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Fútbol

Pedro Escobal, el Capitán Republicano del Real Madrid

Su historia es la de otro tiempo y otro fútbol, cuando alrededor del balón no se arremolinaban ni el dinero ni las masas, pero las ideas podían marcarte un gol en propia puerta.

Una luz blanca alumbra el neoyorquino barrio de Queens. Tan blanca como el paredón sobre el que se clavaban las balas o como la fachada principal del Círculo Logroñés. Blanca era también la camiseta del equipo en el que fue capitán Pedro Patricio Escobal (Logroño, 1903), quien pese a ser un defensa duro y tosco, de los que demandaba la época, supo regatear en más de una ocasión a su destino. Y dejó testigo de ello en esa obra literaria y cruda que son Las Sacas, también clandestina durante demasiado tiempo. Casi tanto como el recuerdo que nos dejó el Capitán Republicano del Real Madrid, él que nació casi a la par que el club y no llegó por poco al Centenariazo. Su historia es la de otro tiempo y otro fútbol, cuando alrededor del balón no se arremolinaban ni el dinero ni las masas, pero las ideas podían marcarte un gol en propia puerta.

El boom económico del que se benefició España por su neutralidad en la Gran Guerra se iba apaciguando a principios de 1920. Aquello había ayudado a la modernización de los sectores siderúrgicos o químicos, mientras que los ferrocarriles o la minería habían pasado a manos nacionales tras la marcha del capital extranjero. El reinado de Alfonso XIII vivía sus últimos días de esplendor y pese al inminente florecimiento de la sociedad del ocio representada en los felices años 20, España seguía siendo un país gris. “Tengamos en cuenta que éramos un país echo polvo a principios del siglo XX, marcados por el discurso regeneracionista que imprime la Generación del 98. Estos abogan por el amor a la naturaleza, el desarrollo de la cultura física e instituciones como la Institución Libre de Enseñanza tienen mucho que decir en este tiempo. En ese contexto nace el fútbol”, explica para A LA CONTRA Ángel Bahamonde, Catedrático de Historia Contemporánea y experto en la Historia del Real Madrid.

De hecho, el club de Concha Espina nació ligado a la Institución Libre de Enseñanza, un proyecto pedagógico donde se defendía la libertad de cátedra y que estaba en contra de cualquier dogma religioso o político. “El Real Madrid está muy relacionado con ese mensaje regeneracionista. Es una época excepcional porque los socios del club eran los propios jugadores del club. En aquellos años no se cobraba, por lo que casi todos eran hijos de clase media e incluso clase elevada. Porque antes de 1295, digámoslo, las clases trabajadoras con la situación tan penosa que tenían no estaban para jugar al fútbol, luego sí”, explica el Catedrático por la Universidad Carlos III de Madrid. Estamos en los albores del fútbol profesional, son los días del amateurismo por excelencia, los mismos en que un joven Pedro Patricio Escobal llega a Madrid para labrarse un futuro.


Un riojano en París


Sus primeras patadas las había dado en el Club Deportivo Logroño (antecedente del CD Logroñés) donde tejió una buena amistad con el que más tarde sería su cuñado, Ramón Castroviejo Briones, quien se convertiría en oftalmólogo de referencia. Antes de que Pedro se marchara a Madrid, tanto él como Ramón asistieron desde el césped a la inauguración del viejo campo de Las Gaunas. La siguiente inauguración sería en Madrid. Hasta allí había arribado Escobal para matricularse en la Escuela Central de Ingenieros donde desde muy pronto alternaría sus estudios con su otra gran pasión, el fútbol. Con 18 años ingresó en el Madrid desde el Colegio del Pilar, en el que había empezado a jugar en la capital. Aquel defensa duro al que apodaban El Fakir, de talla imponente (casi 1,90) y porte elegante pronto desarrollaría sus inquietudes más allá del terreno de juego.

