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Opinión

Proverbios persas

Hay un proverbio persa, iraní si quieren, que dice que si te arrojas a un pozo, la providencia no está obligada a ir a buscarte. Estoy de acuerdo.

Hay un proverbio persa, iraní si quieren, que dice que no dejes que tus recuerdos pesen más que tus esperanzas. Tengo la sensación de que en el entorno de la Selección española no nos lo tomamos muy en serio. De las pocas cosas en las que la mayoría de españoles nos pondríamos de acuerdo respecto a la Selección, creo que sería situar su punto de inflexión en aquella Eurocopa de Austria y Suiza que empezó a cambiarlo todo. Allí dejamos un pasado cargado de mochilas innecesarias, de fantasmas y de complejos para abrazar una nueva era. Más allá de una poderosa hornada de grandes jugadores y de algo de suerte (las cosas como son), la clave de aquella metamorfosis vino de la mano de una idea concreta. Una idea que llevó a terminó el seleccionador de entonces, Luis Aragonés.

Durante años, con cierto complejo de inferioridad, habíamos estado intentando asimilar las tendencias futbolísticas del momento (que fueron cambiando) para adaptarlas a unos jugadores que no las tenían como suyas. No funcionó. Decía Luis que era absurdo tratar de ser más alemanes que los alemanes y qué razón tenía. Es por eso que en un momento dado decidió, por primera vez, hacer otra cosa. Olvidarse de los Reales Decretos que todas las mañanas imponían las portadas de las fuerzas del orden mediático, llevar sin condicionantes a los mejores jugadores españoles que hubiese (fuesen los que fuesen) y buscar la forma de jugar que mejor se adaptase a ellos (y no a otros). Funcionó. Tanto que revolucionó el fútbol de selecciones. Tanto que acabamos siendo campeones del mundo.

Del Bosque tuvo la habilidad de recoger el testigo y de no tocar aquello que marchaba. Evitó los ataques de entrenador (tan propios de otros colegas) y realizó una gestión ejemplar de un grupo tradicionalmente complicado de gestionar. Chapeau. El problema llegó cuando, por causas naturales, hubo que empezar a tocar cosas. Entrábamos en una nueva fase desconocida y tengo la sensación de que se hizo olvidando las premisas originales. Y no me estoy refiriendo a esa estupidez del estilo, tan de moda entre los malabaristas de la información más acomplejados, sino a eso de olvidarse de las presiones externas, de llevar a los mejores jugadores y de tratar de encontrar la mejor forma de jugar para ellos (y no para mí). Tengo la sensación de que seguimos ahí. Los buenos ahora son los que las portadas dicen que son los buenos. Los jugadores, buenos o malos, tienen ahora que adaptarse a un supuesto sistema de tintes sagrados y no al revés. Como si eso del sistema fuese una fotografía conservada en un relicario que no se puede tocar. Como si el fútbol no fuese un animal vivo y en constante evolución. Hay un proverbio persa, iraní si quieren, que dice que si te arrojas a un pozo, la providencia no está obligada a ir a buscarte. Estoy de acuerdo.

El partido contra Irán fue raro, feo, complicado y espeso. Probablemente lo fue por mérito de Irán, equipo al que aplaudo desde aquí. No es el primer partido de este tipo ni será el último. El fútbol tiene esas cosas y cualquiera que lo viva más allá de los resúmenes de televisión lo sabe. No pasa nada tampoco. Sobre todo si se gana. Hoy mucho gurú de la rapsodia se abrirá las venas apelando a la tragedia y seguirá insistiendo en su concepto teológico (y caduco) del estilo. Déjenlo en su celda de aislamiento. Otros seguirán dando el coñazo con tesón, tratando de demostrar que lo que le falta al equipo es que pongan a no sé qué jugador que, casualmente, es de su propio equipo. Déjenles que insistan en la distancia. Ojalá Fernando Hierro sea capaz de aislarse de todo ese ruido (muy complicado) y empiece soltar ansiedad. La interna pero también la externa. La de ese entorno insoportable que antes del partido contra Irán decía que había que cambiar la alineación por la amenaza de un equipo cerradísimo. ¿En serio? Yo creo que no. Acumular más mediapuntas fue para mí un error. Había tantos jugadores en el mismo sitio que se estorbaban. Eran todos tan parecidos que básicamente se limitaban a hacer siempre lo mismo. Hay un proverbio persa, iraní si quieren, que dice que la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces.

Ojalá Hierro recupere también su intuición de futbolista. Esa que sí tuvo en el primer partido. Haciendo caso omiso de los gourmets del análisis, ojalá decida equilibrar algo más el equipo. Como quiera, pero con la idea de fondo de construir un conjunto más fiable y no más fotogénico. Más diverso y menos complaciente. Más competitivo y no tan demagogo. Hay un proverbio persa, iraní si quieren, que dice que está muy bien que creas en Dios pero que además amarres a tu camello. Pues eso.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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