The New Raemon: "Mi deportista favorito, McEnroe" | Música | A la Contra
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The New Raemon. / Elena Ortiz.

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The New Raemon: “¿Mi deportista favorito? John McEnroe”

El grupo presenta en Madrid su nuevo disco “Una canción de cuna entre tempestades”. Hablamos con su líder, Ramón Hernández.

Ha pasado una década de “A propósito de Garfunkel” y después han venido más de diez trabajos… ¿es adecuado que le sigamos llamando Raemon “The New”?
—Eh…no (risas). Esto del nombre fue una cosa que pusimos de broma. Es absurdo, pero como tampoco tenía planeado publicar el disco… ahí se quedó. Pero yo en realidad soy más “The Old Raemon”. Bueno, “The Old Raemon” es mi padre, es lo que dice siempre. Me hubiese gustado llamarle al grupo “Las abejitas” o “Los puros”, un nombre así más divertido.

—En general, con 42 años y una carrera musical estabilizada, ¿cómo está Ramón?
—Bien. Ahora lo divertido es que como no tienes que demostrar nada, ni eres novedad, estás un poco más tranquilo y puedes hacer los discos más a tu bola, sin tanta presión de si va a gustar o tienes que hacer “la gran obra”. Ya no te preocupas de cosas que antes podían preocuparte, solo en el disco, que por cierto es maravilloso. Tengo quien me lo saque y pienso “ya he engañado a otro” (risas) y ya está.

—Este 8 de noviembre presenta en Madrid “Una canción de cuna entre tempestades” ¿Qué podemos encontrar en este nuevo álbum?
—No sé (risas). Yo estoy orgulloso del disco. Me he quitado un peso de encima porque es el disco que más tiempo he tardado en sacar (durante el proceso se produjo un cambio de productora, que finalmente ha sido BMG). El proceso normal son nueve meses y aquí se ha dilatado casi el doble. Lo he escuchado tanto que a veces pensaba que no sabía si me gustaba o no. Como es una multinacional, ha tenido que pasar por mil pasillos antes de que decidan sacar el disco…Las cosas de palacio, van despacio. El próximo disco no tardará tanto. Este necesitaba que saliera ya porque no podía convivir más con él. Es como esa relación de “niño, por favor, vete de casa y ve a la universidad”.

—¿Eso hace que tenga más ganas que nunca de subirse a un escenario?
—Sí sí. Además, es que por este trauma ya tengo medio disco escrito del siguiente.

—¿El proceso de grabación del disco fue también anómalo con respecto a experiencias anteriores?
—Lo grabamos con Raúl Pérez, que es el tercer disco que hago con él, en Sevilla. Me gusta el ambiente que se crea con él y también necesitaba estar lejos de casa (Ramón vive en Cambrils, Tarragona). Quería desconectar y estábamos en una urbanización a 20 minutos de Sevilla donde solo había un estudio, nosotros y un bar. Estábamos allí todos para hacer esta movida, relajados. Estuvimos una semana, pero daba la impresión de que más: allí se congeló el tiempo y estuvo guay porque lo combinamos con una gira andaluza: entre semana grabábamos y el fin de semana cogíamos la furgo. Fue muy fructífero. Por eso está Rocío Márquez colaborando. Quería que hubiese algo de la tierra.

—Ese ritmo tranquilo es el que más pega con su manera de concebir la música, entiendo
—Sí. Al final las fechas de entrega me las impongo yo mismo. No me gusta trabajar de otra manera. Tiene un punto de riesgo que también me da “un puntito”. De otra manera voy con la lengua afuera. A mí me gusta preparar el disco, entregarlo y luego ya hablar de cuando sale. Si tengo una fecha de entrega me supone demasiada presión y la presión me la pongo yo mismo.

—Este disco habla desde la extrañeza de un niño que lo mira todo por primera vez y desde el temor de un padre, consciente de los peligros del mundo ¿Hay más inocencia y curiosidad o avisos y consejos que da la experiencia?
—Más que avisos, es descriptivo. No deja de ser una narración donde el padre es consciente del peligro que hay, y lo cuenta, pero a su vez es más consciente de que ese peligro no existe en el mundo del niño. La del niño y la del padre son dos realidades que coexisten, que nosotros somos incapaces de ver. El problema más importante que tiene la sociedad es la falta de empatía. Es complicado, con el ritmo de vida que llevamos, pararnos a pensar “qué nos estará diciendo o qué está mirando” ese niño que aún no sabe hablar. Ése es su universo y todo esto (señala a su alrededor) no existe. Todo está fatal, pero en ese mundo no. ¿Por qué no podemos seguir viendo las cosas de esta forma? Es una forma más ingenua, más naif, más abstracta. El problema es la propia construcción de lo que nos rodea. Eso los niños no lo ven. Poco a poco vas descubriendo cosas, llegas a los 14 años y piensas que el mundo es una mierda. Y quieres destruirlo todo, lo que también es necesario. La forma de ver las cosas que tienen los niños es, para mí, la auténtica realidad. Y eso es lo que intento deslizar entre líneas. Y si esto se para ¿qué? Si vamos a morir todos ¿qué pasa? Es lo que va a pasar.

