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Roger Federer
Roger Federer. / @AustralianOpen

Australian Open

Federer canta los veinte

Vigésimo título de Grand Slam del suizo ante Marin Cilic (6-2, 6-7, 6-3, 3-6 y 6-1 ) y segundo consecutivo en Melbourne.

Hace nueve años Roger Federer derramaba unas cuántas lágrimas aferrado al trofeo que lo acreditaba como subcampeón del Open de Australia. Enfrente, un Rafa Nadal que lo había sometido tras cuatro horas y media de tiroteo inquebrantable entre ambos. Por aquél entonces, a Federer le faltaba un Grand Slam para igualar la marca de Pete Sampras (14), y a Rafa le sobró elegancia y conocimiento de este deporte: “Eres un gran campeón y mejorarás el récord de 14 grandes de Sampras”.

Nueve años después Roger Federer saltaba a la Rod Laver como el tenista que más finales de Grand Slam iba a jugar en esta nueva era abierta (30). Sin paliativos de por medio frente a Marin Cilic, acordándose de lo que el mejor tenista de la historia es capaz de hacer, que no de su fecha de nacimiento (tercer jugador más longevo en disputar una final en Melbourne tras Ken Rosewall y Malcolm Anderson). En el primer set, Roger puso el modo velocidad de crucero para que Cilic disfrutase del espectáculo y el trámite fuese breve e indoloro. Gracias a un tenis de otra época y con el croata acusando el miedo escénico, el de Basilea no tuvo ni que romper a sudar.


 

Hay que darle a Marin Cilic el mérito que merece. Acostumbrado al segundo plano por voluntad propia, el número 6 del mundo es un tenista irregular, casi envilecido en el circuito, aspecto que lo hace terriblemente peligroso. De pasar desapercibido en el Masters de Londres (cuando se esperaba mucho más de él) a plantarse en la final del primer Grand Slam del año. En la segunda manga Cilic despertó y decidió subir a la red para presionar un poco a Roger, y lo logró en varias ocasiones. Gracias a una evolución en su gestión de los puntos y a los errores no forzados de Federer, el croata aguantó en el segundo set hasta un igualado tie-break que se llevó justamente al bolsillo (6-7). La derecha de Cilic fue el cañón al que nos tiene acostumbrados y el partido comenzó de nuevo. Por cierto, primer set que entregaba Roger Federer en todo el torneo.


 

En el tercer set (6-3), el balcánico volvió a sentarse en el pupitre después del recreo, para observar cómo la sombra del maestro asomaba por la puerta. Federer se pudo permitir perder el segundo set en una hora de juego (cuyo desgaste fue para Cilic), para ganar el tercero en 28 minutos.  Si Cilic es especialista en manejar los tiempos del partido con un servicio inconmensurable y muchas veces, prácticamente incontestable, Roger abrió el suyo para propiciar la incomodidad del croata al resto. Si en los pies de Cilic está su punto débil, Roger jugueteó con los cruzados para obligar a Marin a explorar los límites de la pista. Muévete tú, que a mi me da la risa. Roger es un estratega y entiende el tenis como nadie, de ahí se extrae su facilidad para ganar y su inercia, sabe leer entre líneas a todos sus rivales, se mete en su cabeza, es un virus con denominación de origen.

El cuarto set tuvo de nuevo a Cilic como protagonista. Agarrándose a la pista y volviendo a confiar en sus golpes desde el fondo para mover a Federer, el croata llevaba el partido al quinto set (3-6), mientras Roger parecía algo fatigado ante la falta de costumbre por haberse paseado en este torneo hasta que llegó a la final.

Federer solo juega al tenis. Y ya sabéis lo que ocurre cuando uno hace las cosas por puro placer y no por obligación, se es mucho más feliz, e incluso me atrevería a decir, que hace mucho más feliz a los que le rodean. El quinto y definitivo set fue una oda a los principios del tenis por parte del suizo (6-1), mientras Cilic fue un espejismo. Pero para Federer pareció otro espectáculo gratuito de quien desafía las leyes de la física años tras año. Ya son veinte los Grand Slams que acumula la leyenda viviente. ¿Y lo mejor? Que la historia sigue su curso y el suizo pretende reescribirla tantas veces como sean necesarias. Roger Federer sigue siendo el eje del sistema solar tenístico.

Periodista. Si suena Ella Fitzgerald, mejor. LaLaLandera. Tiene carácter, talento y, para colmo, nació cuando la mayor parte de nosotros ya teníamos media carrera hecha (o deshecha). Posee una gran habilidad para salir al corte en el fútbol y en la redacción, aunque es más de ponerla en la escuadra. Emperatriz de la batcueva.

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