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Laurent Fignon y Bernard Hinault comandan el pelotón durante la Vuelta de 1983. Más atrás marcha Greg Lemond. CORDON PRESS

Ciclismo

Capitalismo estilo Guimard: la organización interna del Renault

Primer punto de la doctrina Guimard: el ciclismo debe de olvidar sus más de 80 años de historia como deporte individual y entender que vestir el mismo maillot significa formar parte de un equipo.

A mediados de los años 70 el ciclismo era un deporte aun anclado en los tiempos de Coppi, de Anquetil, una actividad que realmente apenas había evolucionado en los últimos treinta o cuarenta años. Estructuras, organizaciones e incluso formas de entrenamiento permanecían obsoletas, sin nadie que supiera, o quisiera, iniciar una entrada en la modernidad que se estaba demorando en exceso. Y entonces apareció él.

En 1976 Cyrille Guimard es un ciclista de éxito prematuramente retirado por unas molestias crónicas en las rodillas. Es, también, el más joven director deportivo de todo el pelotón internacional, alguien que pronto coge las riendas del equipo Gitane-Campagnolo y que lo hace con una única intención: cambiar por completo todo el orden establecido. Sus éxitos serán tales que muy pronto el sistema Guimard será respetado, imitado e intentado mejorar en todo el mundo. Y es que desde ese 1976 hasta 1990 los corredores de Guimard (o aquellos que pasaron por su estructura) se imponen en nada menos que 11 Tours de Francia…

Quizás el primer punto que se deba tener en cuenta para explicar este éxito es la identidad entre patrocinador, equipo y director. Dijimos antes que fue Gitane la marca principal en el maillot del primer “año Guimard”. Con todo, quizá se deba hacer alguna aclaración. Y es que aquella fábrica de bicicletas, pequeña pero con mucha solera, pertenecía realmente al Grupo Renault. O, mejor dicho, a la muy particular forma de entidad pública que era en aquel entonces el Grupo Renault.

Acabada la Segunda Guerra Mundial los sucesivos gobiernos franceses emprenden el mayor esfuerzo de nacionalización que jamás se haya visto en la Europa Occidental de la mano de ese anómalo y poco estético creador del estado del bienestar que fue De Gaulle. De esta forma pasaron a ser públicos en el país galo el transporte aéreo, el transporte marítimo, 32 empresas aseguradoras, todas las empresas de suministros públicos, las minas, las industrias que generaban munición, la fabricación de aviones y, sobre todo, el enorme holding empresarial de Renault, la famosa y popular Regie. De esta forma en mayo de 1946 la quinta parte de la capacidad industrial francesa era estatal.

La historia de Renault se retrotrae hasta los hermanos Renault, quienes a principios del siglo XX se dedicaron en cuerpo y alma a la fabricación de automóviles, llegando a competir en algunas carreras pioneras del sector (en una de ellas, la trágica París-Madrid, encontró su muerte Marcel Renault). Con el tiempo sus fábricas llegan a emplear a más de 30.000 personas en todo el Hexágono, y se multiplican los campos en los que la marca del rombo está presente. Sin embargo, la colaboración de Louis Renault con los dos regímenes que coexistieron en Francia durante la ocupación nazi (el dirigido directamente por los alemanes y el colaboracionista de Vichy), hace que el 1 de enero de 1945 (apenas dos meses después de la muerte de Louis) la fábrica sea arrancada del capital privado y nacionalizada.

De esta forma la Regie pasa a ser algo intrínsecamente ligado al espíritu francés de la posguerra, algo consustancial a esa nueva forma de vida y desarrollo que está encontrando en el Hexágono un campo de desarrollo perfecto. Así, por ejemplo, en 1962 los obreros de la Renault obtienen de forma pionera cuatro semanas de vacaciones pagadas, algo que tardará hasta siete años en implantarse dentro de otra empresa pública como la del metro, lo que habla bien a las claras de la potencia política, sindical e incluso simbólica que tenía Renault en Francia. Bien que se podrá apreciar décadas después, cuando a mediados de los años ochenta el gobierno francés opte por no deshacerse de servicios públicos y empresas estratégicas como la Regie, que estaban en medio de una brutal crisis económica que, entre otras cosas, se llevó por delante al equipo ciclista. Y aquello, en plena época Tatcher, cuando la británica estaba desmontando a pasos agigantados el estado del bienestar y conminaba a sus socios europeos a hacer lo mismo (¿les suena?) fue realmente impactante…

Y es allí, precisamente allí, donde cae Cyrille Guimard. El joven Cyrille. El revolucionario Cyrille. Y pronto, muy pronto, los resultados empiezan a llegar, amparados en una organización realmente novedosa que se basaba en el cuidado de todos los detalles y en la continua motivación para todos y cada uno de los eslabones de la cadena.

