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Mikel Erentxun | CORDON PRESS

Música

Mikel Erentxun: “La música murió con el punk”

“Me gustaría acabar como los Rolling o morir en un escenario como Leonard Cohen“. “No se ha hecho nada interesante en los últimos 20 años. La música urbana o el reguetón me interesa poco o nada“.

Lleva 25 años con la misma guitarra. Es como el vino, según pasan los años suena mejor, o eso dice Mikel Erentxun (Caracas, 1965). Aunque no la cuida especialmente, más bien la maltrata, la golpea. Pero ella lo trata muy bien. “De lo que más orgulloso me siento es de llevar 32 años en la música. Es más fácil tener un éxito que una carrera larga. Ahora, vendo menos discos que hace 20 años, pero tengo mucha más reputación”. Las ventas no lo obsesionan como sí lo hacían antes. “La venta digital me pilla fuera de lugar, siento que voy a remolque, se me escapa”. Ahora, vive de los conciertos. Hubo una época con Duncan Dhu, durante la movida madrileña, en la que lo tuvo todo: el respeto, el éxito comercial y las buenas críticas. Pero admite que duró muy poco. “La música jamás la viví como una profesión de futuro. Ahora, sin embargo, no concibo mi vida sin la música. Me gustaría acabar como los Rolling o morir en un escenario como Leonard Cohen. Antes no”, confiesa este arquitecto que tardó 12 años en acabar la carrera y ahora guarda el título al lado de los discos de oro. “Tuve una época en la que no me gustaba nada mi voz. Empecé una especie de huida hacia adelante. Probé a bajar tonos, efectos… Mi último productor me ha enseñado a aceptarme. Ahora, me creo lo que canto, me creo a mí mismo”.

Creció escuchando el rock and roll de los años 50. Con 14, se pintaba las patillas y se engominaba el tupé. Descubrió a Elvis el año en que se murió. En los 60, a los Beatles, su máxima referencia, y a Bob Dylan, a quien admira. “Soy el mayor fan que existe en este país y desconozco su discografía. Es inacabable. Hasta Dylan las letras tenían muy poco contenido poético. A los Beatles les cambió la vida. Yo soy como Dylan, no paro nunca. Estoy en continua carretera”. Esa fue su cuna. Lo que vino después no le fascina. “Según me he hecho más viejo, me he hecho más rancio. No se ha hecho nada interesante en los últimos 20 años. La música urbana o el reguetón me interesa poco o nada. La música murió con el punk. La música con mayúsculas va del 65 al 75. Es el 90% de lo que escucho. Ya no hay grupos grandes”.

Duncan Dhu no es una palabra vasca, a pesar de lo que mucha gente cree. En realidad, viene de su pasión por Escocia, inquietud que le contagió su abuelo cuando a los 16 le regaló una colección de libros de autores clásicos ingleses. Duncan Dhu, que tras separarse en 2001 reanudó su actividad en 2013, hace referencia a un personaje de Secuestrado, novela de Louis Stevenson.  Más tarde Erentxun transmitió esa obsesión a Diego Vasallo, el otro miembro del grupo (Juan Ramón Viles fue el tercero hasta 1989). “No fue un éxito inmediato, pero fue rápido. Fuimos los primeros sorprendidos. Vivíamos de otras cosas y de repente nos vimos ganando dinero y tocando en plazas de toros. La música nos encontró a nosotros. Caímos en gracia”. Sin embargo, el chip le cambió cuando grabó, por divertimento, Naufragios, su primer álbum en solitario. Ya no paró. “Fue un cambio brusco. Al principio, que me pidieran canciones de Duncan Dhu me jodía. Tenía un punto de ego que ahora ya no. Duncan Dhu es más importante que yo. Ha influido en otras bandas, cosa que yo no he hecho”. Tanto como Hombres G, con quien cierto público los enfrentaba. Supuestamente, los serios eran ellos y los no serios, David Summers y su banda. Pero siempre han tenido buena relación. “Ellos han venido a mi boda y yo a la de ellos. Hemos tocado bastantes veces juntos”. Aunque algo sí los diferencia. “Ellos han optado por vivir de rentas, lo contrario a lo que yo he querido hacer. Así nos ha ido peor”, bromea.

No lleva la cuenta exacta, pero ha grabado más de 400 canciones. La mayoría inspiradas en relaciones humanas. No está de acuerdo con que un artista deba implicarse socialmente en sus letras. “Pienso que no. Pero aunque no quieras hablar de eso, quieras cantar una canción de amor, es muy difícil abstenerse de esa realidad. Acaban teniendo alguna connotación política. Como grupo o artista no me he mojado demasiado. No tengo etiquetas de ese tipo”. Cada vez le resulta más difícil escribir historias nuevas. Hasta hace dos discos y medio se las inventaba, lo ha hecho así toda su vida, pero desde entonces ha aprendido a mirar hacia dentro. “El último disco de desamor lo escribí en un momento delicado para mí”. Veneno es una de las canciones más bonitas que ha escrito. “Cada uno elige su fuente de inspiración. El mío es el amor, el tema más manido en el mundo del pop, tampoco descubro nada. A mí no me motiva hablar de Puigdemont ni en su momento del País Vasco ni de ETA. Lo cual no quiere decir que no tenga mi opinión”.

La imagen de cualquier artista se ve reflejada en los medios de comunicación, con quienes siempre se ha llevado bien. Aunque ya no existe una personalidad tan influyente como, por ejemplo, Diego Manrique. “Una buena crítica suya en los 80 te abría muchas puertas. Esa figura se ha difuminado. Al crítico musical muchas veces lo ves como el enemigo. Durante muchos años, he pensado: ‘¿para qué coño ha venido a hacer una crítica este tío si no le gusto?’”. Incluso tiene amigos en el mundo del periodismo. “Nunca he negado una entrevista a nadie. Pocas veces me han tratado mal, he tenido pocas críticas negativas, pero me las merecía. Ahora, les doy la razón. La perspectiva es buenísima en este oficio”.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

1 Comment

1 Comment

  1. Pedro

    27/05/2018 at 13:07

    Que tontería eso de que “Veneno” es de las mejores canciones que ha escrito. Si no ha escrito él, es de Rafael Berrio.

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