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Harrogate, en ebullición durante el Mundial de ciclismo. CORDON PRESS

Ciclismo

Esa cerveza de la que me habla

Memorias de un Mundial en Yorkshire. «Tampoco la comida era gran cosa, porque las delicias locales no eran locales (y las locales no podían ser delicias) y los vasos de espirituosos costaban como si los hubiera escanciado Merckx».

El viento silba en mis oídos. Las calles, desiertas, aparecen reflejadas en los tonos naranjas de alguna farola titilante. La lluvia no cesa de caer. Muros empapados, charcos en el suelo, una leve sensación de irrealidad. Ningún sonido. Nada en absoluto. Es como si el mundo estuviese parado. Escogí una mala tarde para llevar Drácula en mi mochila, creo. Camino despacio, fijándome en todo. Algo de miedo, no se lo voy a negar, con el eco de pasos resonando más allá de mi espalda. Y entonces, en un callejón (más oscuro, más solitario que el resto) ocurre. Rumor, rumor sordo. Que se va acercando. Me acojono, qué hago yo aquí, con qué me puedo defender. Sopeso la contundencia que la obra de Stoker tendría como arma arrojadiza, y me arrepiento (mucho) por llevar una edición de bolsillo. Aparecen. Son tres. Altos, anchos como armarios. Llevan jerseys azules, rayas amarillas, rojas, negras en el centro. Extraños gorros con cuernos cubren sus cabezas. En una mano, vaso a medio beber. La otra al aire. Gritos, muchos. Alaridos. Laralarala. Los aficionados belgas pasan a mi lado, riendo. Sí, no me he equivocado.

Estoy en el Mundial de ciclismo.

El Mundial es pasión, son puñados de tipos llegados desde todos los rincones de Europa para animar a los suyos (que son todos), es ver ciclistas por cualquier lado (muy british, estilosos, maillots con toques retro, bicicletas de precios loquísimos, el “tactac” de las calas caminando por la acera), es escuchar palabras en cien idiomas dentro del mismo bar. Quizá el mejor ejemplo de lo que supuso el evento para Harrogate (ciudad balneario, llena de viejecitos tomando sus aguas, muy tranquila) sea el paso desde la campanilla para llamar al servicio (vea, Mildred, esta cerveza se me ha enfriado y ya sabe que yo la quiero templada) hasta los campanos que lucían orgullosos daneses o noruegos, por ejemplo. Lucían y hacían sonar, añado. Mucho. Todo el tiempo. Lo que pasa es que a mí ese repique metálico me gusta, porque me recuerda a mi tierra. Campanos. O cencerros, vaya, solo que yo los llamo campanos. Así estábamos. Esa era la banda sonora.

En los bares había otra, claro. Música, mucha. No se piensen que allí tienen mejor gusto, porque los engendros eran similares a los que puede usted sufrir en cualquier antro de moda al sur de los Pirineos. Mucho reggaeton, mucho pachangueo, hasta la canción de la cantina de Mos Eisley sampleada al techno. O algo así, vaya. Un espanto. Curiosamente no escuché ni un solo tema de The Delgados, los escoceses que homenajean a Perico desde el nombre. Detallitos.

Pues eso, que pubs. Muchos. Algunos con incidencia en la propia carrera. The finish line, por ejemplo, se situaba en plena recta de meta, pero unos setenta metros antes de la línea blanca. Los hubo que, maliciosos, comentaban si igual Trentin se había equivocado y esprintó solo hasta ese sitio (esto a los italianos no les hacía la gracia esperada, pero en fin…). Todo estaba engalanado de arcoíris y decorado como motivos ciclistas. Maillots clásicos, la bicicleta con la que Geraint Thomas ganó el Tour hace 15 meses, fotos antiguas… hasta había bicis estáticas conectadas a rodillos electrónicos (ustedes saben a los que me refiero) donde podías probar cuántos watios eras capaz de lograr mientras trasegabas cerveza. Un espectáculo, se lo aseguro.

(Cerveza había, y mucha. Valga un ejemplo. Un tipo, ya talludito, vestido con los colores de Holanda le alcanzó un vaso a otro, que tendría, a ojo, veinte años más. El recipiente albergaría unos 17 o 19 litros de birra, aproximadamente. Bien, el obsequiado bufa, enseña su propia bebida sin acabar, niega con la cabeza. El otro insiste. Nuevo bufido. Tercer intento. Rendición, vacía en el gaznate lo que le quedaba y coge aquel tanque tan imponente. Pues esto muchas veces…)

Luego estaba la Fan Zone, que es el lugar donde aficionados de todas las nacionalidades se reúnen entre stands de productos ciclistas, puestos de comida y bebida, música y, en general, un buen rollo apabullante. Solo que, no les voy a engañar, en Harrogate anduvo pelín deslucida, porque las lluvias habían convertido aquello en un lago de profundidad variable en el que se podían ver niños nadando, aletas de tiburones y hasta un velero de tamaño medio navegando a ritmo sostenido. Una locura, vaya. Tampoco la comida era gran cosa, porque las delicias locales no eran locales (y las locales no podían ser delicias) y los vasos de espirituosos costaban, más o menos, como si los hubiera escanciado el mismísimo Eddy Merckx. Grosso modo. Eso sí, había ambientillo. Gente hasta arriba de barro, añado (los británicos, muy cucos, llevaban botas altas), niños disfrutando del fango como… bueno, como niños, música en directo y algunas tiendas que eran una delicia para el aficionado ciclista.

Destacaba allí, por tamaño, la enorme carpa que la UCI había puesto en mitad del parque, y que parecía el lomo de una gigantesca ballena blanca asomando por entre las agua para ver si divisa, a lo lejos, a algún cojo con mala hostia e ínfulas de predicador. Bueno, allí podías comprar todo tipo de merchandising, incluidos maillots arcoíris (lo que, a mi modo de ver, es un sacrilegio…hay prendas que solo debería llevarlas un ciclista en todo el año), pósters, calcetines, paraguas, gorritos de lana para el frío (muy demandados) e incluso boinas de esas típicas de Yorkshire, con sus tonos sobrios por fuera y su forro de espirales muy coloridas en el interior. Un par de británicos estuvieron a punto de fallecer después de ver la combinación, me comentan, aunque afortunadamente llevaban las sales en sus abrigos y pudieron recuperarse.

En esa carpa, además, pude presenciar el momentazo de los Mundiales. Ni la pájara de Van der Poel, ni la escapada de Van Vleuten, ni siquiera los mofletes alegres de Pedersen… no, no, háganme caso. Allí había una de esas “atracciones” en las que aparece un ciclista coronado como campeón del mundo (brazos arriba, maillot distintivo)… solo que al muñeco le faltaba el rostro, y tú podías meter tu fea cabezota allí para disfrutar de la sensación, sacarte una foto y fardar con tus amigos. O algo, vaya, que nunca entendí muy bien estos asuntos, para qué engañarnos. El caso es que aparecieron por la zona un par de belgas. Llevaban cascos con cuernos e iban vestidos con el maillot de su selección, aunque no podría asegurar que fuesen los mismos del día antes. Pero en mi cabeza lo eran, porque es más hermoso así. Uno de ellos (1.90, 140 kilos, hirsuto) iba condenadamente ebrio. De no poder mantener apenas la verticalidad. En fin, que todos lo miraban, porque era cosa llamativa. Pues bien, este tipo llegó hasta el photocall y al ver el agujero supongo que interpretó mal la parte del cuerpo que debía aparecer en ese sitio. Su amigo, mucho más juicioso, se lo llevó a rastras cuando ya se estaba bajando los pantalones…

Durante la carrera la cosa cambia, porque todos están más o menos pendientes de lo que ocurre. No demasiado, vi gente que parecía estar deseando que acabase el Mundial para que su Mundial diese comienzo. Pero eran excepciones, ojo. Mientras dura la competición todos nos apiñábamos en los puntos críticos del circuito, cuerpos compactados sobre las vallas. Algunos con chubasqueros (negros los menos, la mayoría con colores de la selección a la que quieren animar), otros con paraguas. Y así la subida de Parliament Street se convierte en un doble monstruo de mil gibas, una serpiente marina (bueno, vale, acuática) que enmarca cada pocos minutos a los sufridos ciclistas. Y entonces, claro, lo típico. Hostias en las publicidades, campanos sonando muy fuerte, cacofonías que esconden ánimos. Para todos. Sin excepción. Del primero al último. De hecho a éstos, a los postreros, aun más.

Termina. Mads Pederse es campeón del mundo de ciclismo. Un enorme grupo de daneses está apostado frente a un pub, muy cerca de la meta, y celebran el éxito imitando los movimientos de los remeros en los antiguos drakkars. O sea, lo que hacemos en mi tierra cuando vamos un poco tocados, solo que allí tenemos traineras, que son mucho más manejables y sirven para pescar bocartes. Pero el idioma es universal. Otros se han ido a buscar a los ciclistas en los autobuses de sus equipos o selecciones (sobre todo de lo primero). Y ahí el rey es Sagan, rodeado por un mar de banderas eslovacas. Donde está Sagan hay música rock, volumen altísimo. Donde está Sagan hay gritos, y sonrisas, y él hace gestos a la gente, se saca fotos, tira (con toda la gracia del mundo) camisetas de su club de fans al aire para que los espectadores se peguen por cogerlas. En un momento dado asoma Juraj, que saluda tímido y se vuelve a meter al autobús. El día y la noche, no solo en palmarés. Y allí sigue Peter. Bailando, cantando, llevando con las manos los ánimos de la gente. Es un espectáculo, es necesario.

Podía haber sido cuatro veces campeón del mundo aquella tarde, pero eso no salió tan bien…

Por la noche Harrogate sigue de fiesta. De fiesta ciclista. Hay programas de radio grabándose en pubs (cómo podrán, pienso, sacar algo en claro con ese griterío). Hay bares alquilados por revistas de ciclismo (en Europa tienen pasta para estas cosas, amigos). Hay manchas de colores cuando grupos grandes de la misma nación se juntan en el mismo sitio. Allí los naranjas, los rojos acá, azules y azzurri por esta zona, las banderas eslovacas apoyadas sobre unas sillas. En todos los sitios tienen puesta la televisión, repitiendo en bucle los últimos kilómetros de la carrera. Y la totalidad de los aficionados, por muy borrachos que anden, miran de reojo. Los daneses esperan, angustiados, el final, porque uno nunca sabe si volverá a salir bien. Los italianos rezan para que Trentin no tenga calambres, le gritan a la pantalla, bebe Matteo, no te fíes. Los belgas gruñen que igual Evenepoel no debería haberse quedado con Gilbert, que van Avermaet tiró cuando no tocaba, que claro, uno es flamenco y el otro valón, que esto y aquello. Los británicos (más calmados, calcetines altos, tonos apagados en su vestimenta) observan, entre sorprendidos y asustados. Será larga la madrugada en Yorkshire.

Porque , no se dejen engañar, un Mundial no se acaba hasta que la cerveza diga que el Mundial se ha acabado.

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