celebrados. Creo que esto refleja las prioridades de esta particular administración”, analizó en septiembre del año pasado en The Washington Post. Ejemplos no faltan para apoyar su tesis: tanto los integrantes de la Universidad de Clemson como de la Universidad de Alabama, los dos últimos campeones del National Championship del College Football de la NCAA Division I masculina, sí que visitaron la Casa Blanca tras sus títulos.

En cualquier caso, las Minnesota Lynx no han sido la única franquicia que no ha sido honrada por Donald Trump en el mundo de un deporte, el baloncesto, que se ha convertido, con todas sus voces más importantes al frente, en uno de los focos de opinión más beligerantes contra el presidente de Estados Unidos. Sin ir más lejos, los Golden State Warriors tampoco han visitado la Casa Blanca en ninguno de sus dos últimos entorchados de la NBA. “Ir a la Casa Blanca está considerado un gran honor para el equipo campeón. ¡Stephen Curry está dudando, así que la anterior invitación queda anulada!”, anunció Trump en su Twitter después de que trascendiera que algunos jugadores de los Warriors estaban planteando un boicot tras las palabras del presidente norteamericano contra los jugadores de la NFL en el citado mitin de Alabama. Un año después, en este pasado mes de junio, el propio Trump no dejó ningún espacio a la especulación (“No vamos a invitar a ningún equipo. Si ellos no quieren estar aquí, yo no les quiero a ellos”, comentó a los periodistas) con motivo de las finales NBA entre la franquicia de la Bahía y los Cleveland Cavaliers de LeBron James, el profesor James Moriarty de Sherlock Holmes, el gran archienemigo del 45º presidente de los Estados Unidos de América.

Porque si hay que buscar una voz crítica en el mundo del deporte con la política seguida por el presidente de Estados Unidos habría que escoger sin ningún atisbo de dudas la de la gran estrella de la NBA, ahora en las filas de Los Angeles Lakers. Aunque todo empezó ya en la campaña electoral (LeBron James fue el encargado de presentar a Hillary Clinton en el último mitin de la por entonces candidata demócrata a la presidencia, celebrado en Cleveland dos días antes de las elecciones del año 2016), el cruce de declaraciones aumentó justo después del citado tuit de Trump sobre los Warriors y la duda de Stephen Curry. “Tú, golfo. ¡Stephen Curry ya ha dicho que no va a ir! Así que la anterior no era una invitación. Ir a la Casa Blanca era un gran honor hasta que tú apareciste”, contestó en su Twitter James al actual presidente de Estados Unidos. Por su parte, Trump también aprovechó su oportunidad el pasado 4 de agosto para, una vez más en esa red social, responder a una entrevista de LeBron James en la CNN en la que el alero de los Lakers acusó al presidente norteamericano de utilizar el deporte para “dividir” a los estadounidenses y en la que, además, aseguró que nunca se sentaría a charlar con él. “Lebron James acaba de ser entrevistado por el hombre más imbécil de la televisión, Don Lemon. Ha hecho a Lebron parecer inteligente, lo que no es fácil de conseguir. ¡Me gusta Mike!”, escribió. Por cierto, por si alguno no lo sabe: ese “Mike” al que se refería Trump no es otro que Michael Jordan, la leyenda de los Chicago Bulls y el jugador con el que compite LeBron James, según los aficionados y analistas, por el trono de mejor jugador de la historia del baloncesto. Más fango que añadir al ya de por sí enfangado carro de la recurrente disputa entre el mundo del deporte estadounidense y Donald Trump.

Aunque bien es cierto que, en la actualidad, ese carro no va precisamente cargado de fango.

