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Hector, Muller y Neuer, abatidos por la eliminación. CORDON PRESS

Mundial Rusia 2018

Morir en la ruleta rusa

Alemania, embriagada de éxito y halagos, se despidió del Mundial como última de grupo.

Alguien debería replantearse lo del servicio militar en Corea del Sur. Allí todos son iguales ante el Estado a la hora de servir a su país. Todo ciudadano debe cumplir sus obligaciones con el ejército antes de los 28 años. La única rendija del sistema es dar gloria y honor a esa pequeña península bañada por el Pacífico y ese hito se fijó en los octavos de final para el combinado nacional que acudía a Rusia. No los han alcanzado pero se han cargado a la vigente campeona del mundo. Durante 90 minutos aguantaron las embestidas germanas, para, en las postrimerías del partido, asestar dos zarpazos definitivos que llevaron al éxtasis a la afición coreana. Esta victoria debería convalidar una mili.

No tiene pinta de que los alemanes vayan a ser castigados con trabajos forzosos, pero su Mundial ha sido más que decepcionante. Apenas un chispazo, el gol de Kroos, será todo el recuerdo que nos dejen de su paso por Rusia. Esta vez no fue el General Invierno, tampoco ningún francotirador. Alemania, embriagada de éxito y halagos (llegaba a Rusia como campeona del mundo y de la Copa Confederaciones con un equipo B), murió jugando a la ruleta rusa. En el tambor apenas un par de balas, las derrotas ante México y la machada coreana, suficientes en un torneo tan corto para volarte la cabeza.

El cuento nos suena, porque lo hemos vivido en nuestras propias carnes. Pero no deja de ser sorprendente, más aún cuando Alemania se presentó en el Mundial con sus propias Matrioskas. La factoría alemana había iniciado la transición que nos faltó a nosotros. Por el camino quedaron los Klose, Schweinsteiger y Lahm, sustituidos por Werner, Gotetzka y Kimmich, y el modelo parecía no resentirse. Hoy viendo a Klose en la grada junto a Boateng, sancionado, más de un nostálgico habrá pensado aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. En realidad es un digno sucesor de los últimos campeones del mundo. La maldición pesa como una losa en este siglo XXI, solo Brasil pasó de la primera fase en 2006 para caer en cuartos ante la Francia de Zidane.

 

Pero es que la decepción no solo es mayúscula. También es histórica. Nunca había caído la Mannschaft en la primera fase de un Mundial. Hay que remontarse hasta 1938 para encontrar una derrota tan dolorosa, entonces fue en el primer partido de aquella Copa del Mundo que comenzaba en la ronda de octavos. Desde entonces han ido bordando su historia a base de estrellas y eficacia, separados o reunificados, con Beckenbauer o con Matthaus, bombardeando el área o realizando una coreografía de pases. Esta derrota además zarandea el orgullo, quizá tanto como aquella de 1943 en Stalingrado, también en suelo ruso, que fue el principio del fin de Hitler. La de hoy fue en Kazán y quién sabe si no se llevará por delante a Low. Definitivamente Rusia no será un destino muy demandado en las agencias de viaje alemanas.

Será una lástima por esa camiseta verde que antes portaron Torpedos y Líberos y que Muller, Ozil o Khedira posiblemente no se vuelvan a poner más. En la noche de cuchillos largos que le espera a la Mannschaft, la renovación será una condición indispensable para formar un nuevo gobierno, un nuevo equipo con el que asaltar de nuevo la historia. Porque la vieja guardia teutona ha sido la más señalada no solo durante el Mundial, también en el partido de hoy. Otra vez una Alemania que no fluía, que no encontraba los caminos del gol y que una y otra vez se estrellaba con el muro coreano. Estos se multiplicaban como si ya estuvieran de prácticas defendiendo sus fronteras de un ataque exterior. De hecho las mejores ocasiones de la primera mitad fueron de los asiáticos, en un lanzamiento de falta que a punto estuvo de retratar a Neuer.

 

Heung-Min Son vivía demasiado solo arriba pero en los primeros cuarenta y cinco minutos le valió para sembrar el pánico en la zaga germana a cada arrancada. En esa primera mitad Alemania intentó controlar y madurar el partido, pero sus internadas concluían en centros laterales que no iban a ningún sitio, con Werner tirado a la izquierda y con los centrocampistas, Kedhira y Goretzka cargando el área sin acierto. Es cierto que tras el paso por los vestuarios Alemania intensificó la ofensiva y entonces empezamos a reconocer al portero coreano. Cho-Hyun Woo, con más pinta de gamer que de guardameta, empezó a salvar a los suyos. Mientras Alemania caía presa de la desesperación y la falta de puntería. Todo hacía indicar que no era el día y poco importaba que Ozil y Reus bailaran con la pelota, si Werner mandaba la mejor ocasión alemana a la grada. Kimmich seguía poniendo caramelos en forma de centros pero una vez Goretzka y, en las postrimerías del partido Hummels, agotaban la vía aérea.

En ese momento a cualquiera se le podía pasar por la cabeza aquello de que el que perdona la paga. Pero en el cuadriculado universo alemán, ya saben aquello tan manido de que siempre ganan, no cabía tal quimera. Menos mal que el VAR también amenaza con borrar muchos de los mitos que tenemos implantados. Fue en un córner y con suspense cuando Alemania se descerrajó el primer tiro. Se oyó un disparo, pero todavía no corría la sangre. El forense, en este caso el colegiado Mark Geiger, quiso asegurarse de la trayectoria de la bala. Acudió al VAR y comprobó la tragedia. Nadie se recupera de un disparo en la cabeza. Era gol y Alemania se desangraba.

Le había salido cruz a los alemanes. Y para regar con más dramatismo la escena el desencadenante del disparo había sido un descuido: Kroos dio la pistola, en forma de asistencia a Kim. Se sobrepasaba ya el 90. Por delante 6 minutos de sufrimiento y agonía para los Tetracampeones del Mundo que tenían que marcar dos goles para pasar a Octavos. Entonces Alemania optó por la vía rápida y se remató ella sola, creyéndose el protagonista de El Hundimiento, presa de la desazón y el acobardamiento, del ridículo y las consecuencias posteriores. Neuer decidió rematarse y erradicar de golpe el dolor, perdió un balón intentando regatear a un coreano y unos segundos después Son lloraba, en esta ocasión, de alegría. Había marcado el segundo y mientras corría para celebrarlo con los suyos no se acordaba de la mili. A esta hora no hay mayor gloria para un coreano.

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