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El Molinón y sus gradas, que tantas veces vibraron con Quini. / Foto: Alfredo Varona

Fútbol

Para mí, Quini fue esto

El miércoles 27 de febrero se cumple un año sin Quini, uno de esos futbolistas que en los 80 parecía como de la familia

A me gustaban más los extremos que le pasaban el balón, fuese Simonsen en el Barcelona o Enzo Ferrero en el Sporting. Pero en el Carrusel de la SER casi siempre caía algún gol de Quini los domingos por la tarde. Su nombre pesaba mucho al ir a hacer la quiniela los viernes por la tarde con mi padre. Entonces mi hermano y yo hacíamos un minucioso estudio de cada partido antes de rellenar la casilla del 1, x, 2. Porque la quiniela era un juego en el que tampoco queríamos perder. Y de aquel Barcelona lo que más pesaba en la balanza recuerdo que eran los goles de Quini. Quizá porque al final no hay nada que impresione tanto a los niños como los goles. Un futbolista puede ser malo, pero si hace goles nunca te atreverás a decir que es malo. Máxime en esa época en la que no sobraba información. Uno vivía de lo que veía en los resúmenes de Estudio Estadio o de las apasionantes puntuaciones que ponían en el periódico los cronistas de Marca o As. En realidad, en aquellos años partidos se retransmitían muy pocos. No tenía ese poder la televisión. No había esa abundancia de canales. Solo escuchábamos a José Ángel de la Casa, a José Félix Pons, quizás Matías Prats.

 

 

Por eso no sé cuántos partidos completos llegaría a ver yo de Quini. Pero supongo que no serían más de ocho o diez. Sin embargo, tengo un recuerdo perfecto de su cara, de su camiseta metida por debajo del pantalón, de sus medias de lana o de sus botas negras. Porque entonces los álbumes de cromos eran testigos que cumplían maravillosamente con su deber. Te impedían extrañar a los futbolistas, porque vivías todo el año a su lado. Es más, sus caras las recortabas y las colocabas en las chapas con las que jugábamos partidos memorables en la alfombra del cuarto de estar. Quini, para mí, pertenece a esa época. Retrata lo más simple o lo más complicado del fútbol: el gol, el reloj a punto, esos ojos a los que no se les escapaba uno. Una llama imposible de apagar porque el gol tenía esa heroica. Los goleadores siempre son héroes. Lo entendías en el colegio cuando los primeros que seleccionaban los compañeros para sus equipos eran a los que más goles metían. A todos nos gusta sentirnos importantes.

Quini fue un fiel reflejo de eso en mi infancia. El mismo reflejo que imaginaba este verano cuando fui con mis hijos al Tour de El Molinon en Gijón. Allí en un estadio vacío y silencioso, destinado a imaginar el pasado, fijé la mirada en esas letras blancas sobre fondo rojo que reducían distancias con el cielo en las que se escribía el nombre de Enrique Castro Quini. El pequeño me preguntó quién fue ese hombre. Pero antes de que yo le contestase lo hicieron los ojos de la empleada del club que hacía de guía, esos ojos que volvieron a humedecerse al preguntarle por Quini. Un nombre tan corto y tan largo que hace justo un año se marchó a otra parte. Fue más duro porque lo hizo sin avisar. A una edad, 68 años, en la que todavía quedan hombres jóvenes. Quini, sin embargo, se fue. Y desmintió que los goles sean eternos. Quizá por eso 365 días después, todavía hay gente despidiéndose de él: yo mismo soy uno de ellos. A cambio, le agradezco esos recuerdos que uno siempre unirá a la infancia, a aquellos años ochenta, a ese Sporting o a ese Barcelona, donde Quini parecía un ángel caído del cielo. Un amor verdadero que congeniaba igual con Schuster o Maradona en el vestuario del Barca que con la minería de La Felguera. Quizás por eso me hubiese gustado tanto entrevistarle alguna vez aunque sólo fuese para decirle lo que tipos como él significaron para la gente de mi generación, los niños de entonces, los que no sabíamos vivir sin el fútbol.

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