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El periodista Paco Grande, posando para esta entrevista.

Entrevistas

Paco Grande: «Tenía todas las acreditaciones del mundo y no tenía con quién ir a cenar»

De joven una tuberculosis ósea le obligó a volver a aprender a caminar. Aquel recuerdo es el motor de su vida. Hoy, lleva más de 30 años en TVE, donde aprendió que hay algo más importante que el trabajo: la vida.

La fotografía es en la grada del estadio de Carabanchel, donde está entrenando su hijo de 12 años. La conversación también se desarrolla en medio de esta paz que descubre más de 30 años de profesión: no queda nada y queda todo del becario que un día llegó a TVE. Al fondo quedan millones de recuerdos. Ha cruzado varias generaciones. Viajó por el mundo entero. Descubrió que aun así no todo podía ser perfecto. Pero en el tránsito hubo algo que nunca corrió peligro: su vocación por el periodismo que expone con letra mayúscula en esta conversación. Paco Grande tiene 56 años. Lleva doce JJ OO. Aún es prematuro para jubilarlo, pero ya no hay posibilidad de que se engañe a sí mismo. «El periodismo es fantástico, sí, pero lo real es la vida», dice.

—Qué rápido pasó el tiempo.
—Ya lo creo. Parece que fue ayer cuando llegué de becario a TVE y ya han pasado más de treinta años y, sin embargo, uno sigue aquí…

—¿Y cómo es que sigue aquí?
—Es una pregunta que yo también me he hecho. He tenido oportunidad de irme a otras televisiones, pero nunca lo hice porque siempre pensé que aquí lo tenía todo. Mi relación con el periodismo es muy vocacional y todavía lo sigue siendo. Por eso decidí ir año a año y, de momento, se han juntando estos treinta y tantos de los que hablamos…

—¿Es usted un producto de la nostalgia?
—No, ni mucho menos. Intento huir de la nostalgia como de la monotonía. Son dos palabras que no me parecen necesarias, totalmente prescindibles, porque a mí lo que realmente me gusta es comunicar. Hoy puedo hacer el Vintage y mañana el Dakar. Quizá por eso me parece que cada día que pasa me gusta más el periodismo.

—¿Incluso en esta época de tantos gritos, de tanta histeria?
—He aprendido a respetar lo que hay y a no meterme en jaleos: ya lo hice y no voy a repetir. Al final, he entendido que el periodismo sobrevive siempre y, en caso de duda, yo no tengo duda: me quedo con el periodismo. Quizá porque mi relación con esta profesión es muy vocacional desde que empecé en la Cadena SER, junto a Manolo Lama, con las entrevistas a pie de campo. Y luego llegué a la televisión. Y ahora a mi edad, a los 56 años, me parece que ya no me queda nada por hacer.

—¿Nada?
—En la televisión creo que he hecho de todo. Excepto las motos, que ahí sí que no me vería… Pero al margen de eso, ¿qué es lo que no he hecho? Ha sido mucho tiempo y en ese sentido mi mérito ha sido mantener la ilusión, el ir cada día a Torreespaña con más ganas que el anterior. Prefiero empezar de cero a vivir en la nostalgia. Me conservo bien, en buena forma, y eso también me permite sentirme joven.

—A su edad, ya hay compañeros que están jubilados.
—Pero mientras no se retiren Raphael ni Mick Jagger no lo tengo porque hacer yo (risas). Si ellos siguen ahí, ¿por qué no lo vamos a hacer los demás? No tenemos ninguna obligación de irnos.

—A mí sí me gustaría jubilarme lo antes posible.
—Yo sigo con energía. No tengo miedo a la edad. La edad es la que figura en mi DNI, la que tengo a efectos de Hacienda y demás cosas; la que me recuerda que es verdad que hay maestros que ya se han retirado y la que, sí, también me recuerda el paso del tiempo. Mire, sin ir más lejos, esta semana ha muerto Junquera, el portero del Madrid al que yo coleccionaba en los cromos, y me ha dolido mucho. Al desaparecer él, ha desaparecido algo de mí o del niño que fui en el barrio de Carabanchel. Me ha avisado del paso del tiempo. Me he sentido extraño.

—El tiempo no perdona.
—Sí, lo noto cuando hay gente que me habla con adoración del fútbol de los ochenta y entonces les contesto: «Pero si ahí es donde empecé yo». Y entonces es cuando recuerdo los años que llevo y me aviso a mí mismo «Oye, Paco, que nadie es eterno» y que esto se va a acabar algún día.

—¿No tuvo épocas mejores?
—Quizá sí. Pero me gusta más lo que hago ahora. Antes hacía entrevistas a pie de campo y tenía más fama, sí, pero luego, de mayor, te das cuenta de que la fama es efímera y de que es más importante hacer lo que realmente te gusta. Hay poca gente que pueda decirlo ahora y yo sí lo puedo decir. Hago lo que me gusta. El tiempo le hace a uno cada vez más realista: valoras cosas que al principio, cuando deseas que en los viajes siempre salga tu nombre, ni imaginas.

