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Rayo y Athletic han disputado un equilibrado choque hoy en Vallecas. / Foto: José Luis Cuesta/Cordon Press

Rayo

El Rayo y el Athletic se olvidan de ganar

Los de Míchel se adelantaron en el marcador y tuvieron ocasiones para sentenciar, pero los de Berizzo equilibraron el partido en su segunda mitad (1-1)

El Rayo Vallecano y el Athletic Club de Bilbao no abandonan la zona peligrosa de la clasificación después de empatar un encuentro que los vallecanos merecieron ampliamente en su periodo inicial, los bilbaínos en buena parte de la segunda mitad y que, en su conclusión, pudo haberse decantado para cualquiera de los dos conjuntos o, como sucedió al final, para ninguno de ellos.

Habrá gente que piense que la razón es el manido cualquier tiempo pasado que siempre fue mejor (el partido estaba aplazado desde la jornada 3) u otras personas que digan que la novedad es más apasionante que lo rutinario (jugar un miércoles en un horario similar a la Champions League de esta temporada, no un fin de semana en el interminable horario de Liga), pero lo cierto es que el Rayo Vallecano jugó durante la primera mitad sus mejores minutos de lo que se lleva disputado de campaña. Controlando, con y sin balón, todas las vertientes de un juego tan impredecible como es el fútbol, los futbolistas de Míchel superaron con claridad a los de Berizzo, que, sin argumentos ofensivos, ni siquiera la velocidad arriba, únicamente pudieron suspirar frustrados y desear que el partido no llegara decidido a su tiempo de descanso. Si, al final, no llegó decidido a su asueto fue, principalmente, por dos motivos: por el VAR y por la falta de acierto en el remate de los rayistas, que llegaron a gozar de al menos media docena de oportunidades de gol en esos cuarenta y cinco minutos.

No en vano, un peligroso disparo frontal de Álex Moreno inauguró un encuentro en el que el VAR hizo acto de aparición en el minuto 12 para que el árbitro Cuadra Fernández decidiera anular un gol a Raúl de Tomás por ayudarse con la mano tras el control previo a su buen lanzamiento con el que superó a Herrerín. Sin embargo, después de que el propio RDT volviera a intentarlo con un nuevo tiro desde fuera del área, el Rayo no tuvo que esperar mucho tiempo para adelantarse en el marcador: Advíncula progresó por la derecha y pasó a Pozo, que, tras una jugada individual, superó al portero del Athletic con un disparo cruzado desde el borde del área (1-0 minuto 23). De ahí al descanso, el cuadro vallecano mereció ampliar su ventaja, pero Kakuta, Raúl de Tomás y Gálvez no lograron culminar en el segundo palo peligrosos centros desde la banda derecha.

El paso por el vestuario borró por completo la apatía de los bilbaínos, que decidieron comparecer por fin en el terreno de juego al toque de corneta de Raúl García, relevo de un desapercibido Iñaki Williams. En los primeros quince minutos de la reanudación, el mediapunta navarro mereció el gol por derribo y cabezonería, pero todos sus testarazos (tres, en total) se encontraron con el mismo cerrojo: Alberto. Sin embargo, en el minuto 66, el portero rayista no pudo hacer nada para evitar el empate del Athletic, que llegó por la insistencia del citado Raúl García: Advíncula despejó al aire, el de Pamplona porfió hasta lograr mandar un cabezazo al palo y, en el rechace, Muniain apareció desde el suelo para marcar a puerta vacía (1-1).

Ese tanto terminó por abrir definitivamente un partido que el Rayo, a base de ambición, volcó hacia el área defendida por Herrerín y que el Athletic buscó ganar desde los espacios concedidos. Gálvez, con un remate de espuela y un cabezazo, tuvo la victoria local, pero los bilbaínos también pudieron llevarse los tres puntos en una peligrosa falta de Suaseta en la que Alberto salió fatal a despejar. Al final, ni el uno ni el otro lograron el triunfo porque hay tendencias que definen los acontecimientos: el Rayo acumula seis encuentros sin ganar; el Athletic, ocho. Al menos, les queda la consolación: en el deporte, las oportunidades de redención regresan cada pocos días.

Periodista en retirada. De Guadalajara a Madrid, pero siempre volviendo al punto de partida. Se marchó a vivir a Estados Unidos porque estaba cansado de trasnochar para ver deporte, dormir poco y levantarse con sueño. Ahora, las ojeras en la cara vuelven a ser su seña de identidad

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