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Opinión

Mecanoscrit del Segon D’Origi

El gol de Origi en Champions es la chispa que prende la mecha de la traca que se presume está a punto de explotar este verano en el seno del club azulgrana.

Alba, una niña de catorce años, virgen y de piel morena, volvía del huerto de casa (…), cuando Alba ya dejaba el cestito para lanzarse al agua sin quitarse ni la ropa, puesto que solo llevaba unos pantalones cortos y una blusa sobre la piel, el cielo y la tierra empezaron a vibrar con una especie de trepidación sorda que se iba acentuando…

Extracto del Cuaderno de la destrucción de la novela Mecanoscrito del segundo origen (1974) de Manuel de Pedrolo.

Si usted conoce la obra de Manuel de Pedrolo, o en su defecto tiene nociones de literatura catalana contemporánea, rápidamente habrá asociado el juego de palabras del título de este artículo (Mecanoscrito del segundo de Origi, al castellano) con la excelente novela del autor catalán, Mecanoscrit del segon origen (Mecanoscrito del segundo origen).

El Mecanoscrit, tal como se la conoce popularmente, es una novela de ficción en la que se recrea una especie de nuevo Génesis en forma de relato alegórico en el que dos jóvenes, Alba y Dídac, a imagen y semejanza de Adán y Eva, se ven abocados a tomar decisiones que les permitan ya no solo subsistir sino erigirse en la simiente genealógica de una nueva generación humana que repueble la Tierra. En su primer capítulo, Quadern de la destrucció (Cuaderno de la destrucción), el autor se sirve de un cataclismo provocado por un ataque de origen extraterrestre a lo largo y ancho del globo terráqueo, que conlleva un exterminio masivo de la raza humana, para profundizar en la evolución epistemológica de sus protagonistas al enfrentarse a la certeza de su soledad y a la necesidad de preservar el conocimiento como herramienta de regeneración y perpetuación de la futura sociedad.

De la misma manera que el exterminio de la raza humana es empleado por Pedrolo como punto de partida para ponernos en situación y posteriormente adentrarse en el estudio de la psicología de los personajes destinados a restaurar el orden preexistente, el segundo gol de Origi en el enfrentamiento entre Liverpool y FC Barcelona en la última edición de la Champions League —cuarto gol del equipo red y que, a la postre, supuso la eliminación del conjunto blaugrana— es la chispa que prende la mecha de la traca que se presume está a punto de explotar este verano en el seno del club azulgrana. Porque no se trata tanto del asunto de la eliminación de la competición lo que ha originado un cierto desasosiego entre la afición culé, cosa un tanto plausible en tanto en cuanto te enfrentas a los mejores equipos del planeta fútbol, si no del surrealismo que rodeó a la jugada que dio origen a este último tanto. Había tanta certeza en que se iba a superar la eliminatoria —se traía una ventaja importante, cuasi definitiva, conseguida en el partido de ida— y las opciones de alcanzar el título eran tan fundadas, que restregar el trofeo a su adversario madridista en su propio terreno, aunque en casa del vecino, no era ya una meta, sino hito a consumarse indefectiblemente, como las variables con que se adornan los contratos de compraventa de jugadores para enmascarar el precio real de una transacción.

Ese segundo tanto de Origi, en medio de un caos y un desconcierto impropio de un equipo de alto nivel, es lo que ha destapado la caja de truenos y relámpagos y ha originado una tempestad de daño difícilmente mesurable entre la afición blaugrana; tanto es así que tras la eliminación se ha desatado un seísmo futbolero con epicentro en Barcelona y, de tal magnitud es la sacudida y el mandoble que se ha llevado el barcelonismo, que ha amenazado con llevarse por delante al Txingurri Valverde pese a haber ganado las dos últimas Ligas —ese trofeo que nos venden como la medida de todas las cosas cuando no lo gana el Real Madrid— y a algún que otro miembro de la plantilla.

Lo cierto es que la temporada no estaba siendo muy boyante en Can Barça y el equipo caminaba cual inexperto funambulista sobre el alambre de las competiciones con más dudas que certezas, pero cualquier atisbo de crítica se ha ido ocultando bajo la sombra del derrumbe de su eterno adversario que, como un coloso en llamas sin cuerpo de bomberos capaz de sofocar tamaño incendio, colapsaba irremediablemente en mar de escombros y tormentas de polvos varios víctima de la desidia, mutando el fracaso ajeno en alegrías propias (la Schadenfreude que tan poéticamente nos describe Pablo Rivas, pero en el sentido inverso del Puente Aéreo). Hasta que todo ha reventado y una riada de opiniones discordantes ha empezado a brotar como si de un volcán en erupción se tratase y, al igual que sucede en el entorno del Real Madrid cuando el viento no sopla de cara, nada de lo que hay parece que les valga, porque lo bueno (Messi aparte) siempre es lo que se fue o lo que está por venir.