—Lo tengo a usted por un tipo valiente, de los que no se calla ante nada.
—Fue una época, entre 2010 y 2014, en la que es verdad que decía todo lo que se me pasaba por la cabeza. Tuvo sus consecuencias. Me pegué un buen batacazo. Quizá por eso ya no me meto en tantos jardines, entre otras cosas porque un día me pregunté «¿De qué te ha servido?», de nada, no me sirvió de nada. Y no se trata de que ahora me arrepienta de lo que pasó pero ya pasó: no hay por qué volver al pasado.

—¿Pudo enloquecer entonces?
—No lo sé. No sé lo que me pasó profesionalmente. No me sentía satisfecho y todo eso influyó. Y el caso es que lo pasé mal, porque cuando uno se enfrenta a un expediente, cuando te rebajan de categoría, cuando te pegan un hachazo en la nómina… Yo era editor de la Champions y me arriesgué incluso a que me despidieran, a que mi familia sufriese por mí, cuando veía mi foto en las páginas de los periódicos… Sufría como pueden sufrir las familias de los árbitros y un día entendí que si yo estuviera solo, aún me podía permitir eso. Pero es que no estaba solo. Tenía que acabar.

—He llegado tarde a hablar con usted entonces.
—No creo. Además, a mí me encanta cómo pregunta.

—A ver si vamos a convertir esto en un boletín.
—No, no, perderíamos credibilidad.

—Hace poco le leí en redes sociales que tuvo un arrebato en contra de Roberto Gómez cuando él dijo que «De Gea no debía volver a jugar en el Manchester» y usted le puso de ejemplo el señorío de José Ángel de la Casa.
Sí, últimamente tengo algún arrebato. Me puede ese carácter en las redes sociales, lo reconozco. Pero es que me molesta que hoy un periodista diga que un futbolista no vale y, al día siguiente, defienda que es el mejor del mundo… No podemos alimentar ese periodismo. Tenemos que defender a nuestra profesión, y mira que yo tuve amistad con Roberto Gómez. Al principio, coincidíamos en muchos sitios.

—¿Qué haría usted si lo despidiesen?
—Saldría adelante, seguro. No habría problema. Tengo esa seguridad en mí mismo. A los 15 años empecé como chico de los recados en una oficina en la que hacía de todo, hasta ir al estanco a por tabaco para los jefes. Desde entonces, descubrí que la vida es una carrera muy larga, una maratón en la que pueden ocurrir cosas.

—Hoy no imagino empezar a trabajar a los 15 años.
—Fue duro, pero así fue. Recuerdo que estudiaba en el nocturno hasta COU y que jugaba en el Ramiro de Maeztu de portero en un equipo de balonmano. De hecho, soñaba con ser el portero del Atlético de Madrid y un día llamé a Juan de Dios Román y cuando iban a pasármelo recuerdo que sentí tanta vergüenza que colgué el teléfono. Nunca más volví a intentarlo.

—Se hizo usted periodista.
—No se crea. Al principio no tenía clara mi vocación y empecé la carrera de economía, pero no me convenció. Y así fue como me matriculé al año siguiente en periodismo. Y me acuerdo que ese año sufrí una tuberculosis ósea que me tuvo un año en la cama. Me acuerdo que los profesores vinieron a examinarme al hospital Ramón y Cajal. Tuve incluso que aprender a volver a andar. Pero de ahí salí con el convencimiento de que, si fui capaz de superar eso, podría superar todo lo que me pasaste en la vida. Esa es la fuerza que tengo ahora.

—Admirable.
—Para mí, es mi motor. Todavía lo es. Siempre lo será. Desde el principio. Recuerdo que me presenté a las pruebas de la Cadena SER y aprobé; a las de la Agencia Efe y aprobé, y a las de TVE y también aprobé. Si uno es capaz de volver a aprender a andar, ¿de qué no va a ser capaz el resto de su vida? Sientes que no te puede parar nadie.

—¿Quién le puede parar ahora entonces?
—Ahora es diferente. Antes yo solo pensaba en el periodismo. Sólo me importaba esto hasta que descubrí que el periodismo es fantástico, sí, pero que lo real es la vida. Quería viajes, quería hoteles, quería entrevistas…, y las tenía, sí, pero de noche cuando abría la puerta de casa, cuando regresaba de esos viajes, no tenía a nadie. Me sentía solo. Volvía y estaba deseando irme. Tenía todas las acreditaciones del mundo y, sin embargo, no tenía con quien ir a cenar. Me consideraba ciudadano del mundo. Vivía engañado.

—Pero cambió.
—Aprendí que eso se tenía que acabar, que no se podía vivir así y que la verdadera vida es la que está fuera del trabajo. Hoy llevo a mi hijo pequeño de 12 años a entrenar, porque juega en el Carabanchel, y soy el hombre más feliz del mundo sentado en la grada viéndole jugar… Me gusta más esta felicidad. Me parece más importante que las 12 acreditaciones que guardo en casa de enviado especial en los Juegos Olímpicos a los que he ido.

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