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Baloncesto

Caso Mirotic: los fichajes del Barça contra el reggaetón madridista

Si finalmente Abrines se suma al proyecto culé, la línea exterior de escoltas y aleros supondrá la mayor desmesura pirotécnica desde el estreno de Star Wars.

Calma, mi vida, con calma,
que nada hace falta si estamos juntitos.

Pedro Kapó y Farruko

Para el madridista aficionado al baloncesto, el verano ha supuesto un oasis de relax los últimos años. Con la sensación del deber cumplido, uno podía observar los movimientos del mercado de fichajes y la reestructuración de las plantillas desde la absoluta tranquilidad. Un descansado “que inventen ellos” más derivado del justificado orgullo que de la frustración unamuniana, confinada esta en otras canchas peninsulares durante el último lustro. Si alguien se ha ganado el derecho al mojito y al reggaetón estival en el baloncesto español, ese sin duda ha sido el Madrid.

El Barcelona, harto ya de estar harto como Serrat, ha decidido tirar la casa por la ventana y, en un esfuerzo económico sin precedentes en Europa, constituir la que posiblemente sea, por amplitud, la plantilla más completa de su historia. Tomando como piedra angular la definitiva explosión de Heurtel como el crack que siempre apuntó —retenido, por cierto, gracias a una gran oferta salarial—, el muestrario de acompañantes impresiona realmente. Brandon Davies, por mencionar al más “humilde” de los fichajes, supone un salto de calidad brutal: incluido en el mejor quinteto de la Euroliga pasada, ofrece una mezcla de físico y movilidad muy dinámica, un pívot muy moderno —lasista, incluso; hubiese encajado bastante bien en el Madrid—. De Higgins, puntal del CSKA, poco hay que añadir a su carta de presentación teniendo en cuenta que viene apadrinado por, ejem, un tal Michael Jordan. Señoría, no hay más preguntas. Si finalmente Abrines se suma al proyecto culé, la línea exterior de escoltas y aleros supondrá la mayor desmesura pirotécnica desde el estreno de las películas de Star Wars.

Aunque la clave de bóveda de la ambición barcelonista es la operación Mirotic. Desde un punto de vista deportivo, evidentemente, pero también, y sobre todo, simbólico. A pesar de la comprensible reacción pantojil en la que siempre nos refugiamos los despechados —“dientes, dientes”—, el puñal duele muchísimo. Además supone, de alguna manera, el mayor borrón —casi el único— que un FCB coleccionista de derrotas ha conseguido tirar a los blancos en la última época. Más que por el estatus de estrella del montenegrino, por su condición de exmadridista querido y admirado.

El Madrid de Laso ha impuesto su hegemonía gracias a unos éxitos gigantescos y una propuesta de juego muy atractiva; pero también, un poco heredando la tradición de la Selección española, transmitía una sensación de grupo humano en el que la camaradería, la confianza, la empatía y el buen ambiente han resultado decisivos a la hora de lograr los títulos. No hay más que ver la actitud de los extranjeros que se integraban y que siguen animando al equipo desde la distancia tras su marcha: Slaughter, Pocius, Draper, Darden… La impugnación de ese relato con el caso Mirotic nos hace torcer el gesto, pues a todos nos gustan las comedias románticas, aunque sean un poco maniqueas.

Por primera vez en mucho tiempo, pues, el julio y el agosto madridista anticipan algo de nerviosismo en lugar de la placidez acostumbrada. ¿Debemos asumir el disgusto y amargarnos el otrora período de desconexión merecida? ¿Puede el “que inventen ellos” cubrir las dudas con el manto de suficiencia acostumbrada? Los millennials han convertido los estribillos del reggaetón en el sustituto necesario para el hueco que ha dejado la extinción de la filosofía en la sociedad occidental. La canción de moda este verano dice “calma, mi vida con calma, que nada hace falta si estamos juntitos”. Curiosamente, al Madrid y a su núcleo de jugadores, los últimos años no le ha ido mal así. En cuestión de metáforas aliviadoras, acaso llegue Pedro Kapó donde Unamuno no puede. No hay que tener prejuicios. Como ha demostrado —no te lo perdonaré jamás, ay— Nikola Mirotic.

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