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Irene Sánchez Escribano, Antonio Serrano y Ouassim Oumaiz.

Atletismo

La paciencia siempre da resultado

En el Mundial de cross de Aarhus, ha ocurrido algo que hay que valorar y que me incita a escribir de su jefe de filas: Antonio Serrano. El entrenador de los dos atletas que han desafiado lo imposible: plantar cara a los africanos.

Hace algo más de un mes me escribía un WhatsApp, que en estos tiempos a veces parece la única manera de comunicarse: «De pasar de luchar por medallas a esta situación va un abismo». Estaba fastidiado Antonio Serrano. De un día para otro, acababa de decirle el mejor de sus atletas que necesitaba un respiro. Que necesitaba dejarlo. Que necesitaba dejar de competir por un tiempo, desaparecer casi. Esa clase de situaciones que nunca imaginas y que a veces pasan. Son las situaciones que un entrenador no puede controlar. Conozco a Antonio e, independientemente de sus cosas, sé que va más allá de lo que es un entrenador. Quizá no tenga amistad con él, pero sí un cariño que retrocede casi 20 años atrás, cuando empezamos a escribir juntos un libro de maratón. Los años nos han dado una cierta confianza. A veces, me veo contándole problemas míos o veo como él me cuenta los suyos. Sé lo que es el trabajo de un entrenador, en buena medida, gracias a él. Por eso me parece que no sabría ser neutral. Seguramente, exageraré sus errores y sus éxitos. Quizá por eso me veo escribiendo de él nada más terminar el Mundial de cross de Aarhus. Verle proclamar su felicidad en redes sociales de la manera que lo ha hecho me parece un motivo suficiente.

 

 

Ahora, solo intentaré explicarlo. Para ello tengo que hacer entender el enorme mérito de dos de sus atletas, Ouassim Oumaiz en categoría masculina e Irene Sánchez Escribano en femenina. Él,a los 20 años, ha sido vigésimo clasificado detrás de toda la armada africana que es totalmente impenetrable. Ella, Irene, ha sido 25. Unas posiciones que en otros deportes parecerían anecdóticas y no dirían gran cosa. Pero en un Mundial de cross, en el que salen atletas africanos hasta debajo de los zapatos, el mérito de que un atleta europeo este ahí es enorme. No decimos ya nada si acaba de cumplir 20 años como es el caso de Ouassim. Un chaval nacido en Nerja cuyo padre trabaja de camarero en el Chiringuito de Ayo. El mismo que salía en ‘Verano azul’ y que hoy habrá saltado de emoción al ver a Ouassim con esa valentia. Ha plantado cara a los atletas africanos como si fuese uno de ellos. Pero el paso de los kilómetros recordó que existen hazañas totalmente imposibles. Entre ellos y los demás existe la misma diferencia que entre nuestro salario y el de Amancio Ortega.

Antonio Serrano

Con Irene ha pasado algo parecido. El hecho de estar tan cerca es como sacar un sobresaliente en el instituto. De ahí que las redes sociales se hayan llenado de elogios hacia los dos y hacia el entrenador. El viejo Antonio Serrano que lleva toda la vida en esto desde que salió de La Mancha y vino a vivir a Madrid a un piso compartido en Tirso de Molina. Desde entonces, ha pasado por todo. Ha tenido tiempo hasta de estudiar una carrera universitaria en los aeropuertos del mundo. Se ha quedado con un atleta a 28 centésimas de una medalla olímpica en 1.500. Algo que hoy parece materialmente imposible en el atletismo español. Pero también ha vivido gruesas decepciones. No todos los atletas han conseguido entenderle. Aún así me parece que hay pocas decepciones comparables a que un atleta, quizás en su época cumbre, te diga que necesita dejarlo. Esto le pasó hace unos meses y dejó herido al entrenador. Nadie puede ser indiferente ante los problemas que le afectan de veras. Pero este es el oficio de seguir intentándolo. Ayer te preguntabas qué sentido tiene esto y hoy estás exhultante, porque tus atletas te han llenado de motivos en uno de los escenarios más difíciles que existen como es un Mundial de Cross. Y qué bien sabe el éxito. Pero, precisamente, para saborearlo del todo tiene uno que pasar por momentos críticos como le pasaba a Antonio Serrano en el mes de febrero. No sabía dónde meterse. Y entonces lo importante era saber que esto no se acababa ahí y que tal vez no se acabará nunca. Vivir, al final, es encontrar eso que nos cuesta tanto: la paciencia.

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