—No le asusta esa posibilidad
—El miedo siempre está, y más si hay gente que depende de ti (Ramón tiene tres hijos, uno de ellos pequeño). Si no tuviera hijos, todo me importaría un pepino. Me atropella un día un tranvía como a Gaudí y s’ha acabat i no passa res. Pienso si serán capaces mis hijos de sobrevivir a este mastodonte y de asimilarlo. Es una generación de chavales que están muy lejos de la nuestra. Antes no existían los móviles, tenías que picar a las puertas de las casas o hablar con los padres del chico o la chica con quien salías. Había una proximidad que ahora está totalmente destruida. Me preocupa la inmediatez y la cultura del poco esfuerzo. Lo que más se publicita ahora es el éxito instantáneo sin un trabajo detrás. Es el triunfo de la mediocridad intelectual. No te enseñan a cultivar la curiosidad, a intentar mejorar y entender las cosas, a pesar de que sean contrarias a tu filosofía. A pensar por qué no estoy de acuerdo con ese tío, y no en cagarme en sus muertos ¿Esta generación será la que nos salve de este infierno o nos vamos a ahogar todos? Pero bueno, si pasa ¿qué pasa? Nada, al final. Todo sigue aquí y esto es lo que hay.

—¿Y qué le genera más tristeza?
—Toda la crítica que se hace es destructiva. Hay intolerancia y puritanismo. Son líneas que se cruzan, buenas para el progreso, pero que se entienden mal. Internet es un arma muy potente que han inventado estos tipos pero es una trampa mortal de toda sociedad. Todo el mundo vuelca ahora su frustración ahí y la gente ya no sale a la calle a defender sus derechos. Está muy bien desahogarse en el mundo digital pero nosotros estamos aquí, en el mundo material. Si miras ahora ¿Quién sale a defender nuestros derechos? Los jubilados. Es la lección pura y dura. Es tristísimo pero parece que no hemos aprendido nada. Estamos ahí todos tan metidos, y yo me incluyo, y pasan las horas y los días…Cuando venía en el tren a las 6:00 h de la mañana está todo el mundo cabizbajo mirando eso. Mirando nada. Porque en realidad no está pasando nada. Estás esperando a que pase algo pero…no pasa. Es mentira. Pero bueno, esto es el progreso y ya no hay quien lo pare.

—Dentro de esta generación están sus hijas mayores, Jazz y Leia, parte del grupo Mourn. Ahora que las dos son mayores de edad ¿está más tranquilo o inquieto que antes?
—Más tranquilo porque sé que son personas que tienen la cabeza muy bien amueblada. He aprendido yo más de ellas que al revés. Su madre ha hecho un gran trabajo; yo he hecho lo que puedo. No me preocupa porque sé que entienden muchas de las cosas de las que estoy hablando. No me gusta ser especialmente intrusivo: soy un padre moderno. En este sentido es “haced lo que queráis”, se tienen que equivocar y comerse sus mocos. Solo así prosperas como persona. Las cosas a veces vienen dadas y otras mal; es estar preparado para cuando vengan las malas, que vendrán, y disfrutar de las buenas. Esto no es Bambi, aunque, bueno, al final la madre muere…ahí tienes la moraleja.

—¿En las reuniones familiares hay mucha música, sacan el Sing Star o las guitarras se quedan a un lado?
—Ahora no hablamos de música ni ponemos discos cuando estamos juntos. Si sale un CD que mola, les mando un Whatsapp y se lo digo. Como más o menos sé lo que les gusta…Además, Jazz ya no vive en casa y cuando nos juntamos vamos mucho al cine a ver pelis de chorradas y comedias tontas que es como lo pasamos bien los tres.

—Para acabar, dentro de este medio eminentemente deportivo como es A La Contra, quería preguntarle por deporte ¿Le gusta? ¿Practica alguno?
—Gané un campeonato de ping pong y otro de petanca…y nada más. Bueno, de pequeño hacía algo de natación pero, desde entonces ya cuesta abajo. No estoy nada metido, la verdad. Mi pareja sí que es futbolera porque su padre es entrenador. El mío es del Barça a tope. Yo me entero de nada ni de fútbol, ni de basket… Cuando he visto algo de tenis sí me ha gustado más, pero tampoco estoy muy metido. A lo mejor un poco más en la danza, que no es un deporte pero sí un arte físico. Mi pareja es bailarina, mi anterior pareja también lo era…casualidades o fijaciones (sonríe).

—Más allá de su conocimiento de deporte, ¿hay algún deportista favorito o que le haya especialmente la atención?
—John McEnroe (carcajadas). Si se tenía que cagar en algo, lo hacía. Y me parece perfecto. No esconde su personalidad y es un rasgo que me encanta. No tenía problemas en mandar a la mierda, a lo mejor a un fan, cuando estaba con sus amigos. Era en plan “oye, que yo no he venido a hacer nada, estoy aquí tomando algo y no me des la murga”. Es lo que te decía de empatizar: la gente se queda con que está faltando a un tipo, pero no se fija en el corte anterior. Yo empatizo con gente como Paco Umbral. A los amigos a los que más valoro son a los que les pregunto un día cómo están y unas veces me dicen que guay y otros una mierda. Y es que es así como somos: no tenemos que dar siempre una imagen de perfección.

En la selva del periodismo, A La Contra me es un gran ecosistema donde habitar. No entiendo la vida sin deporte, así como tampoco sin historias. En este espacio intentaré contar las que piense pueden resultar interesantes, y hacerlo con estilo propio. Como Hornby, me enamoré del fútbol "tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia trae consigo”

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