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Diego Milito, del área a los despachos. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Fútbol

Un Príncipe asoma en el reino de Monchi

Diego Milito es, desde enero de 2018, el director deportivo del Racing de Avellaneda, que lidera el actual campeonato argentino mientras apunta a la Libertadores 2020. Asoma un nuevo Monchi en el fútbol mundial. Parecerá una exageración, como en su momento pareció que se le comparara con el mito Francescoli. Sólo el tiempo lo dirá y, se sabe, el tiempo siempre corre a favor de un Príncipe

Racing Club de Avellaneda, líder destacado del campeonato argentino tras dos meses de competición, se enfoca en gritar su tercer “¡Campeón!” en lo que va de siglo, tras los títulos de 2014 y de 2001, quizá el más celebrado: bajo la dirección del icónico Mostaza Merlo, autor con copyright del mantra “Paso a paso” tras cada victoria que los acercaba a una conquista inaudita para una generación entera (no se lograba desde 1966). Acaso el Cholo Simeone, hincha confeso de Racing, bebió de las fuentes de Merlo para su “Partido a partido”, también universal e infinito.

En los tres casos, tres si culmina lo que apunta con su rotundo arranque de torneo, aparece la imponente figura de Diego Milito, quizá el mayor ídolo en la historia del club desde el Chango Cárdenas, autor del gol que dio la única Copa Intercontinental (1-0 frente al Celtic de Glasgow en 1967) que luce la vitrina de la institución. Completa el podio de deidades su técnico más ganador, y exdelantero, Juan José Pizzuti. Como ‘El equipo de José’ se conoció siempre a esa máquina que lo ganó todo entre 1966 y 1967: 39 partidos invictos, el citado campeonato del 66, la Copa Libertadores del 67 (2-1 a Nacional de Montevideo) y la también reseñada Copa Intercontinental inmediatamente posterior. Nombres tan gruesos como los de Fillol, Perfumo, Basile, Stábile, Maschio, Piojo y Lisandro López corren atrás en el panteón afectivo del hincha.

En aquel ya lejano 2001, donde el euro y la peseta todavía se confundían en nuestro mapa mental y donde un peso argentino aún equivalía a un dólar (hoy cotiza 37 a 1), Diego Milito apenas era un delantero no tan joven y de cocción algo lenta. Apuntaba a atacante de notable nivel para el fútbol local, pero su escasa relación con el área y el gol en sus primeras temporadas desautorizaba imaginarlo como referencia de peso y nivel en el fútbol europeo. Lo contrario sucedía con su hermano Gabriel, en la vereda de en frente: siempre cacique en las categorías inferiores de Independiente y de la selección argentina, su irrupción en el fútbol profesional tuvo la resonancia siempre esperada y, tras sobreponerse a una grave primera lesión de rodilla, pronto se convirtió en uno de los capitanes más jóvenes de la historia del club con más historia de América Latina.

Volviendo a Diego, porque el éxito sereno de Diego siempre obliga a volver a él, regresó a Racing en 2014, tras sobreponerse a su primera lesión grave, también en la rodilla, cuando apuraba el final de su contrato en el Inter de Milán. Apenas cuatro años antes, terminó de desautorizar todos los primeros informes que siempre lo situaron a la sombra de su hermano o, mucho peor, a la sombra de sí mismo, para convertirse en el mejor jugador de la Champions League 2010, y de su final (2-0 ante el Bayern de Munich en el estadio Santiago Bernabéu con un doblete suyo), y en ídolo eterno para todo el aficionado neroazzurro, incluido el actual presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien invitó personalmente a Diego, a su hijo Leandro (nacido en Zaragoza y ya delantero en la cantera de Racing) y a su padre Jorge al pasado Mundial de Rusia.

Diego es un embajador mundial del Inter de Milan, del Racing de Avellaneda, del Génova y del Real Zaragoza. Y más allá de cada camiseta, es un embajador mundial del triunfo sobre uno mismo, sobre las expectativas que el resto te proyecta. Nunca es fácil manejarlas si son excesivas, ni imponerse a ellas si son reductoras. Y Diego, un silencioso convencido de su auténtico potencial, siempre lo logró, hasta cuando decidió regresar a Racing hace cuatro veranos para retirarse y pocos le creyeron al añadir que venía para retirarse… siendo campeón. “¿Cómo campeón? Si desde 2001 no lo somos y acabas de superar una grave lesión de rodilla con 35 años”, rumiaba el ambiente, siempre descreído a priori. Y lo fue. Terminó jugando dos temporadas, de septiembre de 2014 a junio de 2016, para marcar 18 goles en 53 partidos. Los seis primeros tantos de este epílogo en Racing, ayudaron al equipo dirigido por Cocca a proclamarse campeón trece años después de aquella conquista con Merlo en 2001 y elevó al Príncipe, como siempre se conoció a Diego por su parecido físico con Francescoli, a rey eterno: era el primer jugador en 50 años, el primero tras los integrantes del imbatible ‘equipo de José’, en ganar dos títulos domésticos para Racing.

