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Los jugadores del Girona celebran uno de los goles.
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Real Madrid

El ritmo del garaje

Un garaje no es sólo el dormitorio de los automóviles, también es el lugar donde las startups sueñan con derribar a las grandes corporaciones. Allí reúnen su munición y le dan brillo, mientras bromean con las caras de incredulidad que pondrán los CEO’s de las multinacionales cuando por fin les puedan patear el culo.

Algo así debían pensar los dos amigos de Stanford, Bill y David, cuando en el garaje de su casa fantaseaban con la idea de derribar el monopolio tecnológico de IBM. Eran los años 60, vivían en California, disfrutaban de un clima perfecto y la droga era un producto más a mano de lo que para nosotros son las aceitunas rellenas de anchoas. Renunciaron a la marihuana y la cambiaron por trabajo duro, tomando la decisión de usar sus apellidos para lo que algún día se convertiría en una empresa, Hewlett-Packard.

Muy pocas startups consiguen cumplir sus sueños. Se pasan noches enteras sin dormir, lloran sin que nadie les consuele y tienen a gente trabajando a destajo con nombres extraños: “Portu”, “Maffeo”, “Aday”, “Stuani”. Están hambrientos, no gastan más que lo imprescindible, aguantan la semana completa pillando en el Mercadona las sopitas Yatekomo.

A kilómetros de distancia, en la zona alta de la ciudad, viven los grandes ricachones. Esos que van a trabajar con trajes de Ermenegildo Zegna decorados distraídamente con pañuelos de Hermès asomando por el bolsillo. En la puerta de sus despachos, esculpidos en bajo relieve, sus nombres brillan con letras de oro: “Cristiano”, “Marcelo”, “Kroos”. Estos no tienen hambre, están bien saciados, tienen tanto dinero que les parece vulgar bajar a comprar las trufas al Sánchez Romero.

El principio del fin comienza de este modo: la sensación íntima de ser invulnerable. No lo dices, pero lo sabes. Estas grandes empresas se acostumbran a vivir una realidad paralela, convirtiendo en certezas cualquier conjetura. Ya no preguntan nada, en realidad lo saben todo, lo han ganado todo, llevan en la camiseta un galardón dorado que subraya su superioridad planetaria … ¿qué lección puede dar un chaval de Murcia a un Premio Nobel de Física? Las medallas de los campeones son el cimiento de una isla de Alcatraz, un pedazo de roca escarpada bajo tierra que conserva 12 vitrinas monísimas que permiten admirar sus Champions.

Si este equipo aún conservara sus poderes, tendría en la sala de trofeos a su peor enemigo, la Kryptonita. La Historia del Real Madrid y una rutina de victorias ha convertido a este equipo en una plantilla mediocre a la que se le cae el boli cuando dan las 18h.  Ver al Girona vencer al Madrid me recuerda a la derrota de las poderosas Ray Ban en manos de las insignificantes Hawkers. Nos guste o no, la lógica de los locos del garaje se ha impuesto a pesar del gol de Isco. El empeño del Girona ha sido tan infinitamente superior al del Real Madrid, tan descarado, que resultaba estúpido con el 1-0 preguntarse quién deseaba más la victoria.

Ser una startup es tener un propósito, es saber responder a la madre de todas las preguntas, esa que te haces mientras te miras en el espejo: “¿Por qué estoy dedicando mi vida a esto?”. Si sabes responder adecuadamente a esta pregunta quemas todas tus naves, te pasas las noches en vela, le das la vuelta a la pirámide de Maslow y vives tu trabajo como una cuestión de vida o muerte. Y claro, si eres el Real Madrid y enfrente tienes a uno de estos, se te queda una cara como si estuvieras viendo la segunda temporada de Stranger Things.

Las startups sueñan con patear culos, es por eso por lo que juegan a la contra mientras cantas al ritmo del garaje:

“Cualquier noche los gatos de tu callejón

le aullarán a gritos esta canción:

Porque yo tengo una banda de Rock’n Roll”.

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