Quedan muy lejanos aquellos días en que el barcelonismo, tras la salida del chico de la cresta —que anteriormente había sido Ney y mucho antes, cuando se daba por hecho su fichaje por el Real Madrid, también fue el chico de la cresta—, se ufanaba por haberse hecho con los servicios del nuevo Iniesta; pero lo cierto es que el rendimiento de Coutinho desde su llegada ha sido, cuanto menos, motivo de controversia. Su aportación al equipo hasta el día de hoy es bastante cuestionable y ni está (pun intended), ni, lo que es peor, parece que en Barcelona se le espere. Hasta el propio Philippe parece haber asumido su previsible salida del club de cara a la próxima temporada a tenor de sus últimas declaraciones en la Copa América que actualmente se está disputando en Brasil.

Otro que tal baila (a ritmo de Fortnite) es Dembelé, a quién la afición también ha puesto en el ojo del huracán. Y no le señalan tanto por lo que se refiere a su desempeño (pues cuando ha jugado ha resultado determinante las más de las veces), si no por su falta de continuidad debido a sus reincidentes lesiones, quién sabe si por llevar un estilo de vida no muy apropiado para un deportista de élite. El problema con este chico es que, parafraseando a Jorge Valdano (quién dijo de Romario que era un jugador de dibujos animados), se le vendió al aficionado como un jugador de PlayStation. Paradojas de la vida, esta definición, que en su día parecía tratarse simplemente de un tropo, ha transmutado literalmente su sentido figurado en pesadilla real al constatar que el bueno de Ousmane es básicamente eso, un jugador de PlayStation, con mayor cabida en los e-sports esos que ahora están tan en boga que en nuestra Liga.

Ahora es tiempo de que Bartomeu y sus chicos busquen remedio al cataclismo sufrido esta temporada en Europa para regenerar la ilusión del barcelonismo tal como Pedrolo desarrolla un nuevo génesis, un segundo origen, a través de sus jóvenes personajes. Y como a males surrealistas se les combate con soluciones no menos surrealistas, ya se está dejando caer desde los medios afines —como quién no quiere la cosa, a ver como respira el personal— una posible jugada de billar artístico a múltiples bandas para que retorne Neymar a Barcelona, con una ecuación económica que ni el propio Xavier Sala i Martín sabría resolver, ni aun sacándosela de la manga de una de sus cromáticas chaquetas: pagar la cláusula de Griezmann, sumarle al lesionado Umtiti y al inadaptado Dembelé, más un montante de dinero traído ex profeso desde la fábrica de moneda y timbre del distrito de Les Corts. Total, una operación de unos 300 millones de euros —se ve que ya no hay niños hambrientos por el mundo, ni hospitales sin aprovisionamiento de material sanitario, ni normas de Fair Play Financiero que respetar— que es al parecer la bolsa de lo que pide el jeque del PSG por devolverle la vida (nocturna) a la Ciutat Comtal.

Y es que, pese al triunfo en la Liga, el culé ha sido incapaz de abandonar ese semblante taciturno de quién hubiera hecho una temporada en blanco. El descalabro en Champions, rematado con la puntilla de la derrota en Copa, ha sumido al barcelonismo en una depresión de tan difícil tratamiento terapéutico que cualquier medida que se tome va a parecer insuficiente. Cuando te acostumbras a ganar de forma continua, como ya le sucediera a la Quinta del Buitre en su día, no se valora suficientemente el logro conseguido y cualquier copa sabe a trago avinagrado si no se trata del As de Copas. Había calado tan hondo en el aficionado el mensaje de Lionel Messi en la presentación de la temporada: “Vamos a luchar por traer esa copita tan linda”—y si lo dice D10s, va a misa—, que habían asumido que este año se iban a hacer con la orejona como el que silba mientras recoge flores silvestres; de hecho, más de uno se veía ya a lomos de la Cibeles celebrando su victoria y plantando estandarte extranjero sobre trono ajeno. Pero la realidad a veces es cruel y lo que aconteció es que la Cibeles les pasó por encima con carro, leones y corona amurallada; es lo que suele suceder cuando los hijos de un Dios menor provocan a una verdadera Diosa del Olimpo.

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