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Selección

Aplausos a Piqué: la otra goleada de España

Desde la primera pitada a Piqué, se organizó de manera espontánea una contestación de aplausos que fue ganando terreno hasta hacerse dominante.

No me siento orgulloso de la victoria de España contra Argentina, o no exactamente; el orgullo nace de más adentro que la pasión futbolística y cuando nace de más afuera es cuando vienen los problemas. Eso sí, me alegró el sextete, no lo niego, y después del partido me tuvo un buen rato contento, que es todo lo que le podemos pedir al fútbol, buenos ratos. Sonará un poco cursi, pero siento que ese equipo me representa. O mejor dicho. Siento que representa algo. Al menos, una coincidencia. En un país en el que resulta tan complicado encontrar puntos comunes, la Selección es un elemento congregador, de los pocos que persisten junto a las campanadas de Nochevieja y la paella de los domingos. Incorporen, si gustan, el vermut del aperitivo, las cañas de cualquier hora, los informativos de Matías Prats y las canciones de Serrat, quizá Sabina.

Esa fuerza aglutinadora llegó a su punto más alto cuando nos proclamamos campeones del mundo de fútbol, fácil suponerlo, y se resquebrajó cuando comenzaron los pitos a Piqué en junio de 2015, concretamente durante un entrenamiento de la selección española en León. En principio, el abucheo tuvo como origen la mención (agradecimiento) de Piqué a Kevin Roldán en la celebración de la Liga por parte del Barça. La actuación del cantante colombiano en el cumpleaños de Cristiano Ronaldo marcó el inicio del desplome deportivo del Real Madrid durante esa temporada. Planteado en esos términos, el problema se restringía a la eterna rivalidad entre madridistas y culés.

Al poco se añadió el componente político. Piqué es muy claro al reconocerse catalanista, pero no lo es tanto a la hora de posicionarse como separatista o españolista, tal vez porque no se sienta cómodo en ninguna de las dos opciones o quizá porque provocar le guste tanto como jugar al fútbol. El caso es que esa ambigüedad ha resultado irritante para una parte de la afición y así se lo ha hecho saber durante más de dos años. Pero ya basta.

En realidad, hubiera sido suficiente con un entrenamiento, aquel de León. Varios aficionados que silban y ahí finaliza la terapia del desahogo. El problema es que el asunto prosiguió en el partido siguiente y a partir de ese punto se propagó como la peste. Unos pitaban por imitación y otros por convicción, jaleados a cada poco por las últimas declaraciones del futbolista.

Pero insisto, ya basta. Por muchas razones. La primera es de tipo representativo. Gracias a Piqué, la Selección es un fiel un reflejo de la sociedad española y de sus impulsos centrífugos; somos así, no le demos más vueltas. Si todos los jugadores fueran nacidos en Arroyo de la Miel, el equipo proyectaría una imagen de país mucho más salerosa, pero poco real. El segundo motivo nos implica a nosotros mismos. Pitar a un jugador por razones políticas (o de afiliación deportiva) es una demostración de estupidez sólo comparable a la pita sistemática del himno.

Así lo advirtió también una mayoría del público que asistió al Metropolitano para ver el España-Argentina. En el primer balón que tocó Piqué se impusieron los silbidos, es verdad. Pero desde esa primera pitada se organizó de manera espontánea una contestación de aplausos que fue ganando terreno hasta hacerse dominante. Lo viví desde el campo y podría dibujar un mapa con la progresiva conquista de los sectores rebeldes. La batalla fue apasionante y reconozco que me distrajo del partido. Llegué a desear que la pelota cayera en los pies de Piqué antes que en los de Isco, porque me apetecía hacer inventario de los territorios ganados. Finalmente, cuando fue sustituido, el propio Piqué agradeció los ánimos con un aplauso en dirección a la grada.

De eso sí que me siento orgulloso, no de la victoria, alegría pasajera. Orgulloso como ciudadano, como aficionado y como madrileño. Hay mucho que aprender en esa respuesta colectiva al ruido, en esa reconciliación sin políticos al frente, en esa aceptación de lo distinto.

Tengo un club al que sigo desde niño, como todo el mundo, pero más veces de las deseables lo percibo como una entidad excluyente, incluso para sus propios aficionados. Es en la Selección donde lo encuentro todo; el buen fútbol, la coincidencia y el símbolo de un país posible.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

2 Comments

2 Comments

  1. Manitu69

    29/03/2018 at 12:00

    «El caso es que esa ambigüedad ha resultado irritante para una parte de la afición»

    Dilo sin ambigüedades, esa parte de la afición es la madridista unicamente. El motivo principal por el que se pita a Pique es simplemente por la caña que le mete al Real Madrid, el asunto político es secundario.
    Y eso odio es por haber visto a la selección española con una columna vertebral del Barcelona ganarlo todo.
    Y no, no soy ni catalán ni del Barcelona, soy madrileño y cada día con mas asco de esa parte de la afición que luego son los primeros en sacar la banderita, igualitos a los peperos.

  2. Damián

    17/04/2018 at 15:11

    Manitú69 tiene bastante razón, pero creo que no toda, conozco a mucho no madridista que pitaba e insultaba a Piqué, a mí personalmente todos los pitos a un jugador me parecen lamentables, y si encima son de mi equipo no los puedo entender.

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