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Real Madrid

El empate perfecto

La igualada sin goles glorifica a los porteros que tenían que evitarlos. Courtois y Oblak fueron los mejores de un buen partido.

La eterna pregunta (una de ellas). ¿Puede un partido que termina 0-0 ser espléndido? Puede, naturalmente. Es más, tal vez ese marcador nos aproxime a la perfección como ningún otro. Todos juegan bien, los defensas equilibran los méritos de los delanteros, los mediocampistas se anulan y los porteros se erigen en protagonistas fundamentales. Así ocurrió. Y fue de lo más divertido, apasionante, me atrevo a afirmar. Diría que solo faltó una prórroga de medias caídas para que resultara maravilloso. Real Madrid y Atlético necesitan de un tiempo extra para dirimir sus pleitos, está claro. Otra cosa sería demasiado convencional. Después de dos finales de Champions, noventa minutos se quedan cortos, quizá la Liga también sea demasiado pequeña.

Veamos. El empate sin goles glorifica a los porteros que tenían que evitarlos. Courtois fue el primero en lucirse con dos salidas en desventaja frente a aviesos atacantes (Griezmann y Diego Costa). En ambos casos se abrió como un paraguas negro y gigante. Y por donde no pasa el agua, tampoco atraviesa el balón. Oblak hizo cosa parecida cuando el Bernabéu ya celebraba el gol de Asensio, en la última recta del partido. Estamos en condiciones de afirmar que uno y otro podrían cenar en la misma mesa.

Sin nadie capaz de burlar a los porteros, el combate exigió del máximo ingenio de los futbolistas para generar ocasiones de gol. Únicamente las jugadas excelentes terminaban dentro del área. Es la consecuencia de tantos duelos de nivel. Los equipos se conocen de memoria y los entrenadores calcan su escudo antimisiles. La novedad, ya certificada en la Supercopa de Europa, es que el Atlético ha dejado de sentir miedo, o de temer a las brujas, a los dioses de toga blanca. Su aplomo, con independencia del juego, resulta encomiable. También es de admirar que el Real Madrid sostenga la mirada de un enemigo semejante, con tantos motivos para odiarle.

El dominio atlético en el primer tiempo terminó cuando Ceballos sustituyó a Bale, el más incisivo de los blancos, lesionado en un aductor. El sevillano favoreció la circulación de la pelota, abanicó las acciones de ataque y desconcertó a un sistema defensivo que sufre con la improvisación ajena. Y Ceballos improvisa tanto que desconoce lo que hará cuando ya ha comenzado a hacerlo. Le ayuda mucho tener las piernas de goma.

Antes, el jefe del partido había sido Rodri, 22 años, los mismos que Ceballos. Hablamos de uno de esos jóvenes, pocos, que nacen con la cabeza amueblada y la paz interior de los monjes budistas. Es reconfortante comprobar que Busquets tiene descendencia.

Para la polémica (caso de que haya ganas de discutir) quedarán dos manos (Ramos y Casemiro) que no fueron revisadas por el árbitro y que tampoco merecen que perdamos demasiado el tiempo. Partidos tan grandes no deben decidirse por cuestiones tan pequeñas que nos obligan a medir el ángulo de los brazos y adentrarnos en el subconsciente de los intervinientes.

Es evidente que el empate le duele más al Madrid, en primer lugar por no aprovechar los tropiezos del Barcelona, pero también por los debates que se están instalando en la grada. El público cada vez tolera peor el romanticismo desmayado de Benzema y pide de manera mayoritaria a Mariano porque aún no se atreve a gritar Cristiano. Lopetegui no atendió a sus peticiones y dio entrada a Vinicius, que era una reclamación de otra tarde. Esa pérdida de sintonía provocará ruido, y el mucho ruido, ya se sabe, termina en sordera.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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