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Rubalcaba
Alfredo Pérez Rubalcaba. CORDON PRESS

Política

Adiós a un hombre tranquilo

Alfredo Pérez Rubalcaba ha fallecido en Madrid a los 67 años. La historia del PSOE en las últimas tres décadas no puede entenderse sin estudiar su figura. 

Fue Ministro y portavoz con Felipe González, vicepresidente y portavoz con José Luis Rodríguez Zapatero, y candidato del caos teniendo que capear el temporal de una crisis económica que ya le dejaría huellas en la piel para toda la vida. Aquella derrota en las elecciones del 2011 no pudo hundirle, renació de sus cenizas y logró la victoria en un Congreso del PSOE para hacerse capitán de un barco a la deriva. Rubalcaba dirigió al PSOE desde febrero de 2012 hasta julio de 2014, cuando se celebró el Congreso que entregaría las llaves del partido a un tal Pedro Sánchez. Con la conciencia tranquila y la calma intacta, regresó a su puesto como profesor de Químicas en la Universidad Complutense después de varias décadas a los pies de los caballos del servicio público, donde todavía le quedaba por encajar el duro golpe que supusieron las elecciones europeas de 2014 para el PSOE. Encajó la derecha con filosofía, nunca quiso usar la mano izquierda para responder a las provocaciones, y en su palmarés ya quedará grabada para siempre una victoria que nunca le agradecimos lo suficiente: el cese de la violencia por parte de ETA. Fugaz es la memoria cuando debemos dar las gracias a aquellos que no ondean nuestras mismas banderas.

“Cuanto menos se tiene más importante es tu voto. Los votos construyen hospitales. Con la indiferencia no se construye nada”

Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido abrazado por todas las generaciones socialistas, por los que fueron, por los que son y por las juventudes. Por el hospital donde se aferraba a la vida estos últimos días hemos visto pasar a compañeros y compañeras de batalla de toda la vida como Javier Solana, Joaquín Almunia, Jaime Lissavetzky, José Enrique Serrano, Enrique Guerrero, Rodolfo Ares, Gaspar Zarrías, Juan José Laborda o Valeriano Gómez. También a la que fue su camarada como vicesecretaria general, Elena Valenciano, y su antecesor en el cargo, el exministro José Blanco. Antonio Hernando, Óscar López y Juan Moscoso. Eduardo Madina o Soraya Rodríguez. Susana Díaz o Cándido Conde Pumpido. Y Javier Fernández, amigo íntimo, presidente del Principado de Asturias. También acudió Pedro Sánchez, junto a Adriana Lastra y José Luis Ábalos; Cristina Narbona, María Jesús Montero, Fernando Grande-Marlaska, Luis Planas o Isabel Celaá. Rubalcaba tenía ese don, el de la transigencia, el de la unión, el del diálogo, el de elegir la palabra adecuada antes que la agresiva. 

Las mujeres siempre hemos sido parte fundamental de su discurso. En mi memoria todavía retumban, por ejemplo, aquellas palabras que le dedicó a Mariano Rajoy  en 2014, poco antes de anunciar su renuncia al escaño y su regreso a la Universidad: “Señor Rajoy, las mujeres españolas no le necesitan de tutor”. Gran parte del grupo de mujeres que le acompañaron en su carrera política, Elena Salgado, María Teresa Fernández de la Vega, Margarita Robles o Magdalena Valerio, se reunieron en la última gala de los premios Ortega y Gasset para convertir la ceremonia en un auténtico homenaje para el que ha sido un leal servidor, un aliado fiel de la causa: “Él hubiera venido, así que va por él”.

“La ley del aborto es discriminatoria y va contra la libertad de las mujeres. ¿Tienen que esperar las mujeres otros 30 años para que llegue usted a la ley de plazos? Le pido que la retire y no pretenda usted extender la moral de la derecha más extrema al total de las mujeres, ni las obligue a luchar por libertades que ya tenían”.

Apegado a su pacífica trinchera, Rubalcaba ha sido uno de los políticos que más insultos ha sufrido por parte de la derechita cobarde. Recuerda el periodista José María Izquierdo, en una carta abierta publicada por La SER dedicada al socialista, algunas de las frases que le dedicaron desde el otro lado de la orilla:

«Querido Alfredo,

Tú eras el político y yo el periodista cuando nos enzarzábamos en sonoras broncas, tú hurtando el cuerpo para no contar determinadas cosas bajo tu mando, y yo insistiendo para saberlas. Años después pasamos juntos varias horas para elaborar el documental y el libro El fin de ETA. Seguíamos en nuestras trincheras, pero ya se sabe que el roce tiene algunas consecuencias. Recordábamos, por ejemplo, que quizá hayas sido el político más vejado y más calumniado, como este Ojo recogió en el libro Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna. Aquella jauría de insultadores profesionales dijeron de ti cosas como las siguientes: “Risa de hiena, piel de cordero, dentellada de lobo”; “Algunos atribuyen su éxito profesional a su falta de descendencia”; “De una amoralidad absolutamente escandalosa”; “Es la etiqueta de Anís del Mono”; “Ha contribuido de modo decisivo a que España sea uno de los países más salvajes de Occidente»; “Desprecia a las víctimas del terrorismo”, o “Rastrero, repulsivo, reptil”. A tal potaje se sumó gustoso el PP, con una campaña inmunda que duró años, con algunos de sus mamporreros, recordemos a Ignacio Cosidó en lugar destacado, encelados en la infamia, mientras tú luchabas para acabar con ETA. Suerte tuvieron, tú no eras como ellos y callaste. Recibiste demasiados insultos y nunca el homenaje que te merecías».

Alfredo Pérez Rubalcaba se ha marchado arropado por los suyos, por todos aquellos que aquel 26 de junio del 2014 nos pusimos de pie para despedirle cuando anunciaba su renuncia al escaño y su regreso a las aulas. Tras 21 años como diputado, y después de haber sido vicepresidente del Gobierno, ministro, portavoz del grupo socialista y secretario general del PSOE, Rubalcaba cedió el testigo para construir un nuevo PSOE que cinco años después ha vuelto, y ahora quiere retenerle en su recuerdo más que nunca. Ese día, mientras la bancada socialista se levantaba para romperse las manos en un aplauso largo y tendido, Alfredo permaneció sentado, tranquilo, casi hasta avergonzado por la muestra de cariño. Ese que tanto le debimos en vida.

Hoy, una rosa se marchita.

 

Periodista. Si suena Ella Fitzgerald, mejor. LaLaLandera. Tiene carácter, talento y, para colmo, nació cuando la mayor parte de nosotros ya teníamos media carrera hecha (o deshecha). Posee una gran habilidad para salir al corte en el fútbol y en la redacción, aunque es más de ponerla en la escuadra. Emperatriz de la batcueva.

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