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Mundial Rusia 2018

Orgullosa insularidad

Entrenadores como Guardiola, Klopp o Mourinho han elevado el nivel de la Premier desde la pizarra y han convertido a sus jugadores en más competitivos.

Habría que retroceder a la época victoriana, cultivo abonado por la arrogancia y la distinción, para encontrar unas cuotas de orgullo tan elevado. A los tiempos de la batalla de Trafalgar y del almirante Nelson, a la revolución industrial y a la explosión del comercio colonial que situó a Londres como epicentro y capital del mundo. Cuando el nombre de una Reina valía como metáfora de un país. Mucho tiempo después una nueva armada invencible ha partido de sus costas, a bordo 23 tripulantes y un joven capitán general que, despojado de viejas glorias y peajes aduaneros, ha marcado su propio rumbo. Esa empresa le ha llevado hasta Rusia, surcando los mares con la decisión de antaño. Inglaterra quiere volver a ser victoriana.

La selección más vieja del mundo, creada en el crepúsculo de ese imperio británico (1863), vuelve a ilusionar a los suyos, como en aquel verano del 66. El elegido para la tarea ha sido un novato con perfume de clase trabajadora. Gareth Southgate es un técnico sin excesivas referencias. Sin una larga trayectoria en los banquillos, apenas una experiencia de tres años con el modesto Middelsbrough (2006-09) que acabó con el Boro en segunda y con Gareth en la cola del paro. Tampoco destacó como jugador. Ahí evolucionó desde el centro del campo hasta el lateral para terminar refugiado como central. En ese viaje alternó los vestuarios del Crystal Palace, Aston Villa y Middlesbrough. Pura work class británica. Sin embargo, una característica no debería ser pasada por alto. Con apenas 22 años se convirtió en el capitán del Palace, algo que se repetiría en sus aventuras en Birmingham y Middlesbrough. Para coger el timón nunca le tembló el pulso.

No lo hizo tampoco en 2013 cuando empezó a moldear y cultivar el talento inglés desde la sub-21. No respondió a las expectativas en el Europeo de la categoría de 2015, pero a pesar de ello sus números no son nada malos en el escalón previo a la élite. Con los teloneros de los Pross consiguió 27 triunfos en 33 partidos, cediendo tres derrotas. Pero también dio la alternativa y edificó un equipo alrededor de los Alli, Lingard, Pickford, Dier o Stones. En 2016, tras el batacazo en la Eurocopa de Francia le llegó la oportunidad de su vida. Tocaba sacar el traje de tres piezas en la élite.

A Rusia llegó invicta, asentada en una gran fiabilidad defensiva sobre la que ha vuelto a florecer el orgullo british. Con tres goles en contra en la clasificación alternando una línea de cuatro o cinco defensores, Southgate consiguió forjar una zaga equilibrada con un físico imponente y un recorrido amplio que mezcla piernas (velocidad de reacción) y experiencia en clubes Premier. También poder aéreo. Stones, por ejemplo, ya ha hecho diana en dos ocasiones. Y es que a través de la liga más universal del mundo se explica gran parte de este rendimiento. Todos han sido amamantados en ese fútbol que poco tiene que ver ya con el Kick and Rush. Los 23 convocados por Southgate juegan en casa, juegan en la Premier League. Ninguna de las ocho selecciones que quedan en concurso (tampoco de las ocho eliminadas) pueden presumir de ello. Tampoco de un nueve como Harry Kane, un artillero con el que surcar cualquier mar sin temor a los asaltos piratas.

Con las arcas llenas, hace tiempo que la Football Association decidió invertir en futuro y levantó su particular revolución industrial. St George Park es una réplica de la Ciudad del Fútbol de las Rozas o de Clairefontaine. Hectáreas dedicadas al balompié que empezaron a dar réditos antes incluso de su inauguración en 2012. Desde dos años antes, los cachorros más tiernos de The Three Lions vienen dando zarpazos en forma de títulos. En este tiempo ya han levantado dos títulos Europeos Sub-17, un Europeo Sub-19 y dos campeonatos del mundo, el Sub-17 y el Sub-20. No obstante, faltaba un paso más por dar. Quedaban por trasladar esos éxitos a la Premier, dotar al fútbol inglés de más quilates, enriquecerlo táctica y técnicamente. Abrir los ojos más allá del Canal de la Mancha.

Por eso hoy, cuando uno mira a los banquillos de la Premier puede pensar que está en el Museo Británico. Allí sentados, como piezas de colección expoliadas a medio mundo, se encuentra algunos de los mejores entrenadores del planeta. Guardiola, Mourinho, Klopp, Conte, Pochettino, Koeman, Emery, Benítez, Pellegrini o Hodgson han elevado el nivel de la Premier desde la pizarra y han convertido, en la mayoría de los casos, a sus jugadores en más competitivos, dotándolos de matices y recursos de los que antes carecían. Así se ha enriquecido el juego desde los banquillos trasladando al verde alguno de los duelos más destacados de la última década. Cuestión de estrategas.

Y eso repercute también en la selección inglesa, donde la apuesta ha sido otra. Despojada del talento de los Scholes, Beckham, Gerrard, Lampard o Rooney, la Federación Inglesa se la jugó con una vuelta a los orígenes también desde el banquillo. Un golpe de timón que ha dejado atrás experiencias extranjeras como las de Erikson o Capello o de hombres de la casa con mayor experiencia como Hodgson, para descubrirse ante el perfil bajo y el buen hacer de Southgate. Una nueva vía con la que armar un conjunto más humilde y también más competitivo, generoso en el esfuerzo y sin expectativas que echar por tierra. Proud of you (orgulloso de vosotros) titulaban los tabloides después de que el equipo cayera en el lado más sencillo del cuadro final tras perder con Bélgica. Hasta eso le sale bien a los ingleses. La eterna promesa de los Mundiales tiene más acento british que nunca y anhela con colarse por fin en el establisment del fútbol mundial. De ahí a levantar un imperio hay un paso.

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