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Piqué e Iniesta tras la eliminación de España I CORDON PRESS

Selección

No era la pelota, era el espacio

La Selección, durante su periplo en el Mundial, abusó del juego aglutinando la posesión sin saber qué hacer con ella y reduciendo los espacios.

Han pasado unos cuantos días de la eliminación de España en el Mundial, en los que han llovido los debates, críticas y juicios para analizar el porqué del fracaso. El papel de los jugadores, el capitán al mando del barco, las decisiones tomadas y el manoseo de la pelota han copado los debates de aficionados y profesionales olvidando un elemento fundamental: el espacio.

Se le atribuye a Zdenek Zeman, ilustre entrenador checo que triunfó en el Calcio, una frase que reza «no importa tanto cuánto corres, como hacia dónde y porqué». La síntesis perfecta para entender que el jugador y el equipo que no saben qué hacer con la pelota, solo tienen como salida desprenderse del balón. Pasarlo. Como hizo España. 1029 veces para ser exactos. Porque, tener la pelota y ejecutar un elevado porcentaje de pases correctos es tan fundamental para jugar como saber hacía dónde tiene que ir. Conocer el final. Importa tanto el camino recorrido como el objetivo a conseguir. España, ensimismada del estilo que asombró al planeta fútbol, pensó que bastaría con maniatar el balón. Y erró.

Erró porque se conformó con aglutinar la posesión jugando en corto y asegurando el pase. De central a central, de central a lateral, de lateral a mediocentro y este, vuelta a empezar. Todo estático y sin desgastar al rival. Una posesión estéril que poco o nada tiene que ver con el famoso ‘tiki-taka’ que la llevó a campeonar en Sudáfrica.

Y es que la Selección de Del Bosque no llegó a triunfar en 2010 por tener el balón. O no tan solo. Si superó cada fase de la Copa del Mundo fue porque al balón le acompañaba el movimiento. Y a este, lo precedía el espacio generado. De los nueve goles que marcó en toda la competición, todos fueron generando espacios. Por los desmarques de ruptura, los uno contra uno en banda, los errores provocados en el rival o las paredes al borde del área. Incluso el gol de Puyol ante Alemania en semifinales –en jugada a balón parado-  se dio porque Piqué, mediante un bloqueo a la defensa rival, generó espacio para la llegada desde atrás del central.

Pero la España de Hierro, de Lopetegui, de Rubiales y/o la de todos, se acostumbró a tener la pelota como si el daño aún siendo inerte fuera mortal por imperativo futbolístico. Como si eso fuera suficiente para que los rusos, iraníes, marroquíes o portugueses enarbolaran la bandera de la rendición.

Los centrales y laterales –Piqué, Ramos, Alba, Nacho y Carvajal—, siempre adelantados y en campo contrario en fase de posesión, no ofrecían una alternativa en la salida de pelota. Los medios —Koke, Busquets o Tiago— jugaban en paralelo, previsibles e inocuos. Los mediapuntas —Silva, Asensio e Iniesta— no generaban espacios entrelíneas debilitando las líneas de pase por dentro y por fuera. Una tónica general en los cuatro partidos.

Solo lo entendieron diferente Costa e Isco. E Iniesta por momentos. El delantero porque, aún solo y descolgado en ataque, trazaba diagonales y forcejeaba con los defensas para habilitar el espacio. El mediapunta, imaginativo y acertado, porque aunque para muchos transportaba el balón, su carrera con el cuero era una demanda de apoyos tras arrastrar rivales para generar nuevas oportunidades. Como ocurrió en el gol ante Irán en el que, ¡oh casulidad!, los tres participaron. 

Y también lo hicieron Rodrigo y Aspas, dos suplentes. Quizá por su falta de minutos saltaron al campo originando desmarques, espacio y movimiento. Dinamismo. Tomaron la alternativa como referencia, pero sin pases no hay ocasión que se precie.

Un mal de equipo, que no de jugadores. La desvirtud de un de un estilo que triunfó, sorprendió y alcanzó la gloria, pero que malentendido resulta pesado, pasivo y inofensivo. Pero con posibilidad de mejora. De cambio, De renovación. Porque no era la pelota, era el espacio.

Cogió un día una raqueta de pádel y ya no la soltó, por lo que vive entre cuatro paredes, de muro o de cristal. Trabaja en las dos orillas de la comunicación, mostrando lo de dentro y escribiendo desde fuera, como quien ataca una doble pared.

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