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Mundial Rusia 2018

Perú disputará un Mundial después de 36 años

Quisiera hablarles de la victoria (2-0), del público o de la calma del equipo, pero es anecdótico. Ahora mismo, hay más de 30 millones de peruanos felices que merecen nuestra atención.

Llevo escrita esta crónica desde que tengo seis años. Lo digo con el alma, que sigue suspirando: la llevo escrita en mi mente desde que aprendí que uno más uno eran dos.

Debo confesar que no sé muy bien qué decir, no sé cómo describir lo que siento, y creo que varios millones de peruanos, que en estos momentos se han olvidado de todo lo demás, estarán de acuerdo. Habían pasado demasiados años, demasiadas desilusiones, demasiados tragos amargos.

Hubo un tiempo en el que la mayoría de gente nos decía que estábamos todos locos. Que era un desperdicio de tiempo y de dinero citarnos en el Estadio Nacional, citarnos a sufrir y a tomar gaseosas sin gas y maní sin sal. Probablemente tenían razón, porque solíamos volver a casa con la cabeza gacha, esperando que, aunque sea, los taxistas tuvieran misericordia y no nos cobraran de más. Hubo en tiempo en el que ser hincha de la selección peruana era sinónimo de martirio, de masoquismo, de idiotez. Ese tiempo ha llegado a su fin.

Sigo sin saber qué decir, ni qué pensar. Pero sí sé qué sentir, si es que eso, en efecto, se puede saber: es una mezcla gloriosa de alivio y euforia y felicidad. Hay endorfinas que liberamos cuando hacemos el amor, y están las otras, esas que compartimos con millones de personas con las que no tenemos nada en común más que el pasaporte y las ganas de que llegue el fin de semana: esas son las más disfrutables. Esas son las que hemos sentido este miércoles que pudo ser infernal y que fue celestial. Les digo, amigos, que nunca me he sentido así, tan lleno y con tantos nudos en la garganta a la vez. Dirán que es exagerado, que en la vida hay una infinidad de cosas más importantes, pero no me importa, me quedo sordo, me tapo los oídos: no me importa, no me importa nada, estamos en el Mundial, por fin estamos en el Mundial.

Me siento en la obligación de explicarme, debido que escribo estas líneas para una página hecha básicamente por españoles para españoles. Debo explicarles que aquí todo es muy distinto, y que cada alegría, por más nimia que parezca, es un bálsamo para todas, todas nuestras heridas. Y este bálsamo es el bálsamo supremo: el Mundial era la medicina más buscada y menos fácil de conseguir, la que parecía estar escondida en la última esquina del mundo. Y la hemos conseguido.

Por eso se explica esta euforia, esta falta de palabras, este no sé qué. Se explica todo, porque hay un calor infinito dentro de nuestros pechos que no sabemos cómo expresar. Es más que difícil: es casi una utopía. Quema, y duele, y duele bien.  

Me hubiera gustado dedicarle unas líneas al partido, al gol de Farfán dedicado a su amigo de infancia, Paolo Guerrero, que no pudo estar, con el beso a la camiseta número nueve con lágrimas incluidas. Me hubiera gustado hablar de las cuarenta y cinco mil personas que no dejaron de cantar en el Nacional, de la concentración del equipo, de la calma que mostró por más que se jugaba la vida y un poco más. Pero eso, a estas alturas, es casi anecdótico, porque hay treinta millones de personas que merecen nuestra atención. Son demasiados para no hablar de ellos.

Y luego estoy yo, o, más bien, estamos nosotros: los adultos en los que se convirtieron esos niños de seis años. Esos niños que, como yo, escribieron esa crónica en su mente hace más de dos décadas, y que derramaron lágrimas y gritaron y se tragaron sus palabras porque no les quedaba más que la frustración más genuina y sincera.

Lo digo de corazón: nos lo merecíamos. Gracias, muchachos. Y felicitaciones.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

2 Comments

2 Comments

  1. Tania Avila

    16/11/2017 at 16:30

    Dan, sé que se siente, lo hemos vivido en Panamá, es algo que no se puede explicar, que nos hace ir más lejos. Comparto tu opinión, hablar de lo sucedido está de más, lo que se siente en lo interior no se puede reflejar en lo extetior, el corazón no deja de latir. Disfrutemos nuestra clasificación y nos vemos en Rusia 2018.

  2. Sandro Ravina M

    17/11/2017 at 20:07

    buen comentario, dsd otra perspectiva, fui testigo presencial de lo que vivimos, afortunado de ser parte de los 45000 q estuvimos en el estadio y presenciamos la felicidad de todos y en especial las lagrimas y empcion d 2 d mis hijos, una de ellas debutante en un partido de futbol.

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