Ahí le cambiaron el nombre a una calle anexa al Cilindro (campo de juego de Racing o Academia, como también se llama popularmente a la entidad) y no bautizaron de nuevo al propio estadio porque Diego nunca ha querido que los focos se centren sólo en él. Tampoco quiso acceder al club aprovechando el impulso de su retirada, en junio de 2016. Prefirió tomar distancia, dedicarle el duelo necesario a una carrera ya terminada y que aún debía asentarse en su patrimonio íntimo como vivencia y ahí resetearse como activo para el fútbol desde otra área de juego. Quizá como técnico, como su hermano Gabriel, o como director deportivo, como ya le ofreció el presidente Víctor Blanco en los días previos a su retirada del fútbol profesional.

Pasaron 18 meses de observación y análisis, del club y de su entorno, y Diego dijo presente en diciembre de 2017. Presente… si se cumplían una serie de condiciones, que no pasaron por un asunto económico. El mayor de los Milito nunca volvió a Racing, ni en su última etapa como jugador ni ahora como máximo responsable del área deportiva, para figurar. Ni mucho menos para lucrarse. La exigencia de quien siempre se pide mucho más a sí mismo que al resto pasaba por darle sentido a la figura de director deportivo; por crear una estructura de club donde su trabajo y el de, a día de hoy, cuatro colaboradores (un coordinador del fútbol base y tres ojeadores) fuese mucho más profundo que su propio icono. Así se lo exigió al presidente Blanco, dueño del céntrico e imponente hotel Savoy en Buenos Aires, y a varios directivos de la entidad a finales del año pasado. Y así se terminó aceptando.

Esta conquista es una esquina de proporciones comparables a las del Cabo de Hornos y debería valorarse más allá del título más meritorio en un fútbol que malvive entre impulsos internos de las ocurrencias deportivas de sus dirigentes y entrenadores del primer equipo. Casi todo se reduce a la urgencia, cuando no al interés, del momento y el medio plazo es un jardín del Edén casi nunca avistado en estas latitudes. El periodismo argentino define el caso en un reduccionismo habitual: “Diego Milito quiere un Racing a la europea”. En Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, Europa pasa de continente a adjetivo para todo lo medianamente ordenado, planificado y pulido; sin valorar que Europa está llena de distintas europas, algunas más próximas a lo argentino que, por ejemplo, a lo nórdico.

Diego cuida la pausa de quien tiene prisa y agita prisas para que no haya pausa. Su deseo, ahora también con su camiseta número 22 enmarcada y no puesta, es ganar el siguiente partido. Cada partido. Paso a paso, como siempre condimentaba el Mostaza. Pero sabe que el partido más importante se juega cada día y se hace en las oficinas de la entidad: ese partido es el futuro. Un futuro que pueda adelantarse lo más posible pero que siempre se elevará sobre el más estricto presente. El trabajo de Monchi en el Sevilla es su modelo más inspirador. Conocer hasta dominar el mercado para que cada venta siempre tenga más de oportunidad que de drama. Porque sólo vendiendo se crece sano y sólo conociendo se compra bien.

Este pasado verano llegó el Inter con una irrechazable oferta de 25 millones de euros por el goleador Lautaro Martínez (muy pretendido también por el Atlético) y el entorno apuraba para rechazarla y demorar seis meses el traspaso, con el objetivo cortoplacista de competir con más garantías en la actual Copa Libertadores. Racing enfrentó a River en octavos de final, este mes de septiembre, y cayó eliminado por comparecencia transparente en el partido de vuelta: 3-0 en el Monumental, tras el 0-0 de local en la ida. Pero Diego se negó porque veía más allá. Siempre ha visto más allá, lo hizo en todas sus decisiones deportivas como jugador: cuando eligió Zaragoza tras Génova pese al primer interés del Inter o cuando decidió regresar a Génova tras Zaragoza sobre las firmes ofertas del Tottenham. Milito sabía que se podía aspirar a esta Libertadores con Lautaro, igual que podían aspirar a ella sin él, pero se complicaba sanear y robustecer la estructura deportiva del club, de cara al futuro que siempre llega, sin un ingreso semejante; y más con la nueva devaluación económica que ya se cernía sobre el país.

La nueva Academia de Diego Milito, obsesionado por trabajar todos los mercados y prestarle más de un ojo al fútbol base (el joven Zaracho ya llama la atención a este lado del Atlántico), aspira al torneo argentino actual, a los venideros, y se ilusiona con presentar un proyecto deportivo candidato a conquistar la Copa Libertadores 2020 (en 2019 no participará por no clasificarse, debido a su irregular desempeño en la liga anterior a su llegada). Sería la segunda Libertadores en toda la historia del club y un legado impecable, en lo deportivo y en lo estructural, para regresar al fútbol europeo y tratar de buscar nuevas coronas, esta vez con traje y corbata. Génova, Zaragoza y Milán, claro, aparecen en la pole de probables, porque el corazón siempre ha sido el órgano más musculado del último ídolo del rey Infantino.

Asoma un nuevo Monchi en el fútbol mundial. Parecerá una exageración, como en su momento lo pareció que se le comparara, no sólo por su aspecto físico, con el mito Enzo Francescoli. Todavía es joven y no demasiado experto, pero nunca ha perdido la paciencia por llegar a ningún lado y ha terminado llegando a todos. Sólo el tiempo lo dirá. Y, se sabe, el tiempo siempre corre a favor de un Príncipe.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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