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Alexandra Raisman, Madison Kocian, Lauren Hernandez, Simone Biles y Gabby Douglas, oro por equipos en Río.

Deporte USA

Un monstruo, centenares de mujeres valientes

Larry Nassar pasará el resto de su vida en la cárcel tras haber abusado sexualmente de más de 260 niñas, adolescentes y jóvenes mujeres. Las voces de las víctimas no dejan de resonar.

Alexandra Raisman, Madison Kocian, Lauren Hernandez, Simone Biles y Gabby Douglas, con el oro por equipos en Río. CORDON PRESS

Un monstruo, centenares de mujeres valientes

En esa fotografía de Río de Janeiro 2016, mientras mordían su medalla de oro, todas ellas estaban sonriendo. Tenían un motivo, claro. Tan sólo un rato antes, en la final por equipos de gimnasia artística, Simone Biles había mostrado su superioridad en todos los aparatos, Alexandra Raisman había destacado en el salto de potro, Gabby Douglas y Madison Kocian apenas habían tenido fallos en sendos grandes ejercicios en las barras asimétricas, Laurie Hernandez había desarrollado una elegante actuación en la barra de equilibrio y Estados Unidos había revalidado su campeonato olímpico en dicha categoría por primera vez en su historia.

Era la fotografía del éxito.

Era también la fotografía de jóvenes mujeres gimnastas, nadadoras, estudiantes, bailarinas, remeras, atletas, patinadoras artísticas, jugadoras de fútbol, voleibol y sóftbol, incluso hijas de amistades familiares.

Era la fotografía de unas adolescentes que quisieron cumplir su sueño y que, para lograrlo, tuvieron que vivir una execrable pesadilla.

Era la fotografía de unas niñas a las que un monstruo les robó la infancia.

Ese monstruo se llama Larry Nassar, exmédico de la Federación de Gimnasia de Estados Unidos y de la Universidad de Michigan State, que pasará el resto de su vida en la cárcel tras haber abusado sexualmente durante décadas de más de 260 niñas, adolescentes y jóvenes mujeres.

De más de 260 niñas, adolescentes y jóvenes mujeres, valientes e inspiradoras.

Como Rachael Denhollander, la exgimnasta que fue la primera de ellas en tener el valor necesario para hablar en público de los abusos sexuales de Nassar. “Larry es el tipo de abusador más peligroso. Uno que es capaz de manipular a sus víctimas a través de métodos fríamente calculados para establecer vínculos, presentándose como la persona más íntegra y cariñosa de una forma deliberada para asegurar un flujo constante de menores de las que abusar”, explicó en el juzgado Denhollander, que en la actualidad es abogada y madre de tres niños. Y añadió: “Larry, puedo llamar malvado y perverso a lo que hiciste porque lo fue. Y puedo llamarlo mal porque sé lo que es la bondad. Y es por eso por lo que te compadezco”.

O como Emma Ann Miller, también exgimnasta: “Por favor, no gastes tu comparecencia hablando de tu dolor, de tu arrepentimiento o de cualquier otra emoción. No nos digas cómo tú y Dios habéis hecho las paces o cómo ahora eres diferente. Necesitas confesar los hechos”, le pidió.

O como la exnadadora Marie Anderson: “Mis padres, que tenían en su corazón hacer lo mejor para mí, siempre tendrán que vivir con el hecho de que continuamente llevaron a su hija a un depredador sexual y de que estaban en la sala de espera mientras él me agredía”, le recordó.

O como Jordyn Wieber, exgimnasta y medallista olímpica: “Pensaba que el entrenamiento para las Olimpiadas sería la cosa más dura que tendría que hacer en mi vida. Pero, de hecho, la cosa más dura que he tenido que procesar es que soy una víctima de Larry Nassar”, se sinceró.

O como Kyle Stephens, que era conocida en la investigación policial como Victim ZA hasta que hizo pública su identidad en su comparecencia en el juzgado. Ella no era gimnasta, ni deportista, ni una de sus pacientes, sino que sus padres eran amigos de Nassar, que abusó sexualmente de ella un día en el que ambas familias estaban bajo el mismo techo. Kyle tenía seis años. “Quizá ya lo hayas descubierto, pero las niñas pequeñas no son pequeñas por siempre. Ellas se convierten en mujeres fuertes que vuelven para destruir tu mundo”, le espetó.

Todas esas palabras, todas esas declaraciones, son el grito de rabia de pequeñas niñas indefensas pronunciadas ahora, muchos años después, quizá demasiados, con la voz grave de mujeres, valientes e inspiradoras.

Los gritos de rabia de McKayla Maroney, Jamie Dantzscher, Jennifer Rood Bedford, Gwen Anderson, Tiffany Thomas Lopez, Jade Capua, Arianna Guerrero, Amy Labadie, Amanda y Jessica Thomashow, Lindsey Lemke; Lauren, Madison Rae y Morgan Margraves, Mattie Larson, Annie Labrie y centenares de niñas más.

