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Baloncesto

Rudy Fernández: condiciones materiales y conciencia

Lejos queda aquel joven que, a la manera de Llull, penetraba contra todo y contra todos aprovechando su superioridad física. A cambio, puede presumir de ser el mejor defensor exterior europeo.

Decía Marx que las condiciones materiales determinan la conciencia y, aunque la excesiva contundencia del verbo empleado pueda restarle algo de precisión y rigor, no cabe duda de que la sentencia encierra mucha verdad. La opulencia o la falta de pan en la mesa influyen de manera decisiva en la percepción que el sujeto tiene del mundo que le rodea, y también en la forma en que se relacionará con él. Por otro lado, si la aplicamos a las facultades físicas, la relevancia de la afirmación aumenta. No se trata de algo tan liviano como si el azul que ves tú es el mismo que veo yo, sino la inevitable disimilitud en comparación con quien no ve —el que, según un terriblemente atinado Roberto Fontanarrosa, cada día solo se reconoce cuando se lava la cara—.

En el mundo del deporte, afortunadamente, las disparidades se enmarcan en un ámbito muchísimo menos trascendental. No obstante, la máxima se sigue cumpliendo: las condiciones materiales y físicas —en este contexto, fusionadas— marcan la carrera de un profesional, propulsándola o limitándola, inclementemente caprichosas. El deportista siempre piensa que posee un elevado grado de control sobre ellas si se cuida y es ordenado: un consuelo ficticio necesario para no caer en el nihilismo, pero nada más.

La primera parte de la carrera de Rudy Fernández podría resumirse en su jugada archiconocida frente a nada menos que Dwight Howard en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Un mate descomunal, exuberancia y potencia físicas contra el mayor coloso de entre todos los pívots americanos de aquel entonces, que servía como ilustración de un estilo pletórico, repleto de alley-oops y de penetraciones al aro casi suicidas de puro heterodoxas. Habilidades que le hicieron dar el salto a la NBA y destacar en sus primeras temporadas hasta el punto de ser seleccionado para el concurso de mates del All-Star. Sin embargo, una lesión en la espalda y el paso por el quirófano lo cambiaron todo. Su juego mutó, fruto de la lógica desconfianza mientras recuperaba sensaciones, a una suerte de rol de especialista en triples saliendo desde el banquillo, algo que lo ayudó poco. Al igual que la actitud de su entrenador, McMillan, quien compró muchas papeletas para que el sueño americano de Fernández terminase antes de lo previsto. Condiciones materiales adversas.

El Rudy que volvió a Europa continuaba siendo diferencial, mas de otra forma. El Madrid de Laso lo usó como eje alrededor del que vertebrar una nueva manera de defender, menos relacionada con la corpulencia que con la velocidad y la anticipación. En torno a Rudy se generó un equipo donde los defensores presionaban y se retiraban como de si un enjambre de avispas se tratara, incluso los pívots. Su papel extraordinario en la intendencia, su dificultad para las penetraciones por el renqueo en algunos contactos y alguna racha de falta de confianza en el tiro lo llevaron —¿lo determinaron?— a especializarse como defensor de exteriores, algunos de ellos más altos y fuertes que él. Y el Madrid dio el salto de calidad que necesitaba para asentar el proyecto más atractivo del baloncesto español de los últimos veinticinco años. Cuando en 2018 fue nombrado MVP de la final de la Liga ganada por los blancos en Vitoria, en virtud de una actuación estelar con 27 puntos en el partido clave, Rudy parecía hasta un punto perdido en medio de la euforia. Como si una carrera europea construida a base de aportar fuera de los focos, haciendo el trabajo menos reconocido y vistoso, lo hubiese incapacitado para recibir las distinciones individuales que sus inicios prometían.

Este mes Rudy ha vuelto a Pekín, de nuevo con la Selección española. Lejos queda aquel joven que, un poco a la manera de su amigo Llull, penetraba contra todo y contra todos aprovechando su superioridad física. A cambio, puede presumir de ser el mejor defensor exterior europeo a unos nada desdeñables treinta y cuatro años. Elegido o determinado, liberal o marxista, sus decisiones o el destino no lo han tratado nada mal. Para su felicidad, y la de todos nosotros.

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