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Copa del Rey

Mucho castigo para el Madrid

Durante 50 minutos, hasta el primer gol de Suárez, el Barcelona estuvo a expensas del Real Madrid. Vinicius volvió a fallar de cara al gol.

El marcador no es mentira, pero no dice toda la verdad. El Real Madrid fue mejor que el Barcelona durante 50 minutos, aunque esto no lo recordará nadie dentro de unos días, tal vez unas horas. Quedará la goleada y el daño que causa al perdedor. Sin embargo, el modo de caer debería ser un refugio si aceptamos que el Madrid es un equipo en reconstrucción. Imaginarlo de cualquier otra manera era una ensoñación. Si Vinicius es la esperanza, y no dudo que lo sea, hay que aceptar sus fallos ante la portería como parte del proceso de maduración. Reguilón fue otra buena noticia que no debería perderse entre las facturas de la frustración. Ellos son parte de un futuro en el que sospecho que no estará Solari. Su ejercicio de autoridad y su desafío a las estrellas solo tenía un riesgo: perder. Y me temo que, salvo hazaña en la Champions, ha perdido.

Lo del Barcelona sorprendió desde el inicio. Su actitud era fría, casi congelada, y contrastaba con el fuego del Madrid, intenso en la presión y en el robo, y tan entusiasta en el repliegue como en el despliegue. Es extraño, insisto, porque el Barça jugaba como si el marcador estuviera a su favor, o como si supiera algo que el Madrid desconocía. Por momentos dio la impresión de que esperaba al agotamiento del rival, y hasta parecía que lo tenía calculado. Ocurrirá en el 50. O poco más allá. Incluso de contar con esa información privilegiada, su apuesta estaba plagada de riesgos. Su rival estuvo muy cerca de marcar y lo hubiera hecho de no ser por Ter Stegen y porque las mejores oportunidades las tuvo Vinicius, y el muchacho se comporta ante el gol como los chicos de su edad ante las mujeres guapas. Se atolondra. Se acelera. Se tropieza. No perdamos de vista que con Cristiano se marcharon 50 goles.

También es posible que el Barcelona no esperara al cansancio del Madrid; quizá se vio superado por su presentación ardorosa u oscurecido por el apagón de Messi. O tal vez el equipo tiende a imaginar que Xavi e Iniesta siguen sobre el césped. El caso es que donde antes había trianguladores ahora hay recortadores que se afeitan las patillas con las astas de los toros. Tan cerca estuvo el Madrid de robar balones que habrían sido definitivos. Tan cerca por momentos y tan lejos al final.

No cambió nada al regreso del descanso, al menos en los primeros cinco minutos. Hasta que marcó Luis Suárez. Dembelé ganó la espalda de la defensa y su compañero sacó el pasaporte en el área igual que los policías muestran la placa para abrirse paso: uruguayo. El gol desarmó al equipo que lo había hecho todo bien. Y se entiende el desconcierto. En ese trance le llegó el siguiente gancho al mentón. Otro balón a la espalda de la defensa y autogol de Varane con Luis Suárez al acecho. No hacían falta más señales del cielo. Así que el penalti fue una crueldad, amplificada con un pique a lo Panenka, obra de Suárez, otra vez él, el señor uruguayo que no marcaba goles.

El resto fue protocolo. El Barcelona está en la final y para el Real Madrid el problema es no saber dónde se encuentra. Lo construido hasta ahora se irá al garete si el club no entiende que no es demasiado tarde, que es justo al revés, que es demasiado pronto.

 

 

 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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