Primer punto de la doctrina Guimard: el ciclismo debe de olvidar sus más de ochenta años de historia como deporte individual y entender que vestir el mismo maillot significa formar parte de un equipo. Si un ciclista vence, llega a escribir, lo único que hace es tomar ventaja del trabajo de todos, desde sus compañeros en la bicicleta hasta mecánicos y directores. Los equipos de Guimard siempre tuvieron un líder poderoso y bien definido (Van Impe en su primer año, luego Hinault y finalmente Fignon), pero sus equipiers eran ciclistas de calidad y, sobre todo, ambiciosos, preparados para conseguir victorias ellos también. Lo importante era el equipo y remar todos en la misma dirección.

Cyrille Guimard, con Greg LeMond en el Tour de 1984. CORDON PRESS

Pero conseguir esto no era fácil… ¿cómo lograr que hombres veteranos sacrifiquen sus opciones para ayudar a un, por ejemplo, imberbe Fignon? Guimard logra esto combinando dos aspectos fundamentales: el económico y el sentimental.

El más importante era, claro, el dinero. De esta forma Cyrille Guimard había establecido un ranking de premios que dependía de las victorias de sus corredores. De esta forma, si un ciclista ganaba una carrera, el salario de los demás se veía incrementado. Pero ojo, no podía ser cualquier hombre o cualquier carrera. Si Bernard Hinault, por ejemplo, ganaba una prueba menor la misma no tenía incidencia pecuniaria, pero si esa misma carrera veía levantar las manos a otro de los hombres de la Renault, alguien más modesto, esto revertía en beneficio del bolsillo de todos, igual que si lo que ganaba Hinault era el Tour de Francia. ¿Consecuencia? Los hombres de Guimard salían a muerte en todas las pruebas, y los líderes trabajaban gustosamente para engordar el palmarés de sus gregarios en competiciones que, en un principio, apenas les deberían interesar… Maquiavélicamente perfecto. Evidentemente esto acarreaba que el salario base de los deportistas de la Renault fuera relativamente bajo, pero sus ganancias efectivas a lo largo del año se convirtieran en las mayores del pelotón internacional.

Derivado de lo anterior venía la necesidad de contar con menos ciclistas en el equipo, pasando de los 25 de un equipo “antiguo” a un número de 15-17, con el fin de poder mantener el sistema antes visto. Pero, ¿cómo hacer que se compenetrasen entre ellos? Recurriendo al aspecto sentimental mediante concentraciones frecuentes, que normalmente se llevaban a cabo en el lugar de origen de algún ciclista. De esta forma se lograba que el “anfitrión” mostrase orgulloso su región al resto, aumentando su importancia simbólica dentro del grupo, y mejorando la convivencia de todos mediante la celebración de largas sobremesas… La siguiente concentración tendría lugar en la región de otro de los ciclistas, y así sucesivamente…

Huelga decir que para controlar todo lo anterior hay que desarrollar otro de los puntos clave de la doctrina Guimard: el director deportivo, en este caso Cyrille, tiene completo control sobre todos los aspectos del equipo, desde la dirección en carrera, hasta la negociación de los salarios o la contratación de sponsors secundarios. Con el bretón se acaban los directores que eran meros chóferes, y entramos en un concepto de manager que posteriormente ha sido muy explotado, por ejemplo, en el fútbol inglés.

Por último, Guimard se preocupa de aprovechar la relación simbólica entre su exitoso conjunto y la casa que lo patrocina. Así, el joven pero astuto director no dejaba pasar ocasión para poner de relieve esa relación, ese sentimiento de familiaridad y pertenencia que todos los franceses tenían para lo que no dejaba de ser una empresa nacional. Algo que le resultaba muy ventajoso, por ejemplo, de cara a la prensa, y que ayudaba a mantener incólume la imagen de hombres tan conflictivos y, sí, “negativos” como Bernard Hinault. Por último Guimard utilizaba toda la tecnología que la Regie ponía a su alcance, desde el túnel del viento hasta los estudios ergonómicos, para lograr el mejor rendimiento de sus ciclistas. Genio y figura, una simbiosis perfecta entre corredor, director y sponsor.

Ah, Guimard también fue el pionero en vincular el seguimiento médico de todos sus ciclistas a un mismo centro, el Hospital de Nantes, y en proponer que cualquier ciclista cazado como positivo en un control antidoping fuera despedido fulminantemente. Es precisamente en Nantes donde aparece otro personaje clave en esta epopeya: Bernard Sainz. Pero esa es, quizás, otra historia…

Guimard, en 2019, posa con el maillot amarillo que vistió durante siete días en el Tour de 1972 y con una foto de una de sus victorias de etapa en el Tour. CORDON PRESS

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