También, por supuesto, el grito de rabia de Aly Raisman, la gimnasta campeona olímpica, dos veces capitana del equipo estadounidense, a la que sus amigas y compañeras llaman Old Granma Aly (Vieja abuelita Aly) por su liderazgo y veteranía. “Permitamos que esta sentencia provoque miedo a cualquiera que piense que está bien herir a otra persona. Abusadores, vuestro tiempo ha acabado. Las tornas han cambiado, Larry. Las supervivientes estamos aquí, de pie, tenemos nuestras voces y no vamos a ninguna parte”, mantuvo en el juzgado. Y concluyó: “Imagínate sentir que no tienes poder, ni voz. Pues, ¿sabes qué, Larry? Yo ya tengo poder y voz y apenas estoy empezando a usarlos. Todas estas mujeres valientes vamos a usar nuestras voces para asegurarnos de que te toque lo que te mereces: una vida de sufrimiento que pasarás reviviendo todas las palabras que te dijo este poderoso grupo de supervivientes. Este grupo de mujeres de quienes abusaste cruelmente durante tanto tiempo ahora somos una fuerza y tú no eres nada”.

El grito, su grito, es: ahora no eres nada, monstruo.

Porque el monstruo, el propio Larry Nassar, unos años antes, en 2013, había pronunciado la siguiente frase al hablar en GymCastic sobre la recuperación de las lesiones de los deportistas de élite: “De las lesiones físicas casi siempre pueden recuperarse. Las lesiones mentales hacen que las cicatrices regresen y que les atormenten más tarde”, manifestó.

Es una frase tan hipócrita que, en la actualidad, hiela la sangre. O la hierve.

Conviene recordarlo. El grito, su grito, es: ahora nosotras somos una fuerza y tú no eres nada, monstruo.

Hace ya casi dos décadas, el 20 de octubre de 1999, en Estados Unidos se emitió Los chalados y esas mujeres, el quinto capítulo de la primera temporada de la serie de televisión El ala oeste de la Casa Blanca. En su última escena, el talento inigualable del guionista Aaron Sorkin nos regaló uno de sus habituales diálogos majestuosos cuando Jed Bartlet, el presidente del país norteamericano en la ficción, y Leo McGarry, su jefe de Gabinete, le cuentan a Josh Lyman, el ayudante de McGarry, de qué estaban hablando en ese momento. “Estábamos hablando de esas mujeres. No podemos superar a esas mujeres. Mira a CJ, ella es como una estrella de cine de los años 50. Tan capaz, tan cariñosa y enérgica. Mira a Mandy allí. Peleando con Toby en un mundo que les dice a las mujeres que se sienten y que se callen. Mandy ya ganó su batalla con el presidente. El juego ha terminado, pero ella no ha acabado”, le explican. Y prosiguen: “La señora Landingham. ¿Sabíais que perdió a dos hijos en Vietnam? Lo que le hace servir a su país está más allá de mí, pero, en catorce años, ella no ha faltado ningún día al trabajo. Ni uno”.

Natalie Portman.

Natalie Portman.

Seguro que mucha gente piensa que Natalie Portman podría encajar perfectamente en ese diálogo escrito por Sorkin: hace unas semanas, en la Marcha de las Mujeres que tuvo lugar en Los Ángeles, la actriz y directora, ganadora de un Oscar, recordó su experiencia con 13 años tras el estreno de la película El profesional (Léon), su debut cinematográfico. “Abrí emocionada mi primer correo electrónico de un fan para leer la fantasía de una violación que un hombre me había escrito. En mi radio local comenzó una cuenta atrás hacia mi 18 cumpleaños para que nadie se olvidara de la fecha en la que sería legal que me acostara con alguien. Los críticos de cine escribieron en sus reseñas sobre mis incipientes pechos”, relató. “Con 13 años, el mensaje de nuestra cultura fue claro para mí. Sentí la necesidad de tapar mi cuerpo e inhibirme en mi expresión y en mi trabajo para enviar mi propio mensaje al mundo: soy alguien que merece respeto y seguridad”, continuó. Y sentenció, dirigiéndose a la gente congregada: “Vosotras le dijisteis al mundo que se ha acabado el tiempo de la violencia. Vosotras le dijisteis al mundo que se ha acabado el tiempo del silencio. Vosotras le dijisteis al mundo que ha llegado la hora de un nuevo día, la hora de una nueva cultura de vestuario, la hora de pensar en los deseos, necesidades y placeres de todas las personas”.

Fue el discurso de una mujer talentosa, inteligente y brillante.

Fue el discurso de una mujer inspiradora y valiente.  

El discurso de una de esas mujeres que sigue peleando pese a que el mundo le exige que se siente y que se calle.

En aquella fotografía de Río de Janeiro 2016, con su medalla de oro al cuello, recordad, todas ellas estaban sonriendo. Aly, Simone, Gabby, Madison y Laurie (estas dos últimas no se han pronunciado públicamente al respecto de los abusos sexuales de Nassar). Pero también sonreían, junto a ellas, Rachael, Kyle y otras 260 mujeres más.

Porque en aquella fotografía estaban representadas más de 260 niñas, adolescentes y jóvenes mujeres, valientes e inspiradoras, con su merecida medalla de oro al cuello. Que lucharon y que, al final, lo consiguieron. Pese a que hubo un monstruo que un día quiso acabar con todos sus sueños.

“Deja tu pena aquí dentro, sal fuera y haz tus cosas magníficas”, le pidió a una de ellas Rosemarie Aquilina, la jueza que hace unas semanas dictó la segunda sentencia de cárcel para Nassar.

Y, cuando de nuevo tengáis fuerzas para hacerlo, sonreíd; cabría añadir a las palabras de la jueza Aquilina. Sonreíd, sonreíd, sonreíd mucho. Como en aquella fotografía de Río 2016.

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