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Tour de Francia

No esperes al pavés para decirlo

Los ciclistas pasarán por carreteras estrechas, construidas en la Segunda Guerra Mundial para los tanques, pobladas de adoquines maltrechos. Sabremos, entre otras cosas, quién es el jefe en Movistar.

Preguntado por los personajes de sus obras, García Márquez confesó que disfrutaba del arte de lograr que estos respiraran por sí solos en los libros. Puesto a referirse a ellos, en una entrevista televisiva, del que no ahorró adjetivos fue de Aureliano Buendía. En él descansó su humanidad y amor propio. Quiso para él muchas vidas, por eso fue el personaje que más le costó matar, lo lloró por horas y confiesa que cuando llegó el momento —orinando en el castaño de la casa— sintió que algo de él se quedó allí, en ese momento. Y justo ahí, escudriñando en sus recuerdos, el entrevistador le interpeló: ¿Qué cambiaría del destino de ese personaje? Márquez le miró, frunció el ceño y dijo: “No esperaría a su muerte para decir lo que hoy te he dicho de él”.

Pues bien, como extrapolar no es un pecado en tiempos del Big Data, no me cabe la menor duda de que si el escritor colombiano pudiese visitar los 15 tramos de adoquines que se afrontarán hoy, se sentaría en frente del ordenador y escribiría un capítulo más para Aureliano Buendía y su pelotón, con una premisa que daría para un título y un titular: “No esperes al pavés para decirlo”.

No es un secreto que el guion de la novena etapa aterroriza a los ciclistas y a sus equipos que, para mayor muestra, llegarán guarnecidos en bicis con patente de Trek para amortiguar impactos, cascos antimotines, plato pequeño, doble cinta en el manillar y tubulares anchos con mayor presión y hasta puede haber quien lleve freno externo como los de ciclocross. Para tener algo de conciencia de lo que se trata, basta con decir que los ciclistas pasarán por carreteras estrechas, construidas en la Segunda Guerra Mundial para los tanques, pobladas de adoquines maltrechos, sobrellevando el traqueteo de la bicicleta en el paso de un trayecto en que cada piedra superada es un golpe que impacta en el manillar de la bici y que ha de calar los huesos.

 


Los nervios de la víspera no se esconden y juegan en la turbulencia en la que los periodistas buscarán titulares. Los del Quick Step dicen que los adoquines están en su ADN y otros recuerdan que Sagan fue el último ganador de la París-Roubaix. El Sky se agarra de la técnica que les ha hecho invencibles, mientras Froome dice: “Da miedo”. Nibali no olvida el sabor del barro del 2014, y con ese amuleto aspira a pasar por el Infierno del Norte. Puestos a hablar de táctica y distinciones, los técnicos dicen al diablo, todos los gregarios tienen la instrucción de correr agarrados de la cintura de sus jefes, no habrá licencia de lucimientos personales. Greg Van Avermaet, lo advierte y, aunque quiere aspirar a mantener el jersey amarillo, sabe que su principal misión será trabajar para que Richie Porte salga vivo. Lo propio asume Vanmarcke, al que Urán mira de reojo, con la sonrisa propia del parcero que entiende lo que es comerse la arepa antioqueña en la mañana, después de moler el maíz.

En este apartado, capítulo aparte tiene el Movistar. A Unzué, a estas alturas, el café le sienta mal, se agarra la cabeza, mira por la ventana, se lamenta y no quiere dar pie a un mal titular. Su tridente sabe que ese viaje iniciático puede descender a un mundo laberíntico e infernal, en el que no hay tiempo para preguntarse por el olor de la guayaba. Las energías están comprometidas en un pacto con la resistencia. Entre pecho y espalda saben que después del mítico Roubaix, ha de haber claridad sobre la jerarquía en el Movistar. No obstante, en el camino puede haber señales, Bennati, Erviti y Amador serán los escoltas de Valverde, Landa o Quintana, el morbo se centra en la elección, pues señala al verdadero líder del equipo: quien tenga al especialista a su lado, es el ungido. Erviti es la contraseña. Nadie lo ha dicho, todos esperan al pavés para decirlo.

La verdad es que yo no quiero esperar al pavés, lo esencial es no perder la orientación, desde ya me abrazo a Nairo frente al pelotón de fusilamiento, no para recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, sino para decirle a gritos que resista, la montaña lo espera.

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