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Sociedad

El patio de la cárcel en una carta

Manuel Cantero Cobo es un preso diferente. Ha remitido una carta de agradecimiento a Manuel González Molina, presidente del Sindicato de Funcionarios en Madrid.

A pie de patio, en el corazón de la maldad, en la falta de valores de muchos presos…”. Las cartas todavía siguen llegando sin avisar. Es más, aún siguen siendo capaces de protagonizar historias. Aún pueden ser escritas desde cualquier parte. Incluso desde allí, desde el patio de prisión, donde hay días en los que la vida se parece a un ring de boxeo. “A veces puede llegar a ser temeroso”. De hecho, él reconoce que hay momentos en los que pasa miedo. Un miedo que, sin embargo, hoy traspasa a una carta de cinco folios, escritos a mano en los que la paz es más interesante que el miedo. Apela al futuro y se atreve a mandar esta carta a un hombre que ni siquiera conoce, como Manuel González Molina, presidente del sindicato de funcionarios en Madrid (CSIF) para confesarle su admiración por la paciencia de los funcionarios de prisiones y pedirle que le ayude a difundir esta carta, “repleta de luz”. Quizá porque la oscuridad aún no es un enemigo imbatible. Todo depende de cómo la vea uno. “Soy un preso, soy un reo, soy un sentenciado, pero, antes que todo eso, soy humano. No está demostrado en ninguna parte que la dignidad humana no se pueda recuperar”.

La carta de Manuel Cantero Cobo.

La carta, efectivamente, refleja que no existen destinatarios imposibles y pertenece a un hombre que firma como Manuel Cantero Cobo. Muestra hasta su número de DNI y, desde el corazón de la maldad, concede permiso para “pedir informes” suyos en la cárcel en la que cumple condena. Lleva cuatro años y, antes de que llegasen las horas muertas, ya había entendido que su vida no podía seguir así. “Soy defensor de la Ley desde que vi que mi estado de privación de la libertad ocasionó tanto dolor a mi familia, amigos e hijos”.

Entonces comprendió que él debía “ser un hombre de Ley” y se esforzó por poner solución al pasado. Se matriculó en Derecho, a través de la universidad a distancia, y hoy ya va por cuarto curso con la idea de opositar a abogado del Estado en busca de un camino que le conduzca en el futuro “a defender la reinserción desde el estrado o desde los despachos”. Quizá porque el patio de la cárcel deja un enseñanza imborrable y que él quiere ver como “un paso adelante” en su futura carrera profesional. La memoria no le engaña. “He vivido muchas situaciones de falta de respeto, de ira y de agresividad de los presos en los que los funcionarios, por miedo a una agresión, han tenido que hacer la vista gorda. Qué triste ¿no? A veces, el patio es un lugar frío, lejano o desairado que, sin embargo, he conseguido que me transmita ganas de trabajar, ganas de que me escuche la gente, ganas de explicar que con respeto se puede ir a todos lados, ganas de recordar que la cárcel es un Centro de Reinserción Social y de que en la prisión no se trata de que haya buenos o malos, sino de cumplir ese objetivo”.

El bolígrafo le acompaña en este desahogo en el que se acuerda de aquella vez en la que él fue abofeteado por un preso. “Trataba de hacerle ver de que la funcionaria a la que insultaba era un ser humano, de que no se merecía esto y de que la solución no está en los insultos. Pero, una vez que entendí que ese hombre que me abofeteó era un enfermo psíquico, dejé pasar unos minutos, me fui hacia él, le di un abrazo y le apreté la mano”. Así lo explica en esta carta en la que, por encima de todas las cosas, vence el estudiante de Derecho. Un hombre que defiende un proyecto de vida como respeto a su propia dignidad o a su mismo hermano, que es agente de la Guardia Civil y que nunca se mereció pasar por esto. “Yo entré en prisión por errores cometidos, por una nefasta gestión empresarial y por delitos societarios”. De ahí que la carta transmita esa pasión desde un lugar en el que parece tan difícil apasionarse como una cárcel. Allí, la ingratitud defiende su lugar “hasta en esas oficinas que parecen cuartos de contadores de agua, con tubos colgando en los techos y con equipos informáticos desfasados”. Un escenario que, sin embargo, le ha instado a él a levantar la voz quizás por esas cosas del destino. “El día en el que entré en prisión supe que debía cambiar”.

A su lado, nació el estudiante de Derecho, el hombre que aspira a opositar a abogado del Estado, la certeza de que lo intentará, la seguridad de que se merece intentarlo. La diferencia es que la lucha ya empezó en el patio, donde la oscuridad le ayudó a descubrir el valor del tiempo perdido. Las horas muertas no son tan malas, como parecía, y el valor se refleja en estos cinco folios que llegaron sin avisar hasta Manuel González Molina, el presidente de un sindicato. Hoy, sin embargo, Manuel es incapaz de olvidarse de esa carta, que es una carta como las de antes, escrita a mano. La prueba de que el bolígrafo todavía sigue siendo una muy buena herramienta, capaz, incluso, de encender la luz en el patio de la cárcel.

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