“Eran los días en que se entrenaba con Mr. Petland y se hizo amigo íntimo de Santiago Bernabéu, mientras intentaba sacar adelante un estatuto del futbolista, algo así como el primer sindicato, en un intento por profesionalizar el fútbol”, recuerda Pablo Escobillas, uno de los pocos familiares con los que mantuvo contacto hasta los últimos días de su vida. Eran varios los recuerdos felices que se agolpaban en la cabeza de Escobal en aquel Madrid de principios de los años 20: los guateques en salones distinguidos, las aventuras amorosas y el crecimiento de un deporte al que empezaban a quedársele pequeños los destartalados campos de fútbol de la época.

Aquellos años de gloria se forjaron al abrigo de un trío defensivo que hizo fortuna. Junto a Escobal su pareja en la retaguardia era Quesada, mientras que el Impasible Martínez (como le apodaban las crónicas) les guardaba las espaldas desde la portería. Juntos fueron protagonistas del estreno del antiguo estadio de Chamartín, casi donde hoy está el Santiago Bernabéu: “Para ellos tuvo que ser una experiencia increíble saltar al campo y ver a 22.000 personas allí”, rememora Ángel Bahamonde, quien también recuerda los grandes duelos de la época, la mayoría de ellos ante sus vecinos del Atlético de Madrid. La otra gran rivalidad era contra el Athletic de Bilbao. “Violento pero noble; impetuoso, pero sereno, así es Perico Escobal” y así lo catalogaban en la revista La Estampa en 1929. Antes, en 1924 había sido portada de la revista Gran Vida, en la que se encumbraba su figura.

1924 fue probablemente el año de su vida. Recién inaugurada la veintena formó parte de la Selección Olímpica española que acudió a los JJOO de París y se convirtió en el primer riojano en ser olímpico. “Existían dos figuras diferenciadas en aquel conjunto: uno de ellos era el Seleccionador, Pedro Parages, y otro era el entrenador, Mr. Pentland; y de la confección del equipo se encargaba el primero. La columna vertebral de aquel equipo era el de la plata de Amberes con Zamora, Vallana, Samitier, Belauste y varios jóvenes”, explica a A LA CONTRA Fernando Arrechea, Doctor en Ciencias del Deporte y miembro de Cihefe. Pese a su imponente presencia y el buen tándem formado con su compañero Quesada, Perico no llegó a debutar en aquellos Juegos, “puesto que Vallana y Pasarín constituían un serio obstáculo”, tal y como explicaba José Ignacio Corcuera en Cuadernos de Fútbol.

La experiencia deportiva no fue todo lo satisfactoria que esperaban, ya que España cayó en la primera ronda, por lo que la decepción se apoderó de la expedición española. Y es que tanto el Gobierno como el COE habían hecho grandes esfuerzos para llevar a la mejor representación posible. Los gastos, sin ir más lejos, corrieron ya entonces a cargo del COE, que recibió una pequeña subvención (150.000 pesetas), por lo que además tuvieron que recurrir a tómbolas y colectas para terminar de cubrir los gastos de los deportistas.


Capitán con conciencia social


Sus inquietudes y sus fuertes convicciones políticas pronto desbordaron el terreno de juego. Desde su posición de capitán del Real Madrid luchó por crear el primer sindicato de futbolistas españoles, con la idea de sacar al fútbol del amateurismo y darle una pátina de profesionalidad que asegurara también un futuro mejor a los futbolistas. El intento no llegó a buen puerto en 1928, justo un año después de haber abandonado el Real Madrid. Su siguiente equipo fue el Rácing madrileño, donde disputaría en Segunda División de la llegada del Campeonato Nacional de Liga. De hecho volvió a enfundarse la camiseta blanca del Madrid e incluso participó en cuatro encuentros de la Liga 1930-31 con el conjunto de Chamartín. Posteriormente colgó las botas en el Nacional.

En ese tiempo en Madrid también se afilió a Izquierda Republicana, el partido fundado por Manuel Azaña: “Se incorpora al proyecto republicano en un partido que no es nada extremista, es un partido de reforma, de cambio y que posteriormente simboliza la II República”, explica el historiador Ángel Bahamonde, quien recurre precisamente a este ejemplo para erradicar la idea que ha calado en el imaginario colectivo de una parte importante de España: “El Real Madrid siempre ha sido un club abierto y no ha tenido una especial vinculación con la derecha. Esa imagen se creó desde Cataluña en los años 60 pero figuras como las de Pedro Escobal la desmienten. Él es un hombre patriota que quiere ver una España diferente, una España moderna, de profundas convicciones laicas que se identifica con el proyecto republicano… ¿cómo iba a esperar él lo que vendría después?”


Las Sacas: memorias desde el horror


Tras colgar las botas abandonó Madrid y volvió a su Logroño natal. Allí, y con la carrera universitaria concluida, volvía para ocupar la plaza de ingeniero en el ayuntamiento de su ciudad. Con 31 años una nueva vida se abría ante sus ojos, casado con Teresa Castroviejo, hermana de aquel jugador con el que se inició en el CD Logroño, y padre de una criatura, apenas pudo disfrutar de su nuevo estatus. En 1934, tras la revuelta socialista de Asturias, fue destituido sin formársele expediente. Volvió entonces a Madrid, donde pidió auxilio a sus numerosos contactos para ingresar en una compañía privada hasta 1936. En ese momento y tras la victoria electoral del Frente Popular decidió volver a su tierra con la intención de recuperar su puesto en el Ayuntamiento. No obstante, lo que sucedió después fue el Golpe de Estado militar del 18 de julio. Todos en Logroño sabían de su militancia de izquierdas. Solo habían pasado cuatro días del alzamiento militar cuando Escobal fue detenido.

El frontón Beti-Jai y el Cine Avenida se convertirán en los siguientes escenarios de su historia, reformados ambos en improvisadas prisiones. Escobal había sido acusado de masón, de auxilio a la rebelión republicana y de haber contribuido a la quema de conventos en Madrid. Lo único demostrable es que el antiguo capitán del Real Madrid era afiliado a Izquierda Republicana, pertenecía a la logia Zurbano de Logroño y había ayudado a unas monjas a huir de la quema de iglesias en Madrid. En más de una ocasión estuvo en la lista negra de aquellos paseos que acababan en fusilamiento, aunque nunca llegó a estar junto al paredón, tal y como él mismo contaría después.

A sus horas más oscuras las puso luz él mismo. Así fue como nos enteramos de los rostros curiosos y satisfechos que admiraban su detención desde el Círculo Logroñés, donde la alta burguesía riojana se concentraba en 1936. Así fue también como conocimos su delicado estado de salud, agravado por el frío, la miseria y las ratas de las cárceles, hasta desarrollar una tuberculosis con nombre de central belga, Mal de Pott. Así fue como descubrimos el salvoconducto de su historia, una vez lo trasladaron a Pedernales, Vizcaya, donde vigilado por una pareja de guardias civiles en una casa propiedad de la familia Castroviejo pasó más de año y medio en lo que parecía su lecho de muerte y terminó siendo su resurrección. Tras haber sido condenado a 30 años de cárcel, haber esquivado hasta cuatro fusilamientos y haber derrotado a la tuberculosis, un nuevo horizonte se abría para él y su esposa. El exilio tomó forma a través del barco Magallanes y se hizo de carne y hueso gracias a las buenas relaciones de los Castroviejo con el general italiano Gastone Gámbara, enviado de Mussolini a España y que terminó intercediendo por él.

Esta historia sepultada como la de tantos otros vio la luz del puño y letra de Pedro Patricio Escobal en 1968 en Nueva York. Entonces se llamó Death row (Fila de la muerte), pero a nuestros días han llegado bajo el título de Las Sacas. Reeditada por la editorial Biblioteca del Exilio en 2005, en un volumen coordinado por la profesora de Literatura de la Universidad de La Rioja, María Teresa González de Garay. “Hay que considerar este libro como un testimonio histórico, como unas memorias, pero está tan bien escrito que puede entenderse también como un texto literario”, explica esta experta en literatura escrita en el exilio. Para Ángel Bahamonde se trata de una “reflexión del horror y un ejercicio de valentía de los peores recuerdos de su vida”. Un repaso detallista y valiente por las situaciones más deshumanizadoras que proliferan en cualquier conflicto.

