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Michael Phelps.

Natación

Phelps, suicidio y gloria

El máximo medallista olímpico hace visible su lucha contra la depresión.

Phelps, suicidio y gloria

En una piscina de Río de Janeiro, en la noche del 7 de agosto de 2016, Michael Phelps supo que todo iba a ir bien. Era la prueba de relevos 4×100 metros libres, la primera de las seis carreras en las que el nadador estadounidense iba a participar en sus quintos Juegos Olímpicos. El máximo medallista olímpico de la historia realizaba la segunda posta y, tras recibir el relevo en segunda posición y luchar con sus rivales en sus primeros 50 metros, Phelps se sumergió en el agua en el giro y buceó durante más de seis segundos hasta que apareció, totémico, en la superficie sacando más de la mitad de un cuerpo de distancia a su más inmediato perseguidor. “Honestamente, justo allí, en medio de la carrera, empecé a sonreír. Pensé: ‘OK. Vamos a tener una semana divertida”, le relató el propio Phelps al periodista Tim Layden en un reportaje en la revista Sports Illustrated en diciembre de ese mismo año. Y así fue: apenas unos días después, el deportista de Baltimore cerró su participación en Brasil con cinco medallas de oro y una medalla de plata más para situar en 28 metales (23 oros, 3 platas y 2 bronces) su balance en las Olimpiadas. Unos números a los que nadie se acerca. Ni de lejos (la exgimnasta Larisa Latynina es la siguiente en la lista con 18 metales, 9 de ellos de oro).”

Phelps, en su esplendor.

Phelps, en su esplendor.

Ese recuerdo es el del Phelps más alegre y sereno, el de su mujer Nicole y su hijo Boomer disfrutando de sus hazañas en la grada, el del ídolo de la natación que se sienta con sus jóvenes compañeros en la Villa Olímpica para que vean la inspiradora película Hoosiers, el del devorador de premios y distinciones caminando hacia la retirada (la segunda y parece que la definitiva de su carrera) desde lo alto del cajón del podio y con el reconocimiento de todos.

Pero no siempre fue así.

Londres 2012. Phelps gana otras seis medallas olímpicas (4 de oro y 2 de plata), aunque no disfruta ninguno de esos logros. Está gravemente enfermo de una enfermedad de la que tardaría años en curarse, si es que ha conseguido curarse del todo de ella (él asegura que sí, por suerte). La catarsis habría que situarla un par de años después, en otoño de 2014. Primero, su arresto por conducir bajo los efectos del alcohol en la noche del 29 de septiembre. Después, la humillación ante los demás y la rabia hacia sí mismo. Por último, los 45 días en tratamiento que pasó en The Meadows, un centro de rehabilitación situado en Wickenburg (Arizona).

Allí, entre esas paredes, supo que sus años de apuestas, fiestas, fotografías fumando en una cachimba, borracheras y malas compañías tenían una explicación más o menos lógica.

Allí se dio cuenta de que él no era el único al que le ocurría y que no estaba solo.

Allí encontró las palabras para nombrar a la enfermedad que le atormentaba desde hacía demasiado tiempo.

Ansiedad.

Depresión.

“Yo era un gran gilipollas”, resumió Phelps su época más oscura en el citado reportaje de Sports Illustrated.

Había llegado el momento de dar la cara.

“Contemplé el suicidio”, respondió Phelps la semana pasada en Chicago a preguntas de David Axelrod en una conferencia del Kennedy Forum sobre salud mental, tal y como recogen muchos periodistas, entre ellos, Susan Scutti para la CNN. Y añadió: “La parte de convertirse en un campeón es bastante fácil. Se trata de trabajar duramente, tener dedicación y no rendirse”. Lo difícil, en cambio, es vivir cuando no se tienen fuerzas ni ganas para seguir viviendo. “En realidad, creo que caí en un gran estado de depresión después de cada Olimpiada”, recordó. Y añadió: “Diría que 2004 fue el año en el que tuve mi primera depresión”.

Depresión. Hay que decirlo más. En voz alta. Se trata de una enfermedad mental a la que le da igual si eres un desempleado de larga duración o un deportista de élite.

“Solía automedicarme, básicamente a diario, para tratar de arreglar eso de lo que estaba tratando de huir”, prosiguió Phelps, que reconoció que a partir de otoño de 2012 todo fue a peor. “No quería estar en el deporte nunca más. No quería estar vivo nunca más”, explicó. Y, de tal modo, llegaron las semanas enteras sin salir de su habitación, sin comer y sin apenas dormir, con la única sensación de tener muy claro que “no quería estar vivo”.

La depresión ganaba y Phelps perdía. Algo tenía que hacer. La rehabilitación fue su solución.

“La enfermedad mental tiene un estigma a su alrededor y eso es algo a lo que nos enfrentamos cada día”, analizó en la conferencia de la semana pasada en Chicago el nadador estadounidense, que mantuvo también que ahora entiende que “está bien no estar bien”. “Esa es la razón por la que las tasas de suicidio están en aumento: las personas tienen miedo de hablar y abrirse”, razonó. Y concluyó: “Creo que la gente por fin entiende que esto es real. La gente está hablando sobre esto y es la única forma con la que se puede cambiar”.

Entonces, hablemos. Entonces, abrámonos.

Que alguien como Michael Phelps, el deportista más importante de la historia de los Juegos Olímpicos, cuente públicamente su batalla contra la ansiedad, contra la depresión, contra los pensamientos suicidas, contra la automedicación, es extremadamente importante para el mundo, para Estados Unidos. Sin duda. Pero ¿por qué?

Porque, en la actualidad, los desórdenes de ansiedad afectan cada año a 40 millones de adultos en Estados Unidos, el 18% de la población mayor de 18 años, según recoge en su página web la Anxiety and Depression Association of America (ADAA).

Porque, en la actualidad, tal y como informó Benoit Denizet-Lewis en un amplio reportaje en The New York Times Magazine el pasado mes de octubre, Estados Unidos sufre los mayores casos de ansiedad severa en adolescentes de toda su historia.

Porque, en la actualidad, Estados Unidos, un país en el que sus habitantes recurren ampliamente a la automedicación (según un estudio aparecido en The New York Times, 12 millones de personas tomaron analgésicos sin receta en 2015), está viviendo una gravísima epidemia de sobredosis de opiáceos (el presidente Donald Trump la declaró como “emergencia nacional” el pasado mes de agosto después de que se convirtiera en la primera causa de muerte en el país en menores de 50 años y de que, en 2016, las sobredosis mataran a más personas que las armas de fuego o los accidentes de tráfico), marcada por el uso indiscriminado del fentanilo, un narcótico analgésico mucho más potente que la morfina y que la heroína.

Porque, en la actualidad, según la encuesta anual de la American College Health Association (ACHA), el 62% de los estudiantes de Estados Unidos reconocieron tener “ansiedad abrumadora” en el año 2016.

Porque, en la actualidad, según datos de la American Academy of Pediatrics (AAP), el número de admisiones hospitalarias para adolescentes con tendencias suicidas en Estados Unidos se ha doblado en los últimos 10 años.

Porque, en la actualidad, en el pasado y por siempre, hacer visibles las enfermedades mentales es extremadamente importante. Ansiedad. Depresión. Hay que decirlo más.

“De repente no podía hacer nada. Tenía tanto miedo. ¿Conoces esa sensación en la que a una persona normal le da un vuelco el estómago cuando entra a clase y hay un examen sorpresa? Bueno, básicamente yo empecé a tener esa sensación todo el tiempo”, describió en el reportaje de The New York Times Magazine su enfermedad Jake, un adolescente de Carolina del Norte que se negó a ir al colegio y que trató de ahogarse en la bañera.

“Sientes un peso en el pecho y tienes la sensación de que hay 16 personas sentadas una encima de la otra sobre tu pecho. Tan pronto como me despertaba, sentía un pavor absoluto”, aseguró en el mismo texto Jillian, una chica de Florida de tan sólo 16 años.

Ansiedad. Pensamientos suicidas. Depresión. Hay que decirlo más.

Al igual que Michael Phelps, The Star-Spangled Banner, el himno nacional de Estados Unidos, nació en Baltimore: tras presenciar el bombardeo del fuerte McHenry por parte de las naves británicas en la bahía de Chesapeake, Francis Scott Key, abogado y poeta aficionado, escribió su letra en septiembre de 1814 inspirado por una gran bandera estadounidense de 15 barras y 15 estrellas que ondeaba sobre el victorioso fuerte al amanecer después de una noche lluviosa. Pero, sin embargo, hay una estrofa de la canción Gloomy sunday (Domingo sombrío), popularizada al principio de la década de los cuarenta por la incomparable Billie Holiday, otra ilustre exhabitante de la ciudad baltimoriana, que transmite mejor el sonido constante de la ansiedad y de la depresión, la necesidad de dar visibilidad a estas enfermedades mentales en una sociedad (global) que las ha ocultado durante décadas bajo una montaña de opiáceos, de vergüenza y de incomprensión. La letra dice así:

“Gloomy is sunday

with shadows I spend it all

My heart and I

have decided to end it all”.

“El domingo es sombrío/Vivo entre sombras/Mi corazón y yo/hemos decidido dejarlo todo”, cantaba Holiday en esa canción con su sugerente, triste y sofisticada voz antes de que su adicción a la heroína la consumiera definitivamente a los 44 años, víctima de una cirrosis hepática.

Phelps, por el contrario, sigue entre nosotros. Aunque hubo un tiempo en el que ni él mismo habría apostado por conseguirlo. “Estoy extremadamente agradecido por no haberme quitado la vida”, sentenció en Chicago el máximo medallista olímpico de la historia.

Seguramente, ni siquiera hay que preguntárselo, ese objetivo es el más importante y el más complicado de todos los que ha logrado a lo largo de su laureada trayectoria.  

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