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Cine

‘Philadelphia’, prejuicios de ayer y de hoy

En los años 90, la vox populi miraba con recelo a los enfermos de VIH y una película vino a enfrentar a los espectadores con un prejuicio de la época: Philadelphia.

A veces es difícil no odiar de primeras. Conocer a alguien y encasillarlo. “Ese es un pijo”. “Aquel un vago”. “Este un falso”. La categorización permite a los seres humanos ordenar el mundo en el que viven. De otra forma, viviríamos rodeados de abstracciones e irracionalidades. Sería imposible la convivencia. Incluso la propia Antropología reconoce que esta simplificación de la realidad permite a los humanos identificarse en un grupo, en una conciencia colectiva.

Los prejuicios nacen de los estereotipos, hoy en día y siempre vigentes. Quizá cambien los colectivos odiados, pero lo que nunca cambia es el odio. En los años 90, la vox populi miraba con recelo a los enfermos de VIH y una película vino a enfrentar a los espectadores con un prejuicio de la época: Philadelphia. Dirigida por el artífice de El silencio de los corderos, Jonathan Demme, Philadelphia consigue llegar al corazón del espectador contando de la historia del abogado Andy Becket (Tom Hanks), un exitoso profesional que es despedido del bufete para el que trabaja cuando descubren que está infectado por el Sida. Becket decide demandar a la compañía y recurrir a los servicios del carismático abogado Joseph Miller (Denzel Washington). El cine jurídico estadounidense ha obrado joyas como Vencedores o vencidos, Testigo de cargo o Matar a un ruiseñor, todas ellas películas que le hacen a uno querer estudiar Derecho y lanzarse a la palestra judicial. Philadelphia también consigue este efecto gracias a una gran dirección y el esforzado trabajo de los actores, que es sublime.

Pero más allá del toma y daca entre abogados, este film es capaz de ahondar en la profundidad humana hasta hacer aflorar asuntos que pasan desapercibidos en el día a día. El espectador se pregunta por qué Becket se empeña en denunciar a la compañía, cuando probablemente morirá antes de ver resuelto el juicio. ¿Es la justicia algo tan valioso? ¿Sirve de algo después de muerto? Que cada uno se responda a sí mismo. Decía Gregorio Marañón que el fin nunca justifica los medios, sino que son los medios los que justifican el fin. Probablemente, el personaje que interpreta Hanks concordase con este punto de vista. Quizá este abogado homosexual solo quisiera rellenar sus últimos días de vida de sentido, haciendo caso a Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido.

Otro de los temas que toca la película es algo tan humano como los complejos. Todos los tenemos, y están íntimamente relacionados con los prejuicios. Al propio Joseph Miller le acompleja ser etiquetado como homosexual y está a punto de llegar a las manos con un hombre en una tienda tras una provocación en este sentido. Él mismo se empeña en justificar constantemente que, aunque trabaje para un homosexual infectado con el VIH, él no es “un maricón”. Y es que dejar atrás los estereotipos y los prejuicios de una sociedad supone mucho esfuerzo y tiempo. Por eso, a pesar de que el estigma de las personas con VIH ya no es de plena actualidad, Philadelphia nos sigue interpelando a todos y nos hace sufrir por alguien que sufre el rechazo. Un rechazo del que no somos ajenos, pues todos lo hemos presenciado o protagonizado. Bruce Springsteen puso letra y melodía al sufrimiento de Becket y de todos aquellos que son rechazados:

“I was bruised and battered, I couldn’t tell what I felt.
I was unrecognizable to myself.
Saw my reflection in a window and didn’t know my own face.
Oh brother are you gonna leave me wastin’ away
On the streets of Philadelphia”.

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