Tras ganar hace apenas una semana las World Series, los Boston Red Sox son los que tienen ahora el dilema de acudir o no (o de ser invitados o no) a la Casa Blanca en una situación panorámica en Estados Unidos, entre Trump y el mundo del deporte, aparentemente cristalina, con su agua calmada por primera vez en mucho tiempo. Por un lado, los antecedentes en la MLB son rotundos: tanto los Houston Astros como los Chicago Cubs, sus predecesores en el título, visitaron la Casa Blanca e, incluso, los chicagüenses lo hicieron por partida doble, ya que se produjo el cambio de presidente tras las elecciones de 2016 y en enero del 2017 estuvieron con Barack Obama y en junio de ese mismo año visitaron a Trump. Por otro lado, y pese a que en una encuesta el pasado septiembre de la NBC y el Wall Street Journal la mayoría de los estadounidenses considerara “inapropiado” arrodillarse durante el himno y que Colin Kaepernick volviera a la actualidad ese mismo mes con el famoso anuncio de Nike y su lema “Believe in something. Even if it means sacrificing everything” (“Cree en algo. Incluso si eso significa sacrificarlo todo”), la verdad es que Estados Unidos ha llegado a las midterms, las elecciones legislativas en las que hoy martes se vota para cambiar todos los asientos de la Cámara de Representantes, 35 asientos en el Senado y 36 Gobernadores, en un magnífico momento económico y con otros temas de actualidad reemplazando al deporte en importancia entre ese 53% de votantes que, según las encuestas, desaprueban el desempeño de Trump en el 1600 de Pennsylvania Avenue. La inmigración, el healthcare, el Supreme Court o la reforma de impuestos son ahora los caballos de batalla para un Donald Trump que, tal vez, ya ha encontrado suficiente rédito electoral en su pelea continua contra las estrellas del deporte norteamericano. O, quizá, no.

Pronto lo sabremos. No en vano, en Estados Unidos se suele decir que este miércoles, un día después de las elecciones de las midterms, es cuando empieza extraoficialmente la campaña electoral para las siguientes elecciones a presidente de la nación. Si Donald Trump opta a la reelección para ese año 2020, el deporte seguro que volverá a estar presente en los próximos dos años en sus proclamas tuiteras y en sus mítines. No hay que irse muy lejos para sospechar que así será: “Al revés que la NFL, vosotros siempre honráis y apreciáis nuestra gran bandera americana”, le dijo a una masa entregada el pasado 21 de agosto en el inicio de un mitin en West Virginia antes de criticar a la ESPN por anunciar que no televisaría en esta nueva temporada la interpretación del himno antes de los partidos del Monday Night Football. Esas palabras del presidente de Estados Unidos una vez más encierran un par de buenas anécdotas. Primero, a lo largo de los años pasados la ESPN nunca ha televisado la interpretación del himno antes de los partidos del MNF. Segundo, tal y como recuerda Stanley Key en Sports Illustrated, esas palabras aclamadas por la gente en West Virginia llegaron apenas tres horas después de que el abogado personal de Donald Trump le implicara directamente después de ser declarado culpable de evasión de impuestos, fraude bancario y violaciones en la financiación de la campaña electoral del año 2016.

Si ustedes estuvieran ahora mismo tomando unas cerveza con Kyle, un actor y camarero de Carolina del Norte, él les preguntaría si los europeos odiamos a todos los estadounidenses por culpa de Donald Trump. En cambio, si estuvieran con Roberto, el dueño de una peluquería de barrio en Chicago, les aseguraría sin pestañear que todo es mentira y que la culpa es de “la puta esa” (“la puta esa” es la actriz porno Stormy Daniels) mientras les corta el pelo y sigue atentamente lo que cuentan unos analistas en el canal Fox News de su televisor. Posiblemente Kyle y Roberto nunca se pondrían de acuerdo, como Trump y las estrellas del deporte estadounidense, pero lo que sí que es seguro es que ninguno de ellos se quedaría callado. Así es, en definitiva, el mundo que les ha tocado vivir. A este y al otro lado del Océano Atlántico. Al final, tampoco hay tanta diferencia.

Periodista en retirada. De Guadalajara a Madrid, pero siempre volviendo al punto de partida. Se marchó a vivir a Estados Unidos porque estaba cansado de trasnochar para ver deporte, dormir poco y levantarse con sueño. Ahora, las ojeras en la cara vuelven a ser su seña de identidad

Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio
Anuncio

Más en Deporte USA

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies