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Literatura

Miedo

Venezuela distorsiona hasta el umbral del miedo. Y es temerario dejar de sentir miedo; ya saben: es lo que nos mantiene vivos.

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FOTO: Nolan Rada.

Me detiene poniendo su mano derecha en mi pecho y con el impulso me orienta hacia una pared próxima. Dos sujetos que lo acompañan sólo observan a menos de dos metros de distancia. Por el tono de voz, los ojos rojos y esa mirada vacía, intuyo que el hombre rapado está ebrio o drogado, aunque en un primer momento pensé que era uno más de los vagabundos que se encuentran en distintas esquinas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No suelen ser agresivos. Debido a eso, no se activa ninguna alarma violenta en mí. Es otro más que se acerca a pedir algo. No pienso en agredirlo, golpearlo ni empujarlo. Sin embargo, al instante descubro que este sujeto es otra cosa: un “fisura”, como nombran acá a quienes van hasta la médula de drogas, alcohol o ambas. Ahora su mano derecha no está sobre mi pecho sino en la correa de la cámara Nikon que cuelga de mi cuello. La reclama.

Me niego.

Insiste.

No la suelto.

Pulseamos.

Amenaza con sacar una navaja.

Dudo.

No sé muy bien por qué, pero dudo. Quizá fue por aquel verso popular: quien va a robar con algún arma no amenaza con usarla; la usa. En instantes, pienso que mi cámara es algo más que un objeto con el que vengo de sacar fotos, que se ha vuelto parte de mi identidad: ella representa mis primeros maestros de fotografía, amistades, un medio para desestresarme, el nexo con las últimas imágenes que tengo de mis padres. Pienso en lo costosas que están —sobre los 10.000 pesos, al menos 500 dólares—, que si la pierdo no podré comprarme una; también pienso en el dinero que le debo a la tarjeta de crédito y a un amigo. Si no la tengo, pierdo algo más que un objeto y la posibilidad de cumplir distintos proyectos personales.

No la suelto.

Ahora su mano derecha está dentro del bolsillo trasero de su jean azul. Pienso en la navaja.

Dudo.

No la suelto.

Es entonces cuando su mano vuelve al primer plano. Advierto un leve alivio al notar que está vacía, que la amenaza es distinta, que la navaja no es tal cosa. Sus manos, de dimensiones pequeñas, no resultan intimidantes. El miedo estriba en su estado irracional y en su compañía: ¿se sumarán al robo? ¿Y si agredo a éste y luego caen dos más? Tres contra uno no parece un pulso justo y ahora mismo tampoco es favorable. Durante el forcejeo, lanza la mano hacia mi abdomen como quien apuñala al viento.

La Avenida Presidente Roque Sáenz Peña sigue solitaria. Hay alrededor de diez negocios y accesos a lo que parecen ser edificios de oficinas y ninguno está abierto. En todo momento tengo la sensación de que sólo somos esos tres hombres y yo, mientras el sol comienza a caer sobre los árboles de la Plaza Lavalle, a menos de 100 metros de nosotros, al frente del Teatro Colón. Comienzo a sentir una extraña dosis de temor y adrenalina; sobre todo eso: mucha adrenalina.

Vuelve a tirar de la cámara y yo me vuelvo a negar. Desiste, no sé muy bien si por sí mismo o por algún comentario de sus acompañantes, quienes sólo miraban. Sé que escuché voces, pero no recuerdo ningún diálogo concreto. Aunque estos momentos se recuerdan con precisión, invitando a pensar que transcurrieron lento, no es así: todo pasa muy rápido. La sucesión de emociones y variables no facilita ninguna toma de decisión. Es puro instinto. Quizá por eso, furioso, lanza una patada hacia la cámara. En slowmotion podrían verse mis ojos cerrarse en ese instante. Había escuchado y sentido en mis manos el impacto. Algo se rompió. ¿El objetivo, el tapa sol o ambos? ¿Y el cuerpo del equipo? Qué mierda.

Miro mi cámara como si fuera una herida abierta en la boca de mi estómago.

Al instante trato de detallar cuanto puedo. Por la ubicación del impacto, me dio la impresión de que la patada había hecho pedazos el lente, que incluso el cuerpo estaba comprometido. Pero no, sólo fue el tapa sol y, por suerte, ninguna astilla rayó el cristal. Sigo mirando mi D200 mientras camino y dejo atrás a quien intentó robarme a menos de 300 metros del Obelisco, a minutos de las 16:00 de una solitaria tarde porteña.

No reparo en que los sujetos aún están realmente cerca, en que torpemente les he dado la espalda.

Miro mi cámara como si fuera una herida abierta en la boca de mi estómago.

Reviso mi abdomen a ver si lo de antes resultó como pareció, si entre la adrenalina y el nervio vi bien y nada me cortó. No hay sangre. Me volteo hacia ellos. Trato de estimar cuán cerca o lejos están. No lo hago bien. Siento que me falta algo pero no preciso qué. Al fin y al cabo, estoy bien y tengo mi cámara. Levanto la mirada y entiendo: me faltan los lentes. Debieron caerse en el forcejeo.

Los sujetos se fueron caminando. Me acerco al sitio y otra vez soy consciente de lo mal que veo. Eso me hace sentir más inseguro que durante el intento de robo, aunque habría podido ver al sujeto barrigón aún sin lentes. Pero ahora no los encuentro. Temo que, debido al astigmatismo y a la miopía que condicionan mi vista, estén allí y no sea capaz de hallarlos. A la vez necesito verbalizar la impotencia y la violenta rabia que ahora sí siento. Le hablo a mi amiga fotógrafa en Venezuela y a un amigo periodista en Buenos Aires. Ni la impotencia ni la rabia amainan.

Barro la zona varias veces. Nada.

Repaso en mi mente las dos veces que me robaron en Caracas, una de las ciudades más violentas del mundo. Ninguna estuvo tan cargada de riesgos, algo que me parece irónico. En frío, repaso lo básico que sugieren en contextos inseguros: no circular por calles solas, en especial si es de noche. Pero esta vez, aunque la calle estaba sola, no era de noche ni estaba en Caracas. Me justifico a la vez que me penalizo. No resistirse ante un robo: ¿pero por qué carajo tengo que entregar lo que es mío a cualquiera que lo desee a la brava? Porque en Venezuela han asesinado violentamente a personas que no tenían nada que dar.

Cuando estás en contextos tan agresivos como el venezolano, la sensación de imbatibilidad en cualquier otro espacio es arrogantemente peligrosa. Sé que durante ese momento no fue esa la sensación que tuve, pero sí me he notado reaccionando con naturalidad ante alarmas de peligro que para mí no resultan tan desafortunadas como para algunos acompañantes argentinos. Venezuela distorsiona hasta el umbral del miedo. Y es temerario dejar de sentir miedo; ya saben: es lo que nos mantiene vivos.

No soy capaz de mirar nombre ni número de calle y debo llegar a mi residencia, a más de 20 cuadras de distancia. Me aferro a mi ubicación espacial como antes me aferré a mi cámara. Me fío de cuanto logro distinguir, de la familiaridad que da recorrer la ciudad a pie: se va volviendo un gran cuarto. Alcanzo a llegar a la parada del colectivo —que en Venezuela es conocido como autobús o camionetica—. Sentado en el transporte, se hace más latente la molestia —“arrechera”, en venezolano— porque ahora debo comprar unos lentes y no dispongo de mayor capital para hacerlo.

El colectivo avanza. Vuelvo a verbalizar lo ocurrido. Esta vez, le escribo a otro amigo periodista el inicio de este relato. Cualquiera en el colectivo habría advertido mis problemas de vista al reparar en cuán cerca de mi cara tenía el móvil. Tras preguntar si estaba bien —como también preguntaron mis otros dos amigos—, me cuenta que le escribí un «gran relato». Aún lleno de ira e impotencia, pienso que su respuesta es la mejor manera que tiene de sugerir que “pudo ser peor” y a la vez me parece tan genuina como fiel a lo que es: periodista. Somos creyentes de que todo hecho es potencialmente narrable. Río.

Al día siguiente, una amiga me ofreció una fina montura que ella no usaba. Me daba igual si la montura era o no femenina: la necesito y, sin recursos para comprarla, no me habría atrevido a despreciar su gesto. “A caballo regalado no se le mira el colmillo”. Una vez en mis manos, noté que era una montura más bien unisex. Ambos coincidimos en que éstas me quedan mejor que las anteriores. Hay amistades que muestran el camino.

Más de un año después de haber llegado a Buenos Aires, todavía no calibro el umbral de miedo con el que vivo.

Periodista y fotógrafo. Voyeur con serios problemas en la vista. Descubrí que me gustaba escribir por el mismo motivo que suele mover a los guitarristas hacia las cuerdas: una mujer; en el mismo motivo estriba mi gusto por la cocina: aunque en el fuego solitario hallo un medio de distracción poderoso, eso no supera la posibilidad de cocinar para alguien más. A través del periodismo y la fotografía he procurado rentabilizar mis pocas habilidades. Crecí como fotógrafo en Roberto Mata Taller de Fotografía. Colaboro para Prodavinci en Venezuela, Espacio Angular en Argentina, y en esta casa madrileña, A la contra. Me gusta la actitud de los surfistas ante las tormentas y huracanes: habrá buenas olas. Cuando William Finnegan escribe que "el surf encarna esta paradoja: el deseo de estar a solas con las olas se funde con un deseo equiparable de ser observado, de actuar", tengo la sensación de que también se refiere al periodismo y la fotografía.

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