Rusia, la revolución que no llega - Mundial Rusia 2018 - A la Contra
¡Síguenos!

Mundial Rusia 2018

Rusia, la revolución que no llega

Esa coreografía perfecta que es Alemania y que ya triunfó en Brasil, no parece haberse resentido cuatro años después en vísperas del Mundial.

Escribió Bertolt Bretch que las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Pocos lugares como Rusia para entender esas palabras. Hace un siglo se presentaban al mundo como la gran luz del Este, derrocando al caduco régimen zarista, seduciendo al pueblo en un octubre rojo que no solo les prometía pan, sino también poder. Cien años después sabemos que el sistema económico colapsó, que la URSS terminaría rota en mil pedazos y que la guerra fría sería una magnífica fuente de inspiración para el cine y la literatura. Y es justo ahora cuando el mundo vuelve a posar sus ojos en la estepa rusa. Ya no miran al Palacio de Invierno, sino al Estadio Luznhiki. No hay espacio para las protestas y las manifestaciones en la Plaza Roja, ahora resuenan los quilombos musicales provocados por argentinos y uruguayos. En esta Rusia 2018 la única dictadura del proletariado que existe es la que dicta la pelota, al menos durante el próximo mes, cuando el legado de los Yashin, Streltsov, Blokhin, Mostovoi o Salenko desempolve sentimientos de orgullo y pasión comparables a los desatados por un desfile del Ejército Rojo. Aquellos fueron diez días que estremecieron al mundo, según nos contó John Reed. Ahora tenemos un mes por delante para hacer de la victoria y la derrota varios tratados.

La Rusia futbolística lleva varios años intentando desarrollar su particular Perestroika. Una reestructuración interna que le aleje de los vicios instaurados en la URSS tanto en preparación de los deportistas como en el desarrollo del juego, y le conecte con un fútbol cada vez más veloz y más técnico, donde el físico ya no es tan dominante. El telón de acero tardó aún más en caer para el balompié y a la fuga de talentos de la primera década siguió un empobrecimiento de las estructuras y de los planteamientos tácticos. En la geopolítica del césped la anarquía reinante arruinaba cualquier atisbo de revolución con la pelota. Y así, buenas hornadas como la de la Euro 2008 se ahogaron en un espejismo de vodka. Por eso llevan años preparándose para su Mundial, modelando su carácter y su juego con viejos maestros que van desde Guus Hiddink hasta Fabio Capello. En esta ocasión, su particular Gorbachov será Stanislav Cherchenov, el hombre encargado de guiar a Golovin, Smolov, Dzagoev y compañía hacia un nuevo orden mundial. El reto resulta mayúsculo, casi tanto, como disolver la URSS a finales de los ochenta.

Quizá por ello el Zar de este Mundial ya sabemos que no ha nacido en Rusia. El Kremlin busca sucesor de Nicolás II, el último de la dinastía de los Romanov que gobernó. Lo hicieron durante 304 años, casi los mismos que llevan Messi y Cristiano reinando en el fútbol. Para los dos es ahora o nunca. Ambos han comprado billete en el Transiberiano, dispuestos a conquistar el último territorio inexplorado que les queda: sentirse por un día como el Miguel Strogoff de Julio Verne mientras atravesaba Siberia. Saben que será un viaje largo, también duro, van preparados para el frío de las críticas, aunque son conscientes de que a día de hoy hay mejores medios de transporte para llegar hasta Moscú. Argentina y Portugal tienen a Kasparov y Karpov respectivamente, pero les faltan más piezas en el tablero para hacer jaque mate.

Todo apunta a que serán otros los que abrirán de par en par las puertas del Teatro Bolshoi (grande en ruso), inaugurado en 1825. Allí siempre han gustado las obras más corales y se ha apostado por el ballet clásico. Cuesta no imaginarse encima de ese escenario a la Alemania de Joachim Low, actual campeona del mundo, dando un recital de pases, alternando posiciones entres sus centrocampistas y permutando delanteros que cargan el área como si del asedio a Stalingrado (actual Volgogrado) se tratara. Esa coreografía perfecta que ya triunfó en Brasil, no parece haberse resentido por la necesaria transición cuatro años después. Del ballet se han caído Lahm, Schweinsteiger y Klose (máximo goleador de los Mundiales) y el espectáculo no merma gracias a la aparición de los Kimmich, Goretzka y Werner. Alemania es El lago de los cisnes de Piotr Chaikovski, una obra, por cierto, estrenada en el Bolshoi en 1877. No descarten que repitan actuación 141 años más tarde.

Sobre todo, después de que la Selección Española revisionara el clásico de Leon Tolstoi, Guerra y Paz. España acudía a Rusia como una de las favoritas tras su brillante clasificación, basada en un juego dinámico, con alternativas al plan original y redoblando la apuesta ofensiva. Un remanso de paz ligeramente alterada por debates futbolísticos banales (el lateral derecho, quién jugará de 9…). Hasta que estalló la guerra. Esos cincuenta años que abarca la obra cumbre de Tolstoi, y que van desde las guerras napoleónicas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, están resumidos en las horas que transcurren desde el anuncio del fichaje de Lopetegui por el Real Madrid hasta su despido dos días antes del debut mundialista. Las miserias humanas, el cainismo, la lealtad y la deslealtad, las venganzas, el odio, el orgullo, los egos, el cinismo. Todo está ahí y solo la pelota puede traer la paz. Hierro va a necesitar algo más que su apellido para no escribir la segunda parte de este clásico de la literatura universal. Y ese nudo solo pueden resolverlo los jugadores.

