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Pantic, en un reciente partido de veteranos.

Atlético

Pantic: de mito del Atleti a parado de larga duración

Milinko Pantic es hoy un entrenador de 52 años en paro que no cree que haya “tantas diferencias entre entrenar a un Atlético o a un Carabanchel». «Pero alrededor de nuestro trabajo se ha creado mucha mentira”.

Hace tiempo desde que marcó su último golpe franco, desde el último aplauso. Es más, hoy, al escuchar a Pantic (1966) decir que está “jodido”, podría escribir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero entonces me doy cuenta de que no sabría cómo escribir eso. Prefiero explicar el hambre de un entrenador de 52 años que no deja de buscar trabajo y que sobrevive a la resignación. Es verdad que desde 2016, desde que se acabó su aventura en el Dalian Yifang de China, no aparece nada. “Pero ¿qué vas a hacer? Somos muchísimos entrenadores”, justifica. “En la última renovación que hice del título comprobé que éramos más de 800”, añade Pantic, que fue un futbolista imborrable en el Atlético. El precursor de aquel doblete de la temporada 95-96. El hombre al que hoy duele escuchar que se califique a sí mismo como “un jugador de pádel”. Y es verdad que hay una parte de ironía en lo que dice pero hay otra de verdad. El tiempo le ha convertido en un parado de larga duración, en un hombre especializado en esperar y en no volverse loco.

“Hago deporte, hago muchísimo deporte, precisamente, para eso, para no volverme loco. Hago pádel, hago bicicleta, hago carrera…, porque, de lo contrario, no sé dónde estaría. A todo el mundo le gusta hacer lo que le gusta», razona Pantic, que lamenta que «en ningún libro te enseñan a esperar”. Pero el de esperar es su principal trabajo en estos últimos tres años y casi desde que arrancó como entrenador en el Atlético de Madrid B en 2011. Desde entonces ha pasado por Azerbayán y por China, que no parecen destinos para un futbolista de su pasado. De hecho, no parece ser que sea yo el único que se lo dice. “Es verdad que todo el mundo me dice lo mismo, ‘¿cómo es posible que tú con lo que fuiste…?’, ‘no me puedo creer que no te salga nada’, pero la realidad es que no sale, y me muevo a través de mucha gente, de muchos representantes. Me cuesta entenderlo, pero es lo que hay. No puedo contar otra cosa”.

Tiene Pantic una biografía que demuestra que “la vida da muchas vueltas”, como cuando llegó al Atlético en 1995. Tenía 29 años y hasta entonces había logrado poca dimensión como futbolista. Pero aquí se descubrió que tenía un látigo en la pierna derecha y que cada vez que tiraba a balón parado podía ocurrir cualquier cosa. También podríamos hablar de las 34 veces que disparó a los postes en tres años o del ramo de flores en aquel córner que hizo tanta literatura. Quizá por eso parece más difícil encajar todo lo de hoy: la maldita paciencia. “Si tuviera la suerte de que un presidente confiase en mí, si tuviera esa suerte”, matiza o aspira: son dos verbos sinónimos en este caso, inseparables.

“En realidad, hay poca diferencia entre un entrenador y otro, todos sufren, todos deciden, entrenes al Atlético o al Carabanchel: los partidos, los entrenamientos, la vida…”, insiste después. “Pero en el fútbol de hoy se ha creado mucha mentira alrededor de los entrenadores y hay gente que se desenvuelve muy bien en la mentira. Sin embargo, yo no”, añade Pantic, un hombre que habla seis idiomas (griego y ruso, entre ellos) y que, en cualquier caso, no echa de menos el pasado. Es más, las únicas veces que reduce distancias con el pasado es cuando le da “por tirar alguna falta de cachondeo”, pero sólo es eso: de cachondeo, entre otras cosas porque mi cadera ya no me deja hacer todo lo que hacía antes».

Así que la realidad impone su razón. Regresa el hombre de 52 años que podría escribir un tratado de la paciencia. “Esperar te hace muy realista, aunque no pienso abandonar el optimismo. No sé si me sirve de algo ver tanto fútbol, estar tan informado, llevar todo al día, pero no quiero dejar de pensar que llegará mi momento y que esto no puede ser así siempre”. Y entonces vuelve a recordar: “Lo importante es que me llamen”. Y ya no piensa en el Atlético, “porque el puesto que yo desearía está ocupado. Pero, en realidad, tampoco hace falta que me llamen. Aquella etapa por ahora ya pasó. Cada uno debe hacer frente por sí mismo a sus problemas”. Y lo dice él, que fue un mito en el Calderón, que nos hizo ansiar y soñar y que, afortunadamente, no sólo llegó hoy aquí para contar penas: “También hay otras cosas en mi vida como mis dos hijas que están a punto de terminar Medicina y Relaciones Internacionales…, y como padre esas cosas tienen un valor que no se puede explicar… Pero otra cosa es que necesite volver a entrenar en el campo, a mover mis ideas, a demostrar que puedo hacerlo y que mi currículum aún está por llenarse”.

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