Pero, ¿por qué Las Sacas? A qué remite ese nombre, qué se esconde detrás de esa imagen. Empecemos por apuntar al verbo sacar y por explicar que durante la Guerra Civil se convirtió en costumbre la extradición masiva y sistemática de presos de las cárceles con el único fin de asesinarlos o trasladarlos. Las víctimas eran sacadas, bajo criterios de todo tipo (militares, religiosos, estatus social, etc.), de manera reiterada. Escobal fue integrante de varias sacas pero no fue ejecutado en ninguna.


Un legado que sigue brillando


EEUU terminó abrazando a Pedro Patricio Escobal. Allí encontró su lugar en el exilio. Primero en Cleveland, donde vivía su cuñado Ramón, y más tarde en Nueva York, donde se reunió con su hermano junto con su mujer y su hijo. Tras intentar sacar adelante un negocio propio durante varios años se colocó en una empresa de Gas y Electricidad de la Ciudad de los Rascacielos. Allí ascendió hasta el cargo de ingeniero jefe y desde esa posición abordó las obras del barrio de Queens. Escobal llenó de luz la margen del East River neoyorquino con un alumbrado que se extiende hasta el día de hoy desde Brooklin hasta el Astoria Park, desde Little Neck hasta los cayos de Jamaica Bay.

El ingeniero terminó viviendo en un edificio cercano a la Universidad de Columbia, en Manhattan, y se convirtió en amigo de la intelectualidad española exiliada en la ciudad. Uno de sus mejores amigos de aquella época fue el pintor Eugenio Fernández Granell e incluso Pablo Picasso conocedor de su historia y admirador de sus peripecias se ofreció a hacer unos dibujos para la primera edición de Las Sacas, aunque el acuerdo nunca se concretó. Pedro volvió a España a cuentagotas, apenas para enterrar a su madre y en un par de visitas posteriores “en 1978 y en 1982, esta última, con motivo del Mundial de España”, según detalla José Ignacio Corcuera.

En los últimos años de su longeva vida las reiteradas visitas de un familiar lejano, Pedro Escobillas, aliviaron los dolores de una espalda maltrecha y una memoria taladrada por el horror de una guerra que él vivió en prisión. “Hablar con él era trasladarte a otro tiempo, era un hombre de una cultura inmensa. Lo mismo recordaba sus tardes en Chamartín que hablaba de Cervantes y El Quijote”, contó Escobillas a nuestros compañeros de Informe Robinson. Para entonces ya había recibido la felicitación del Ayuntamiento de Nueva York por regenerar el alumbrado del barrio más extenso de la emblemática ciudad norteamericana. Más desapercibido pasó para el club de su vida tanto su muerte como su legado. No hubo recuerdo alguno para el capitán al que sus ideas le provocaron más quebraderos de cabeza que las patadas recibidas en el vetusto Chamartín, cuando en 2002 nos dejó para siempre a los 99 años de edad.

En octubre del 2005, tres años después de su muerte una pequeña nota en RealMadrid.com anunciaba la publicación de un libro escrito por el exjugador blanco. En realidad se trataba de la reedición de Las Sacas, “las memorias de Perico Escobal, capitán del Real Madrid condenado a muerte”, decía la información, apenas un breve para una historia que es una novela basada en hechos reales. Con tanta luz que ni siquiera el paso del tiempo ha apagado su recuerdo, de hecho, el próximo año se publicará una nueva edición de Las Sacas, tal y como confirma a A LA CONTRA, Maite González de Garay. No hay duda de que Escobal sigue luciendo con fuerza más allá de Queens.

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