Mientras tanto Ana Karenina se pasea distraída y frívola por las calles de Moscú. Feliz y enamorada como en ese primer viaje en tren que realiza la protagonista de la otra obra cumbre de Tolstoi. Pero también con la responsabilidad de la empresa encomendada, que no es otra que salvar un matrimonio, algo que debe ser muy parecido a ganar un Mundial. Brasil es Ana Karenina: Esbelta y pícara, aristocrática y apasionada, cada vez más caucásica y menos mulata, también en su fútbol. Con esa receta con la que Brasil lleva décadas maquillando su juego, encementando la creación y arrinconando la fantasía alrededor del 10, pretenden triunfar en Rusia. El plan de Tite no conoce fisuras. Neymar sigue siendo la bandera. Casemiro ya es el ancla. Y los socios se multiplican: Coutinho, William, Gabriel Jesús, Firmino… Ya seducen hasta desde la portería, con Allison en el papel de guardameta galán. Pero entre batucada y batucada, alguien debería decirles que han aterrizado en la tierra del espionaje. Todos miran a Ana con lupa.

Menos miradas recoge la selección gala. Los hombres de Deschamps con una delantera que posiblemente sea la más temida de este campeonato (Griezmann, Mbappé, Dembelé, Giroud y Thauvin) se han reconstruido tras varios dramas y algún que otro escándalo. Expertos en motines vienen de representar el Acorazado Potemkin en las últimas citas mundialistas, con ridículos dentro y fuera del terreno de juego. Ya en la última Eurocopa, emprendieron una vuelta a los orígenes, a los del 98 concretamente, para, asentados en el físico de sus jugadores de origen africano, aunar bajo el lema de Egalité, Fraternité et Liberté el crisol de culturas, religiones y estratos sociales que conforman Francia. Deschamps ha revestido al equipo de fortaleza defensiva y un centro del campo muy físico. Ha convertido a los bleus en un verdadero acorazado, impenetrable, empeñado como está en fotocopiar lo vivido como jugador. Por eso nadie repara en los versos sueltos ausentes (Benzema) o en que su estrella juegue al despiste con su futuro.

El resto de candidatos son Spútniks (compañero de viaje en ruso), equipos satélites que orbitan alrededor de la Copa del Mundo con el anhelo e ilusión óptica de ganarla. Con fortuna, alguno de ellos alcanzarán las semifinales, contarán entonces con la simpatía de todos los que se hayan quedado por el camino, pero morirán como en el filme Enemigo a las puertas, tras un bombardeo nazi mientras intentan cruzar el río Volga a nado. Entre esos satélites que sueñan con llegar al espacio está la Colombia de James, que ya sabe lo que te cambia la vida un Mundial. También la Inglaterra de Southgate con menos complejos que nunca y un delantero de época, Harry Kane. Desde Shearer, no se veía un astronauta igual. La generación de oro de Bélgica comandada por Roberto Martínez y Thierry Henry buscan el algoritmo que potencie el talento y esconda la bisoñez que tanto les ha perjudicado otras veces. Estaría bien que leyeran a Hergé y a su personaje más universal. Tintín ya se enfrentó a los Bolcheviques en suelo soviético en la primera aventura del reportero que ha ilustrado la infancia de tantos. Tintín también viajó al espacio. Hazard, De Bruyne, Lukaku y compañía tienen ahí el libro de instrucciones perfectos para construir su propio Spútnik.

Y es que la tecnología será otro de los protagonistas del Mundial. El vídeo arbitraje (VAR) se estrena en una cita mundialista para acabar con la guerra fría que ha tenido siempre a los árbitros en el punto de mira. Ellos jugarán ahora con red y el abismo al que se precipitaban tras cada silbido tendrá ahora marcha atrás. La polémica, visto lo visto en otras latitudes, amenaza con no abandonarnos por mucho que ahora haya más cámaras y más ojos escudriñando cada jugada. Recuerden que estamos en Rusia y además del espionaje, ya mencionado, este es territorio abonado para las conspiraciones, mitos y leyendas. Y eso no hay VAR que lo pueda. Queda por ver también si en esta Copa del Mundo, disputada en casa de Yashin, se presta más atención a los guardametas. El único Balón de Oro lo verá desde el tercer anfiteatro (Torres dixit) y pocas ediciones habrán contado con mayor cantidad de talento bajo palos: Neuer, De Gea, Allison, Ter Stegen, Kepa, Ederson, Keylor Navas, Courtois, Lloris… Y eso que faltará (posiblemente) el mejor: Jan Oblak; y el más ilustre: Buffon.

El balón echa a rodar en unas horas y todos intentarán conquistar a Lolita, ese amor obsesivo y desatado que cada cuatro años nos invade, sin importarnos nada más, ni nuestras parejas, ni nuestras relaciones y mucho menos nuestros trabajos. A la cita acuden los candidatos vestidos con sus mejores galas, pero también con temores, buscan ensalzar las virtudes y regatear a los errores, todo ello con la incertidumbre de encontrarse ante una belleza apabullante, de apenas 7 kilos de peso y 36 centímetros de altura, que a estas horas parece inabarcable. Tan dorada como la melena de Sue Lyon en la cinta de Kubrick, tan deseada como la adolescente descrita por Nabokov. Si aquello fue catalogado de relato romántico y erótico, censurado en algunos países por lo revolucionario del contenido, no resulta tan amenazante el Mundial. Esta historia contará con pasajes quizá menos románticos pero más épicos, cargados de suspense y emoción. Es la revolución del fútbol, quizá la única que quedaba por estallar en Rusia, donde la democracia real y completa solo pueda llegar a través de la pelota. El próximo Zar se vota, por aclamación popular, en el Luznhiki.

Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio
Anuncio

Más en Mundial Rusia 2018

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies