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Netzer, junto a Paul Breitner. CORDON PRESS

fichajes de verano

Netzer, ante los ojos de un niño

A los diez minutos de verle en el campo, yo quería ser Netzer. No era rápido, pero bailaba ballet mientras otros corrían.

En 1973, yo tenía 10 años y las rodillas casi siempre sucias de jugar a las chapas. Dentro de la cartera del colegio (lo de las mochilas era para ir a los campamentos de la OJE), aparte de libros, cuadernos y estuche, los niños íbamos armados con no menos de una decena de ellas. Pulidas con lija por debajo, con el recorte de la cara de un futbolista, o ciclista, y con un cristal cogido con masilla en los bordes. No teníamos Play, pero nos sobraba arte para jugar en la calle.

En mis chapas, destacaba la selección alemana, con Müller, Beckenbauer, Maier y Netzer. Y creo que pocas veces perdí echando partidos con ellas. Dedo corazón apoyado en el pulgar, tobita seca y chapazo a una bolita de papel para acertar a una portería que empezaba en una piedra y terminaba en otra a doce centímetros de distancia. El que perdía, palmaba chapa.

Sin prácticamente fútbol por la tele, y a media vida de distancia del nacimiento de internet, había que recurrir a la imaginación para dibujar en la mente cómo podrían jugar los futbolistas de tus sueños. Porque aparte de lo que nos pudieran contar Belarmo, Miguel Ors o Héctor del Mar (que todos dábamos por bueno, no había más remedio), nosotros sabríamos poco de fútbol, pero un montón de jugarlo.

El patio del colegio, las calles del barrio y muchos campos donde lo único verde eran los puñados de ortigas, se llenaban de chavales donde el más malo, si quería jugar, ponía el balón. El resto a esperar que terminase el “monta y cabe» para saber en qué equipo nos tocaba jugar. Y luego se continuaba con lo que ahora se llama fútbol sala, que a falta de polideportivos, tenía lugar en el pasillo de casa para poder afinar la técnica individual, y el desarrollo logístico de cómo se rompe un florero y lo que duele un zapatillazo en el culo. Te quiero, mamá.

Pero para jugar, un crío, necesita héroes y ha de inventárselos. ¿Y qué mejor que empezar por los cromos que ilustraban tus chapas? Así que cuando nuestro fútbol permitió la llegada de dos extranjeros por equipo y el Madrid se trajo a Netzer, yo tenía que ir a verle jugar a Chamartín aunque tuviese que hacer la pelota a mi padre ocho días a la semana. Al final, lo conseguí. Te quiero, papá.

Llevar a un niño al fútbol en los setenta era un deporte de riesgo. Avalanchas y empujones para entrar, verlo de pie (subido en lo primero que pillaba para contemplar algo más que cabezas), mi padre pendiente de mí para que no me cayese… No todo lo de antes es mejor que lo de ahora.

Pero todo mereció la pena cuando Netzer saltó desde el túnel de vestuarios. Rubio, pelo largo, camiseta blanca, parecía un gigante. Y es que los ojos de un crío pueden convertir el 1,80 en la talla de un dios nibelungo, aunque luego estadísticas que desmientan tus cálculos. Un consejo, mejor no borrarlos, eso también es parte de una infancia feliz.

A los diez minutos de verle en el campo, yo quería ser Netzer. Seguramente, de español no sabía decir ni hola, fijo que ni Muñoz ni Molowny eran bilingües, seguro que el Madrid no tenía los medios de ahora para integrar a un foráneo en la plantilla. Qué más da, el fútbol se habla a través de un balón, y el alemán paraba el tiempo con el esférico en los pies. No era veloz, tampoco goleador, mucho menos un hábil regateador, pero tenía un tiralíneas en una pierna, una escuadra en la otra y lo completaba con un compás en la cabeza. O, al menos, eso le pareció al niño que le contemplaba haciendo equilibrios para no caerse de donde estaba subido. Mientras Touriño y Pirri se hinchaban a correr, Netzer bailaba ballet dando pase tras pase. Por primera vez, para mí, el fútbol fue bastante más que encarar y chutar.

Al día siguiente, saqué la chapa del alemán de la cartera y me la puse en un lugar preferencial de la estantería del mueble de mi habitación. No me podía arriesgar a perderla en próximos desafíos. La coloqué justo al lado de los tomos de Conan el bárbaro que había empezado a coleccionar y que eran mi tesoro más preciado. Conan y Netzer, buen material para los sueños de un niño de esa época.

Lo del bárbaro me duró hasta que descubrí a la Patrulla X, y lo de Netzer… hasta que llegó Stielike.

Pero esa es otra historia. Lo mismo hasta la acabo contando. Ventajas de no ser Rudyard Kipling.

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