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Oporto, un puente hacia las semifinales del Liverpool

Los pupilos de Jürgen Klopp vuelven a unas semifinales por segundo año consecutivo con la misma suficiencia del año pasado. Espera el Barça

Oporto es, entre otras muchas cosas, conocida por sus puentes. Hasta seis adornan una ciudad bañada por el Duero y maridada por sus vinos. Los hay de todas las épocas y de diferentes estilos, en una muestra variada de cómo el hombre es capaz de superar cualquier obstáculo. Esta noche en O Dragao también había escollos insuperables por eso los pupilos de Conceiçao se afanaron desde el principio en replicar el Ponte das Barcas, el más antiguo sobre el Duero, en una necesidad de acercarse a las semifinales, situadas en la otra orilla. Siempre parecieron demasiado lejos, incluso cuando el Oporto circulaba con libertad de movimientos por el partido sin acabar de llegar a buen puerto. Bastó un zarpazo para dinamitarlo todo. Luego llegó la tragedia que en el futuro mutará en fado. La caballería inglesa a lomos de esos purasangres que son Salah, Mané y Firmino, volvió a practicar la política de tierra quemada. No quedó en pié puente alguno.

El mexicano Corona, besado por las musas, como atestiguan los labios tatuados en su cuello fue la luz en mitad de la tormenta. Su juego de piernas, capaz de bailar sobre la izquierda o sobre la derecha sin perder el paso, llevó al Oporto a las inmediaciones de Alisson. Como un rayo, a los 35 segundos, lo probó con un disparo de rosca, que se marchó alto por poco. Después sirvió un centro medido que sorprendió hasta al propio Marega. Colocó su cabeza, pero no supo dirigir, en un movimiento que se repetiría a lo largo de la noche. El Liverpool mientras tanto aguardaba su momento.

El oleaje blanquiazul seguía rompiendo con fuerza en los diques de contención británico. El Liverpool achicaba aguas, mientras el caudal de juego ofensivo de los portugueses parecía un vendaval, de esos de los que arrecian la ciudad en los meses más duros del invierno y sumen a la coqueta urbe en una bruma gris. Esas oleadas llegaban a base de pases largos, de centros laterales, y también con robos debidos a su presión alta. Ya con el balón en los pies buscaban a Brahimi o a Corona, para que la lluvia fina se convirtiera en tormenta. El tormento era comprobar como el chaparrón siempre acababa en los pies o la cabeza de Marega.

Y es que el cuajo y la personalidad de un equipo, a veces, no se aprecia en su juego, sino en cómo resuelve las situaciones comprometidas en área propia y en la ajena. Y ahí el Liverpool es implacable. Lo demostró Mané en un parpadeo. Era la primera vez que el Liverpool pisaba el área de Casillas y nadie llegó más rápido al servicio de Salah que el senegalés. Tan rápido llegó que a todos nos pareció fuera de juego, también al asistente. Tuvo que venir el VAR para negar la mayor. La incertidumbre ayudó a que la puñalada fuera prácticamente definitiva. El Oporto había construido un puente para que los ingleses atravesaran el Duero. Después de aquello lo dinamitaron.

Bajo los escombros intentaron reaccionar los de Sergio Conceiçao. Nadie podrá negarles el orgullo, por más que su fuego no queme. Ni siquiera el chasco del gol silenció O Dragao, la parroquia lusa se mostraba inalterable al desaliento, como si pensaran más en disfrutar sus últimos minutos con vida que en reparar en las múltiples heridas. Fueron las fuerzas las que terminaron abandonándolos.

Después de tanto remar con escaso éxito los lusos habían bajado los brazos. También habían proliferado los huecos. Todo se había ordenado alrededor de Firmino, que saltó al campo tras el descanso. Su juego de espaldas y su interpretación de los movimientos de un nueve y medio como el brasileño ayudó al Liverpool a encontrar las contras que terminaron por cerrar el partido. Así se sumó a la fiesta Mohamed Salah. Fue a la hora de partido cuando el egipcio cazó un pase medido de Alexander Arnold y se plantó ante Casillas. Lo superó por bajo con la suficiencia del que vuelve a sentirse importante. En su semana fantástica Salah confirmaba la siguiente parada del viaje: Barcelona.

Abierta la veda todos quisieron aportar su granito de arena. El tridente red demostró que la pólvora está preparada para envites mayores. Lo hizo Firmino con un cabezazo inapelable ante Casillas. Era la respuesta al testarazo luso que había acortado distancias. El Oporto, gracias a Militao había puesto solo un par de minutos antes el 1-2 en el marcador y el gol hacía justicia a su derroche y su insistencia en la eliminatoria. Para alegría de los espectadores madridistas que esta noche vieran el partido, la sorpresa fue descubrir que el central fichado, brilla más orillado a una banda y tiene un portentoso juego aéreo.

De fuego aéreo también entiende bastante Virgil Van Dijk. Su duelo frente a Piqué en semifinales también será una pugna por averiguar quién es el mejor central de la temporada. El holandés remató al Oporto con el 1-4 definitivo y dejó el global de la eliminatoria en 1-6. Cinco goles de diferencia entre ambos, como hace un año, entonces en los Octavos de final. Los de Klopp han vuelto a demostrar lejos de Anfield la suficiencia y la pegada perdida durante la fase de grupos. Si entonces perdieron todos sus partidos lejos de las islas, en las eliminatorias cuentan sus encuentros por bofetadas al rival.

Tras dinamitar uno por uno todos los puentes que quiso tender el Oporto, los reds han alcanzado la otra orilla donde espera el Barça de Messi en lo que será una final adelantada. Pocos duelos rezuman la historia, la tradición y el fútbol de un encuentro entre el Liverpool y el Barça. 10 Copas de Europa sobre un tapete y una constelación de estrellas a ambos lados. Anfield y el Camp Nou encierran a esta hora dos secretos: la llave hacia una final y un sueño hecho añicos. Solo uno será capaz de cruzar al otro lado.

 

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